Tiempos extraños (2/5)


Estos tiempos extraños tienen su raíz en una combinación no menos inusual, como fue el salto tecnológico que ha permitido a la información volar y llegar a placer a todo el globo -al tiempo que maduraba internet-, unido al neoliberalismo impulsado por Reagan y Thatcher, y la disolución de la URSS –que Putin ahora intenta reconstruir a su manera.

Sin aquel salto cuántico que representó el chip, de nada habría valido la imaginación de Gates o Jobs, ni los PC de la IBM y Apple, porque la información seguiría fluyendo por telex y teléfono, y la hoja de papel carbón seguiría compitiendo con las fotocopiadoras. Pero a su vez, sin aquella liberalización de las fuerzas de la innovación del mercado paralelas a la innovación armamentista obligada por la Guerra Fría, ese salto tampoco habría sido posible, o habría tardado muchas décadas más en concretarse.

Por su lado, la implosión de la URSS –que no es lo mismo que la caída del Muro de Berlín- abrió los espacios para que la democracia liberal pudiese presentarse ante el mundo con la credencial de haber prevalecido sobre el comunismo soviético totalitario –expresión redundante-. Nótese la asociación de los términos liberal y democracia, para diferenciar claramente a ésta última de las democracias populares comunistas.

Pero justamente a partir del momento en que esas fuerzas liberales dispusieron de rienda suelta,  es que salieron a relucir las dos contradicciones de la democracia; la primera es la que se presenta al extender o ampliar el horizonte de la libertad individual, porque ésta implica menos Estado, con el riesgo del abuso de poder con el que de inmediato se asociaron los neocons, el cual a su vez inevitablemente provocará el aumento de esa desigualdad cuyo abordaje para hacerla retroceder implicará más Estado, y más aun cuando la desigualdad evoluciona hacia la marginación de millones de ciudadanos; y la segunda es el error liberal –abanderado por EEUU-, donde luego de la desaparición soviética se dedujo que había una relación directa entre democracia y estabilidad que legitimaba su exportación -tanto por las buenas como por las malas, y más por esta última vía- para encontrarse con el horror de que en muchos países dicho input conllevó una inestabilidad y un vacío de poder propicios para el cultivo del extremismo político o religioso.

Con el terrorismo ya dentro de las entrañas del Occidente liberal se puede afirmar que nuestra democracia ha sido algo desafortunada en su papel de ejemplo para el mundo no libre, porque a la vista está la mediocridad intelectual de los gobernantes europeos y norteamericanos, quienes en vez de reforzar el espíritu de las leyes de dicho sistema lo que han hecho ha sido dedicarse a implantar un sistema de leyes y reglamentos que carece de esa chispa que cataliza el civismo y la convicción para que una sociedad actúe democráticamente. Por ejemplo, la evolución húngara o polaca dentro de la actual Unión Europea, o la terquedad en seguir aplicando a ciegas recetas neoliberales de librito sin resultado alguno, confirman que la región ha pasado a ser un mero conjunto  reglamentario sin convicción de unidad, ni unidad de valores democráticos.

Las leyes injustas, las triquiñuelas legales, las leyes ad hoc y ad personam de quienes tienen la sartén por el mango han creado un desarraigo cívico y un desamor del ciudadano hacia el hecho político, al comprobar cómo los poderosos se libran de sus fechorías y son descaradamente reincidentes, siendo todo ello no solamente el reflejo de esa mediocridad intelectual de los gobernantes -y su descarada avidez de poder y de dinero, actitud muy distante de la vocación de servicio que debe prevalecer en una democracia-, sino de la irresponsabilidad cívica de la población que los elige.

Recordemos que las tres características o requisitos que hacen que una democracia sea real son la transferencia pacífica del poder mediante participación directa y universal –el PP español, por ejemplo no tiene mecanismo reglamentario para renovar a su máximo líder, un asunto que solo es posible si éste se aparta-, la prestación de servicios universales y eficientes por parte del Estado –Italia está a punto de cruzar la frontera hacia la no democracia por el deterioro general de estos servicios, como el dispensar justicia en lapsos razonables, educación laica universal y gratuita, sistema de salud universal y eficaz, etc-, y por último la igualdad de todos ante la Ley, un requisito que en casi ningún país latinoamericano se cumple, como tampoco en los mismos EEUU donde se requiere de una fortuna personal para tener abogados de talento que defiendan los derechos de quien es sometido a juicio.

Si no se cumplen esos requisitos no hay democracia real y el entorno tiende a degradarse irreversiblemente, porque quien viene a continuación, en general se aprovecha del statu quo para no cambiar nada y así poder transitar sin mayor impedimento por el ciclo de poder que le ha tocado vivir. -El caso Berlusconi y ahora Renzi es de libro.

