Tiempos extraños (4/5)


Hasta ahora, lo visto sobre la evolución de la convivencia humana a escala internacional enseña que tuvieron que pasar algunos milenios para llegar al concepto de respeto a la autodeterminación de los gobiernos –la de los pueblos como tales, si acaso, vendría algo más tarde con el desarrollo de la democracia-, un concepto muy imperfecto que sin embargo fue capaz de impedir muchos conflictos generalizados, limitándolos a pocos actores; su imperfección además radica en debe combinar la aceptación de la legitimidad de un gobierno o régimen con una inteligente y dinámica política de alianzas, buscando siempre el equilibrio para que nadie se salte impunemente las reglas.

Los conflictos se producen no solo por voluntad de algún líder o pueblo, sino porque éstos creen disponer de la tecnología armamentista para triunfar. Ello es así desde el mismo amanecer del ser humano como especie, porque la raza humana es la única que utiliza artefactos para atacar a sus semejantes. Ninguna otra especie lo hace, salvo con su propio cuerpo; incluso nuestros primos los chimpancés –con quienes compartimos el 98% del ADN-, quienes usan ramitas para cazar y comerse a otras especies animales como las hormigas, o piedras para aplastar frutos, salvo una que otra rama que por azar le cae encima a un rival durante un despliegue de poder y rabieta, no sabrían usar una herramienta contra sus similares.

La geopolítica entonces se expresa mediante la tecnología, la cual a su vez nos enseña dos realidades, una sin duda inquietante, y otra simplemente alarmante.

La primera es la más obvia, y consiste en que el avance tecnológico para aniquilar al adversario ha ido mucho más rápido que las formas de convivencia; y en la medida en que se descubren fenómenos y procesos, y se crean herramientas para incidir con éstas sobre la realidad, la Humanidad va moviéndose en las diversas artes y disciplinas, aunque ello no sea sinónimo de avanzar en términos de paz y prosperidad.

La inevitabilidad de este movimiento indica que el ser humano, una vez dotado de superioridad tecnológica en determinadas circunstancias, actúa porque puede, con el detalle -como afirma el biólogo Edward O. Wilson en su libro The Social Conquest of Earth- de que hemos entrado en una era tecnológica al estilo Star Wars -recordemos el proyecto de escudo espacial de Reagan-, pero con emociones humanas que no han cambiado desde de la edad de piedra.

Por otra parte hay que recordar que la Tecnología es Ciencia Aplicada que deriva de la Técnica, o de las Ciencias  Básicas –todas con mayúsculas-, y que con el paso de los siglos su desarrollo ha provocado un cambio cualitativo en las relaciones humanas que contribuye decisivamente a confirmar estos tiempos extraños, y de futuro incierto.

Para analizar este segundo fenómeno hay que recurrir a ciertos elementos de la evolución del pensamiento filosófico, los cuales, para efectos de estas notas, hallaremos sintetizados en la obra de dos pensadores: el primero es el filósofo italiano Umberto Galimberti, a partir de dos de sus libros –L’uomo nell’età della tecnica y Il tramonto dell’Occidente– junto parte de sus conferencias –ver https://www.youtube.com/watch?v=EbRcUg3bSUE-, y el segundo –sugerido oportunamente por el Dr. Alberto Lovera Viana- será el historiador francoamericano Jacques Barzun con su obra From Dawn to Decadence: 500 Years of Western Cultural Life, 1500 to the Present. En el presente post nos referiremos a Galimberti.

Galimberti nos sintetiza la historia de la cultura occidental a partir de los griegos que consideraban al ser humano como un elemento más de una creación caprichosa, sin dirección teleológica ni intencionalidad alguna, dentro de la cual el ser humano debía ceñirse a sus leyes. Esa suerte de edad de oro se rompe con la natural curiosidad y habilidad humana para explorar y manipular a la naturaleza. El mito de Prometeo narra cómo este dios encargado por Zeus para darle al Hombre algo de utilidad para sobrevivir, le donó el fuego y la –vana- ilusión, o esperanza, de poder vencer a la naturaleza, un engaño éste que le costó al donante una condena eterna, tal y como cuenta Esquilo en su Prometeo encadenado.

