A la intelectualidad venezolana (1/2)


En la versión digital del periódico español “El País” aparece una entrevista al escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón titulada Venezuela retrocede a lo gótico, lo que se corresponde con la afirmación del autor de la novela The Night, referente a que La Venezuela de hoy es irreconocible. Es un país dividido y con más violencia que involucionó a lo gótico a partir de los cortes de luz que estableció Chávez en 2010 http://goo.gl/sdu7jz

Blanco Calderón recuerda que en el año 98, teniendo 17 años y siendo estudiante de Letras en la UCV, “hacía amistades fervorosas”, en contraste con lo que le sucedió unos años más tarde, cuando comenzó a percibir “desgarro por el entronamiento progresivo de Chávez en el poder”.

Hasta aquí todo bien, porque al fin y al cabo nuestro escritor no fue el único que de buena fe llegó a emocionarse con la posibilidad de un cambio para bien -aunque en retrospectiva, cueste un poco más reconocer esa buena fe, no tanto en los más jóvenes de entonces, sino la de los más grandecitos,  que bien sabían lo que se nos podía venir encima, luego de dos golpes frustrados.

Donde en cambio sí se equivoca Blanco Calderón es sobre el grado de difusión que la cultura venezolana tenía en el mundo, por eso de que el chavismo, al alejarse de la democracia, para los creadores venezolanos fue “una experiencia límite. Venezuela antes no existía. Ahora, el resto del mundo presta atención a nuestros artistas. Lamentablemente, ése ha sido el precio”.

La verdad es que el mundo prestaba atención a nuestros “creadores”; una muestra mínima y diversificada -que abarca medio siglo- lo evidencia: Los angelitos Negros de Andrés Eloy Blanco, Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, Taboga de Oscar de León y la Dimensión Latina, la Onda Nueva de Aldemaro Romero, el arte cinético de Cruz Diez, el Caballo Viejo de Simón Díaz, Ansiedad de Chelique Sarabia, Moliendo Café de Hugo Blanco, y ¿por qué no? las telenovelas internacionales con  guionistas de la talla de José Ignacio Cabrujas e Ibsen Martínez.

Afirmar entonces que para el mundo no existíamos no es cierto; más bien el problema era todo lo contrario, esto es, que no se trataba de que no hubiera difusión internacional, sino de que no la había dentro del país, sea por la barrera que representaban los círculos culturales cuya cerrazón lo abarcaba todo -salas de conciertos, de exposición y espacios de la prensa escrita-, o porque los creadores solo eran reconocidos como tales si pertenecían a esa suerte de izquierda que  actuaba como peaje revolucionario, a cambio  de esa ansiada visibilidad, la cual en parte servía también para enlazarse con la intelectualidad y los creadores de izquierda de otros países. Ya podríamos imaginarnos a un estudiante-poeta de sustrato liberal intentando que la Escuela de Letras le publicara sus obras, o bregando que no las arrancaran de la cartelera de alguno de sus pasillos.

En otras palabras, un creador liberal poco tenía que buscar en el país, y esa realidad aun persiste, tanto en Venezuela como en casi todo el globo, debido a que el Occidente libre que surgió luego de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó exclusivamente a un asunto material muy importante como fue el (re)construir un estado de bienestar, dejando libre el campo cultural a la URSS, al comunismo francés, al castrismo que vendría después, y a todo el realismo mágico izquierdoso –con perdón póstumo de García Márquez- que tanto en lo literario, musical y en el cine, comenzó a difundirse desde Chile, Argentina, Uruguay, y México, para que el ecuatoriano Julio Jaramillo y el puertoriqueño Daniel Santos tuviesen que batallar duramente para competir con Mercedes Sosa y su clon endógeno Soledad Bravo, al igual que los Corraleros de Majagual, tenían que vérselas con la Nueva Trova Cubana, mientras la izquierda crucificaba a Jorge Luis Borges.

Pero cuidado, cuando acá se habla de izquierda no hay que pensar en marxismo ni nada parecido, sino de los contenidos de agitación y propaganda soviéticos –agitprop, se le llamaba- y de su variante castrista muy querida por aquella intelectualidad venezolana, y la europea, que aun lamenta el no haber tenido un Fidel de clima frío que la hubiera llevado a esa ficción isleña que los más ingénuos de esa camada conocieron cuando visitaban la isla con sus bolsillos llenos de dólares, pesetas, liras italianas, francos franceses, etc. –el euro aun no existía-, mientras que su contraparte venezolana se la daba de sabrosona con esos bolívares que aún tenían mucho valor. Porque fácil era alabar al castrismo con la panza llena y desde los hoteles-burbuja, donde los viajantes revolucionarios más farsantes se atrevían incluso a recibir los servicios de alguna nativa, preferentemente adolescente.

Apartando entonces errores de apreciación histórica, derivados de ese complejo de Adán que todo joven ha tenido -como Blanco Calderón-, solo queda preguntarse qué diablos está haciendo esa intelectualidad venezolana –de izquierda o liberal- para darle referencias al país.

