Tiempos extraños (1/5)


Vivimos una era muy extraña y sospechosa de ser la antesala de un orden mundial y cultural por ahora impredecible; y eso sin añadirle el asunto del cambio climático, puesto que este ciclo digital que sigue enrasando a todos los pueblos cual argamasa, para encerrarnos a todos en una única civilización terráquea, es solo un parpadeo más de una Historia del ser humano a la que le bastaría un estornudo planetario para cambiarlo todo –ya lo escribía  Will Durant hace exactamente 60 años: “Nuestra civilización existe en virtud de un consenso geológico sujeto a cambio sin previo aviso”, https://en.wikiquote.org/wiki/Will_Durant-…aunque por otra parte, también sería suficiente una tos por parte de algún país con ganas de reyerta para ponerlo todo patas arriba –sobre ello el mismo Durant escribiría que “La guerra está entre los factores constantes de la Historia, y ni la civilización ni la democracia la han ido eliminando. La paz es un equilibrio vacilante, y solo se puede conservar por el reconocimiento de que otro es superior a uno o por lo menos tiene igual poder”, https://es.wikiquote.org/wiki/Will_Durant

Las afirmaciones de Durant no son en modo alguno políticamente correctas, ni mucho menos optimistas, pero hay que tenerlas presentes. Curiosamente, la primera reflexión fue publicada en una revista femenina – Ladies’ Home Journal, LXIII, January, 1946-, mientras que la otra sí fue parte de un texto riguroso sobre la materia –The Lessons of History.

Son tiempos raros que hacen posible que una filtración sobre empresas registradas en Panamá, mediante las cuales sus accionistas y propietarios ocultan su riqueza –bien o mal habida- y no pagan impuestos en su país de residencia termine tumbando al Primer Ministro de Islandia –aunque ciertamente eso solo pasa en un país como ése, porque ello sería impensable que ello ocurra en uno del Sur europeo o en Latinoamerica…

Para intentar comprender estos tiempos extraños, el periodista italiano Federico Rampini -en su libro L´età del Caos– nos pone en perspectiva el concepto de destrucción creativa, -cuyo producto es esa innovación que irrumpe y desbarata lo que había anteriormente-; Rampini lo hace citando a Tomas Friedman y su serie de escritos Order vs. Disorder –ver New York Times– donde a su vez se menciona a Tom Goodwin -director de Havas Media-, quien retrata lo que nos rodea con fenómenos que serían inimaginables en el pasado, pero que ahora son de rutina: Uber es la mayor compañía de taxis del planeta sin poseer ni un solo vehículo, Facebook es la mayor red social del mundo sin generar ningún contenido web, Alibaba es el vendedor online más grande sin tener infraestructura de almacenaje, Airnb es el portal de referencia para reservas hoteleras y no es propietario de ningún inmueble…es entonces la sociedad de la información representada en su forma más condensada, mediante unas plataformas digitales que luego de haberse investido con una aureola de confianza y confiabilidad han hecho posible que la información adquiera valor al conectar la potencial oferta y la demanda de millones de personas. A esto le podemos añadir bancos que no tienen oficinas de atención al público, o médicos que analizan los resultados de exámenes y radiografías sin disponer de consultorio alguno, etc.

Tal vez ése sea el lado atractivo de esta época: una sociedad de la información que además ha sido capaz de transformar el entorno mediático para que cualquier persona pueda tener un mínimo de acceso a la cultura y al desarrollo espiritual…si así lo desea; pero hay un lado oscuro –además de la obvia frivolidad mediática que simplifica, banaliza y sintetiza en un discurso único y breve, cual mero intersticio del espacio más relevante, o sea la publicidad que la sustenta, y esa faceta terrible es la automación, o la robótica, capaz de producir y generar una oferta imposible de colmar si por otra parte esa tecnología genera desempleo, o si además las inmensas ganancias iniciales ya no son reinvertidas en manufactura, sino canalizadas en instrumentos financieros mucho más rentables –como plantea Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI.

