A la intelectualidad venezolana (2/2)


Puede que muchos historiadores piensen que la identidad y el carácter de un pueblo se definen a través de los eventos que se han ido sucediendo con el paso de los siglos, que casi siempre se relacionan con la violencia material –guerras de conquista de territorios, y de liberación-, violencia espiritual –o sea lo mismo, más la imposición de creencias-, y violencia planetaria y extraplanetaria –volcanes, terremotos, maremotos, sequías, lluvias apocalípticas, meteoritos, etc.

Sin embargo, la identidad solo responde al concepto que un pueblo tiene de sí mismo, esté o no en sintonía con el impacto de esos traumas mencionados: a un pueblo se le puede derrotar siempre, pero nunca se le podrá vencer si éste es espiritualmente fuerte; es el ejemplo hebreo, quien parece haber conseguido su alter ego en el palestino; es el pueblo ruso, cuya fortaleza frente a Napoleón y a Hitler habría sido la misma aun sin el general invierno.

Son las ideas pues, las que nos proporcionan nuestro carácter, porque ni siquiera a Stalin se le habría ocurrido censurar la obra de Tolstoi –cosa que sí hizo el nazismo con aquello del “arte decadente”, y ya sabemos cómo terminó-; ahora vemos al gobierno del Reino Unido en una actividad frenética con motivo de los 400 años de la muerte de Shakespeare, cosa que no sucede con el gobierno español con relación a la muerte de Cervantes -y éste ejemplo justamente muestra la diferencia entre un pueblo coriáceo y muy duro de derrotar, que con todo y haber perdido un imperio, sigue siendo una referencia cultural y democrática, y otro pueblo, mucho más voluble, que luego de haber perdido un imperio aun más poderoso, se ha diluido como referencia, incluso para los pueblos a quienes impuso el Castellano.

Porque además, para los británicos que generan y difunden cultura, los libros o las obras de teatro de otras lenguas, son traducidas con los estándares más altos de calidad, el cine extranjero es proyectado en lengua original, las universidades de Oxford, Cambridge o Edimburgo están entre las primeras del mundo, mientras que en España los libros son traducidos a jergas madrileñas plagadas de errores, en un salto al vacío que a veces hasta toca a los libros de autores latinoamericanos, con ediciones llenas de errores tipográficos, con un cine que sigue siendo doblado –imaginemos a un personaje, cual esclavo de Alabama, con acento de Salamanca-, y sus universidades no aparecen en el marcador de las más influyentes del planeta.

Porque si un pueblo está seguro de su identidad, hasta puede ser tolerante con los demás, y su idioma no teme adoptar términos extranjeros: en Italia se habla de software, o de digital, mientras que en Francia usa logiciel y audionumerique, los ingleses hablan de pizza y dolce vita, pero la RAE impone el ridículo güisqui en vez de adoptar con seguridad el whisky.

Las ideas, con todo y ser trabajo de reflexión para las élites de una sociedad, si son las adecuadas al final permearán por todo un pueblo. Por eso los intelectuales venezolanos deberían preguntarse qué fue lo que pasó, pero no con las ideas de Bolívar, sino con las de Andrés Bello, o con las de Rómulo Betancourt; qué pasó con la poesía del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, o con la visión geopolítica de Arístides Calvani, quienes solo son una muestra pequeñísima de grandes venezolanos, que contribuyeron desde muchas disciplinas –como Tejera París, por ejemplo- en la concepción de un enorme vitral, cual statu quo patrio, con sus imperfecciones y áreas inacabadas, el cual ellos siempre tuvieron a bien el tratar de mejorarlo y entregarlo a cada venezolano, a diferencia de muchos creadores y agentes culturales de las últimas dos y tres décadas, cuyo interés solo ha sido el famoseo como directores musicales, poetas, directores de cine, editores, o dirigentes deportivos, y ni siquiera a través de las migajas que de aquella idea de país aún quedaba luego de varios años de chavismo, sino mediante su entrega -por activa o por pasiva- a esa concepción de país del militarejo barinés, cual autocracia desdeñosa hacia quienes buscan con afán la verdad, sin pedir nada a cambio.

Alguna culpa tendrán entonces nuestros creadores que han sido incapaces de dotar a este pueblo siquiera de elementos motivantes para comportarse cívicamente, no digamos en términos de reflexión seria para escoger sus gobernantes, sino al menos para no orinar en cualquier acera, no ensuciar, no romper todo lo que se le ponga al alcance de la mano –como los botones de los ascensores-, no robarse los tapones de los lavamanos de los baños ajenos -¿qué harán con ellos?-, los materiales de oficina donde trabajan, cruzar la calle donde corresponde, etc.