El panorama no es nada alentador, porque acá parece que nadie se ha arrepentido de sus actuaciones pasadas con las que hundieron el barco, comenzando por el silencio de quienes ofrecieron cobertura mediática a esos notables, cuya labor de zapa al sistema creó una desconfianza sin retorno; porque los demócratas venezolanos aun esperan un mea culpa -que seguramente jamás se producirá- por parte de Granier, de Cisneros, o de personajes menores como Eladio Lares –a lo que habría que incluir a los fallecidos Adolfo Martínez Alcalá, con cuyas frasesitas en passant picoteaba con su ego al sistema que le daba de comer, y a aquel propietario de El Universal, ya no tan menor, que decidió, literalmente, autocensurar su periódico sobre las tropelías de Blanca Ibañez –, por toda la porquería que fueron arrojando a nuestras instituciones democráticas, y por todo el bombo que le dieron a unos frustrados, cuya comodidad y soberbia les impidió tener el guáramo y el espíritu de sacrificio para ganarse el favor popular. Y por supuesto, una disculpa por andar manipulando a los venezolanos más vulnerables, con esos contenidos basura y noticiarios que descaradamente servían para mostrar su verdadera agenda empresarial y política, como era la toma directa del poder promoviéndose ellos mismos, junto a muchos candidatos a cargos de representación que jamás se percataron de su papel de tontos útiles; intelectuales y empresarios incluidos.

Pero por otra parte, hay que recordar que fue durante la visita de Fidel Castro para asistir a segunda toma de posesión presidencial de CAP, cuando se produjo la derrota cultural definitiva del ya escuálido statu quo liberal venezolano, al publicarse -sin rubor alguno por parte de 911 firmantes, y sin ninguna réplica por parte de los demócratas- aquel manifiesto a título de bienvenida y alabanza a Fidel, en cuyas líneas iniciales se afirmaba:

«Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos al saludar su visita a nuestro país, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina.

En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos» -ver http://www.venezuelavetada.com/2011/04/manifiesto-de-bienvenida-fidel-castro.html

Nótese el término «ceguera ideológica» con la cual se endilga a todo aquel que no se reconozca en el espejo del dictador cubano; una ceguera que ha sido justamente la que desde los mismos inicios del comunismo contemporáneo –y años más tarde la del chavismo venezolano- ha impedido disponer de un terreno consensuado de discusión y eventual avance político y programático en la búsqueda del Bien Común. Esa frase es un ejemplo más de esa habilidad propagandística y retórica para invertir conceptos, y que tanto éxito ha tenido en sociedades en parte poco dadas a la reflexión como para detectar el engaño, así como en entornos con intelectuales resentidos por múltiples motivos, y por tanto muy necesitados de un liderazgo que los guíe, y le brinde un desesperado sentido de pertenencia que a la vez les haga sentirse «revolucionarios» -cualquiera sea el significado de esta palabra.

Con ese manifiesto, y dado el silencio que tuvo por respuesta por parte de quienes debían defender los valores democráticos -tanto los liberales de toda la vida, como los exguerrilleros impulsados por el mismo Fidel, y que luego cambiaron de idea, como Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez-, se formaliza el dominio cultural del castrismo en Venezuela, mientras los incautos demócratas dedicaban las últimas horas de presencia del tirano caribeño en nuestra tierra a agasajarlo cálidamente en los saraos más chic de Caracas. Vale la pena entonces recordar quienes lo firmaron para enlazarlo con lo que ahora dicen, ponerlos en su justo lugar.

No es de extrañar por tanto, que cuando el país fue de facto entregado por Chávez a Fidel y a Raul, para que la bandera cubana ondeara en los cuarteles y las oficinas públicas venezolanas, mientras se comenzaba a reprimir con saña a los estudiantes, y torturar a los detenidos políticos, aquellos firmantes siguieran callados, incluyendo aquellos que por el camino se percatraron de la verdadera esencia del régimen; ninguno de ellos ¡ni de lejos! presentó un manifiesto rectificador, cohonestando así la traición chavista, y aceptando a los Castro como amos de Venezuela.

Al silencio liberal de entonces hay que sumarle éste, derivado del convencimiento de muchos de aquellos firmantes sobre las bondades del chavismo, o de la cobardía de otros por enfrentarlo y eventualmente perder esos privilegios de los que aún disfrutan.

Y éste será el legado que los descalificará a todos ellos para siempre, como referencia humanista y política para las futuras generaciones de venezolanos. Mejor sería que se apartasen para siempre y cedan el turno a quienes vienen empujando con su juventud, con todo y una formación algo resquebrajada por la estulticia del sistema educativo chavista, y con todo y tener un muy corto pasado demográfico que no les ha permitido conocer algo de aquella democracia imperfecta, pero que podía ser eficaz en tantos aspectos de la vida nacional.

A ellos les tocará la misión casi ciclópea de ser políticamente incorrectos, para recuperar parte del civismo perdido y la decencia apartada y banalizada por el chavismo, para que la gente se tome las cosas en serio, para que, hambre aparte, se deje de tanta jodedera y laxitud a la hora de reflexionar y actuar con responsabilidad.

No lo tendrán nada fácil.

Hermann Alvino

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