A estas contradicciones de la democracia, y a las limitaciones de quienes han sido investidos con el poder, se le une el desconocimiento sobre las causas reales que provocaron la caída de la URSS. Al respecto hay teorías disparatadas que van desde la influencia de la televisión y del Papa polaco hasta la quiebra financiera motivada a la carrera armamentista planteada EEUU; pero en realidad no sabemos nada, salvo tal vez que sus jerarcas consideraron que les era más rentable dejar desmoronar al sistema que mantenerlo, puesto que en retrospectiva ahora vemos cómo aquellas élites comunistas se convirtieron en los grandes magnates rusos actuales, luego de haber aprovechado el posicionamiento estratégico del que disponían de antemano para apoderarse de los mecanismos de gobierno y poder en la nueva Rusia y exrepúblicas soviéticas.

Y al no saber mucho más sobre las causas de ese desmoronamiento, los demócratas están relativamente a oscuras para impedir que algo así vuelva a producirse en esa enorme escala, y peor aún, no tenemos idea sobre cómo derrotar a un sistema de esa naturaleza, porque del hard power occidental ya se han visto las consecuencias en Irak, y del soft power es evidente que los pueblos que apoyaron al chavismo, al kirchnerismo, o las élites sauditas e iraníes no le han hecho caso alguno. La desigualdad y marginalidad ya superan el conocido esterotipo de hard power kills people, soft power seduces people, y por otra inducir a otras culturas para que copien el consumismo occidental ya no es suficiente para  que se acerquen al Occidente liberal.

Es a raíz entonces de estas dinámicas erráticas -que en tiempos globalizantes tienen más impacto  internacional que en el pasado- que Kissinger -en el referido libro World Order– se retrotrae a la Revolución Francesa para afirmar que “aquel proceso demostró en qué medida los cambios que se producen en el interior de las sociedades son capaces de sacudir el equilibrio internacional de manera más profunda que una agresión externa.”, porque si fue así hace más de dos siglos pues podemos imaginar lo que implicó el caso URSS y la implantación teocrática iraní.

Cambiar adentro como catalizador para a su vez cambiar el entorno internacional era el sueño de Chávez, al querer proyectar su bazofia del Socialismo del Siglo XXI al resto de la región…y del mundo, en una suerte de imitación de la revolución cubana, pero a lo grande, vistas las conexiones financieras de su régimen con los españoles de Podemos, la conexión política con Cuba, Irán, Siria, Rusia y China, supuestos portaviones de ese proyecto quienes obviamente no se creyeron el cuento, interesándose solo –y accediendo ventajosamente- en nuesto petróleo y riquezas minerales a cambio de darle bombo al egocentrismo y mitomanía del barinés.

Por eso –claro está-, es que hay que comprender que los cambios a los que Kissinger se refiere son los que ocurrieron en Irán, o en aquella Francia capaz de redactar los primeros párrafos de la Historia en materia de derechos humanos, en China o en Rusia, sin siquiera dedicarle un segundo a la Venezuela de Chávez.

De estos tiempos extraños solo podemos entonces intuir su complejidad, y para ello está el experimento del físico danés Per Bak –https://en.wikipedia.org/wiki/Self-organized_criticality– quien formaba conitos con granos de arena seca a medida que éstos se iban apilando, hasta que de  repente el grano siguiente provocaba el colapso aleatorio en forma de avalancha parcial o total del cono, dando así a entender que tanto en un sistema físico como social, los grados variables de complejidad y saturación, más la interacción cambiante o dinámica entre estas dos características provocan cambios imposibles de prever en el tiempo y en la forma: fue el caso de la URSS, aunque no lo es aún el de Irán, ni el de Arabia Saudita, como tampoco el de Venezuela, un país del cual es virtualmente imposible explicar las razones por la que el chavismo es aceptado al menos por un tercio de su población -salvo que ésta haya sido afectada por una gigantesca epidemia de perversión masoquista-, así como los motivos en los que se basó ese mismo bravo pueblo para haber aceptado el dominio cubano en todas los rincones de la vida nacional; un dominio de una isla lejana, débil como país –incomparable por tanto a la isla que fue la Inglaterra imperial- sobre un país continental, con instituciones relativamente fuertes y sembrador de libertad en América; una conquista concretada sin disparar una sola bala, y para el cual la fotografía del hoy Ministro de Defensa venezolano en actitud casi de rapto religioso frente a Fidel no basta para comprenderla, mucho menos para explicarla ni justificarla.

Tiempos raros pues, donde complejidad, saturación e ignorancia sobre la esencia de la interacción humana con el poder, conllevan erráticamente a caos, colapsos y nuevas realidades frente a las cuales no sabemos reaccionar.

Hermann Alvino

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