Pero con todo y aquel impulso y curiosidad, la raza humana siguió dependiendo de la biosfera hasta el inicio del Renacimiento, mientras durante los últimos 1500 años se iba consolidando la cultura judeocristiana como raíz del pensamiento occidental, que no solamente utilizó la historia de la manzana del árbol prohibido como metáfora de dicha curiosidad, sino que desde el mismo Génesis, el dios judeocristiano privilegió al Hombre con la facultad para conquistar y dominarlo todo, consagrando así una naturaleza como producto de la voluntad de Dios y como coto de dominio del ser humano, en contraposición al concepto de justicia de Platón, que indicaba que un Hombre es justo solo cuando se inscribe y somete a la Naturaleza, como un componente más de ésta y sin ningún privilegio en particular.

La Antigüedad fue así vencida por el judeocristianismo, que puso al ser humano en lo más alto de la Creación, y que impuso una Historia lineal que se inicia con intercambiar nuestro sufrimiento terrenal, y las buenas obras que podamos realizar, con una recompensa luego de la muerte, hasta llegar al fin de los tiempos con un Juicio Universal previo a una eternidad en Dios. Pero este impulso cultural animó de tal manera al ser humano, que sus actos escaparon del control de la jerarquía religiosa, cuando con Decartes, Bacon, Galileo, Torricelli, etc. nació la Ciencia moderna y se sustituyó nuestro papel de alumnos –dice Galimberti- que obedecían los dictados del entorno para extraer sus leyes inmutables, por el de jueces de esa Naturaleza, a la cual se comenzó a interrogar mediante hipótesis y experimentación. Con esa Ciencia, que será inevitablemente aceptada por el peso de las evidencias, el ser humano se redimiría del pecado original, porque con instrumentos y máquinas mitigará el dolor de las enfermedades, la fatiga del trabajo impuesto en aquella condena…y alcalzaría la inmortalidad.

Ya con dos siglos andando con esta concepción del mundo, llegó Hegel con dos teoremas que pondrán rumbo decisivo a lo que hoy existe; el primero es el que estableció que la base de la riqueza no son los bienes, sino los instrumentos que producen dichos bienes, contradiciendo a Adam Smith -aunque por otra parte el mismo Hegel establecía que ser Hombre es sinónimo de ser dueño de algo material, de lo contrario seríamos polvo de la Historia-. Y el segundo indicaba que cuando un fenómeno varía cuantitativamente hasta cierto límite, entonces dentro de éste se producirá un cambio cualitativo para cambiar radicalmente su esencia. El ejemplo más inmediato es el agua que al enfriarse al límite transforma en hielo, o al hervir en vapor de agua, porque aunque manteniendo su química, sus propiedades físicas cambian. Ejemplos más complejos los tenemos en el caos de los fenómenos no lineales de la naturaleza, como por ejemplo el de una inesperada y permanente desertificación, luego de una sucesión de sequías graduales y limitadas.

Estos dos teoremas los usaría Marx para indicar que si inicialmente el dinero –el capital– es el medio para para obtener ciertos fines -como la producción de bienes para satisfacer nuestras necesidades primarias- la creciente acumulación de éste cambiará su esencia, y el dinero pasará de ser un medio a ser un fin en sí mismo, ofreciendo así una explicación del Capitalismo, y una tesis para combatirlo que luego se encarnaría en el Marxismo -el movimiento de masas no religioso de mayor influencia en la Historia. Al menos hasta ahora.

Pero si por una parte el dinero pasa a ser un fin en sí mismo, por otro lado la Técnica también pasará a serlo, por ser el instrumento para adquirir poder.