Alguna culpa tendrá toda esa gente estudiada, que está al frente de estructuras que deberían divulgar valores, y en cambio difunden lotería y salsa brava machista, en un permamente estado de ordinariez espiritual. Parece increíble que la última vez que en Venezuela hubo un intento serio de educación cívica básica, fue cuando Renny Ottolina grabó varias escenas de buen comportamiento urbano y social, un gesto mediante el cual, de no haber fallecido –dejemos aparte la historia de su accidente de avioneta-, quien sabe qué susto presidencial le habría dado a Piñerúa y Luis Herrera. Y todo con una idea de lo más simple: comportémonos adecuadamente.

Porque las ideas ciertas mueven al mundo, incluso una sola de éstas -como la que se le ocurrió a Newton sobre la gravedad- y se imponen aun contra todo un sistema religioso, como fue el caso de la idea de redondez de la Tierra.

Churchill tuvo una sola idea fuerza: ganarle la guerra a Hitler; Reagan tuvo una sola idea: ganar la Guerra Fría; Betancourt tuvo una sola idea: sentar las bases para una democracia; Calvani impuso la idea de una Venezuela como centro de difusión de valores de libertad y democracia.

Obviamente que no todas las ideas fuertes favorecen el progreso en paz y libertad, como la del poder por el poder mismo de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, en sus segundas etapas como políticos; como igualmente la tragedia que ha generado la idea obsesiva del barinés de destruir todo lo que había, a cambio de nada; como tampoco toda idea que ha movido al mundo ha venido de alguien muy estudiado, porque Reagan era un simple actor de cine, algo maloso, incluso, y Ottolina un animador de televisión.

Por eso es que no se sabrá nunca si fue que cada uno de ellos escogió su respectiva idea, o si fueron éstas las que escogieron a quien las encarnaría; lo que en cambio sí sabemos, es que al menos desde una generación, ni lo uno ni lo otro ha ocurrido con nuestros intelectuales, creadores, editores, y artistas en todas las disciplinas científicas y humanísticas -y fue entonces cuando la democracia comenzó a trastabillar; porque muy pocos intelectuales se han mojado para darle un futuro a su gente, dejando a ésta desorientada y humillada, a merced de militares y dictadores, debiendo doblar la cerviz como mendigos a los deseos de esos poderosos armados, rodeados de oligarcas muy estudiados, que en vez de dedicar sus esfuerzos a educar a todo un país, optaron por construir grandes fortunas.

¿Excepciones?, por supuesto, comenzando por pensadores a futuro como Mario Briceño Iragorry, por pensadores y difusores como Arturo Uslar Piertri, y por promotores como Sofía Imber. Pero fueron pocos testimonios, como para que su luz terminara apagándose dentro de todo ese ruido endógeno contemporáneo con el que siempre se ha querido banalizarlo todo.

El tema da para muchas más páginas, y el debate sería igualmente interminable, pero con los pies en la Tierra, a estas alturas y descartando toda esperanza de honestidad intelectual del chavismo, el resto de intelectuales más o menos demócratas ya debería haberse percatado de que el chavismo como régimen no se irá por las buenas; de que si no se actúa en profundidad, esa incultura que se ha impuesto –entendiéndo por ésta la irresponsabilidad cívica, la ausencia de curiosidad por saber más, y la ausencia de voluntad para reflexionar- perdurará durante décadas; que esta realidad no solo ha afectado a los marginados del sistema de educación sino a las mismas élites del país; y que además, la MUD ni tiene voluntad de unión para actuar políticamente, ni posee una visión de país.

¿Qué idea fuerza de país nos proponen los escritores, poetas, escultores, directores de cine, editores, artistas, etc., que no sea el relato de la tragedia? Porque ese relato ya se conoce a plenitud, y más ahora cuando el hambre comienza a apretar, o cuando se acabe la glicerina para las velas que consuelan durante los apagones.

¿Qué proponen, pues? ¿Justicia? ¿Reconciliación? ¿Resignación? ¿Violencia? ¿Convivencia?

¿Acaso no se han percatado aún que la decadencia moral de la democracia prechavista se debió a su silencio y su acomodamiento? ¿No se han dado cuenta que cualquier esfuerzo de promoción cultural -desde la AN y las instituciones privadas- al menos requiere de contenidos para poder potenciarlos?

¿Es que van a seguir callados esperando que políticos de poca monta marquen el camino? Si ello es así, entonces ya no queda esperanza, porque el pueblo no salva al pueblo, nunca lo ha hecho, sino que a éste lo redimen las ideas que de sus élites puedan surgir, para bien.

Hermann Alvino

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