Quien tiene el capital entonces se apoderará de la Técnica, en una simbiosis donde ambas se benefician entre sí, y en la cual el poder del capitalista –o el soberano- se complementa con la sapiencia del tecnico, excluyendo el resto de los elementos de la convivencia humana, reduciendo todo a cálculo y objetividad, a eficacia  y eficiencia, creando subculturas y lenguajes sectoriales que hacen imposible aprehenderlo todo, que nos empequeñecen y nos encierran en una línea de montaje, consagrando así nuestra alienación, y dando por muerta la ética de Kant -que establecía al ser humano como un fin y no como un medio-, resquebrajando en parte la ética judeocristiana -que se basaba en la intencionalidad al establecer que se es plenamente culpable de un pecado solo si se lo comete intencionalmente, un concepto que aun en la actualidad se aplica a nuestros códigos y leyes.

Esa ética judeocristiana, con su intencionalidad, pudo sobrevivir al impacto de la alienación hasta que Max Weber insertó una cuarta moral –o ética- del pensamiento occidental: la de la responsabilidad, que establece que ésta no depende de la intencionalidad sino de los efectos de nuestros actos.

El problema es que Weber acota que esos efectos deben ser previsibles, y eso no es posible, dada la no intencionalidad del científico, porque la Ciencia no investiga con una finalidad distinta a la curiosidad misma, aunque los descubrimientos que emerjan por el camino que se consideren de utilidad, luego se traduzcan en Tecnología.

Estrictamente hablando entonces, la Ciencia es amoral, sin dirección ni intencionalidad determinada, unas características que al actuar dentro de la alienación, teminan por anular la responsabilidad moral de nuestros actos, y así quien ensambla minas explosivas no se sentirá responsable de sus efectos –él lo será solo por su trabajo-, y quien bombardea solo lo será para acertar en el blanco que le han asignado –el piloto que soltó la atómica sobre Nagasaki dijo simplemente That was my job-, así como los nazis del Holocausto, al recurrir al argumento de su trabajo y su obediencia a un sistema que en el fondo no era más que una cadena de procesos, dijeron es war mein Job.

A la luz del resumen de Galimberti, las consecuencias de esta evolución del pensamiento occidental hacia la irresponsabilidad justificada se pueden resumir en que el ciudadano, ahora  transformado en funcionario,  ya no está imbricado en el proceso mismo de convivencia; de allí el desamor por la Política y los eventos públicos, y su ignorancia –justificada por la complejidad de conceptos científicos a los cuales ni tiene acceso ni capacidad para aprehender- para participar con su voto en decisiones transcendentes para todos –organismos genéticamente modificados, centrales nucleares, modificación de nuestro ADN, etc.-, todo lo cual ha ido diluyendo poco a poco el espíritu de la Democracia.

Por otra parte, esa combinación de irresponsabilidad y alienación, al aumentar en intensidad ha dado un salto cualitativo ético, para que un bosque no se aprecie por su belleza sino por los metros cúbicos de madera que se puedan talar, un río por su capacidad para convertirse en represa, un mar por la pesca que pueda extraerse, al igual que un magnífico paisaje por la eventualidad de que en su subsuelo haya petróleo; en síntesis una combinación de Capitalismo y Técnica que alienan y nos irresponsabilizan al punto de que condenamos a un violador más no a quien contamina un río para siempre, a cuenta del empleo y la rentabilidad.

Pero tal vez lo más espeluznante de todo esto es la dependencia que nos ata a la Técnica como Civilización Occidental –y Oriental, una vez que ya ha adoptado estos mismos patrones estéticos, de comportamiento y de desarrollo-, porque sin electricidad ni antibióticos –por ejemplo- todo colapsaría. Y peor aún es la inevitable y paradójica dependencia de dicha Técnica para resolver los entuertos planetarios que ésta misma ha causado.

La irresponsabilidad derivada de la alienación, se une así al azar y capricho geopolítico, para hacer cada vez más compleja la interacción humana.

Hermann Alvino

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