Terrible además porque ha abierto la brecha de la desigualdad al punto de que hay serias sospechas de que no habrá retorno, incluso en EEUU, donde el rencor genérico derivado por esa realidad, y hasta ahora oculto en millones de norteamericanos, parece aflorar en el proceso de primarias del Partido Republicano con la precandidatura de Trump; un fenómeno que quedará en simple desahogo, puesto que EEUU ya es un país que de raíz –y hablamos de la educación que el sistema ofrece a su gente- está irremediablemente dividido socioeconómicamente, como indica el politólogo Robert D. Putnam –considerado una suerte de Tocqueville contemporáneo- en su texto tampoco nada optimista sobre lo que le espera a las próximas generaciones de sus conciudadanos –Our Kids The American Dream in Crisis, http://goo.gl/ktOUbU-, y un país que sorprendentemente no solo está gobernado por cínicos -cuya misión obviamente no es el Bien Común sino preservar y potenciar sus privilegios y riquezas- sino que también está plagado de ineptos en el mayor nivel de gobierno: recordemos en caso del Secretario del Tesoro Henry Paulson, quien después de ser directivo de Goldman Sachs pasó a ser Secretario del Tesoro durante la segunda presidencia de Bush hijo –para poder ser nombrado en dicho cargo sin tener  conflictos de interés, Paulson vendió sus acciones de Goldman Sachs valoradas en unos 600 millones de dólares sin pagar ni un céntimo de impuestos sobre las ganancias de capital gracias a una medida presidencial muy oportuna, ahorrándose así entre 36 y 50 millones de dólares.

Pues bien, Paulson estuvo todo el 2007 y el 2008 asegurando al mundo que el sistema financiero era confiable, incluso en Julio del 2008 afirmaba que era seguro y sólido, y que los agentes reguladores lo monitoreaban constantemente, siendo un sistema perfectamente gestionable – https://en.wikipedia.org/wiki/Henry_Paulson-… y un mes después –Agosto 2008- estallaba la crisis financiera global más profunda desde la recesión de 1929.

Dentro de esta confusión, donde quienes tienen la oportunidad agarran lo que tienen a mano, se producen episodios que dan mucho que pensar sobre en qué manos estamos, como lo relatado en el libro The Age of the Unthinkable de Joshua Coope -quien fuera editor de la revista Time y ahora VP de Kissinger Associates-, sobre que en Beirut se comentaba que EEUU recomendaba al ejército de Georgia fijarse en las tácticas innovadoras de la guerrilla Hezbollah –un ejército también, realmente- para poder combatir más eficazmente a los rusos invasores.

A esta civilización planetaria entonces, solo le falta asumir las consecuencias de lo que los académicos ya comienzan por definir como Antropoceno, esto es, la era en la cual la actividad humana desde hace unos 15 mil años ha marcado irreversiblemente el carácter geológico y la biodiversidad planetaria, con un acelerón irreversible a partir de la Revolución Industrial, y con unas consecuencias que junto a la probablemente desordenada interacción política que vendrá nos pone de nuevo en el camino indicado por Kissinger en su nuevo libro World Order, reseñado magníficamente por The Economist y el New York Timeshttp://goo.gl/VNLCMX y http://goo.gl/n9eqDR-, el cual sorprendentemente tiene menos de 500 páginas, y que se puede resumir en sálvese quien pueda…como para ponernos a pensar si realmente los monoteísmos están equivocados –junto a Kant- con eso del ascenso lineal de la Historia hacia un mundo más perfecto…porque visto el retroceso en términos de dignidad y derechos humanos, en la calidad de la democracia liberal, y la grosera degradación material del planeta, crece la sospecha de que el ser humano no ha cambiado nada en su relación con el poder, al tiempo que  aumenta la sensación de que los antiguos griegos estaban en lo correcto –con perdón de los budistas-, con aquello de que los ciclos de vida, emulando las cuatro estaciones, se repiten hasta el infinito, aprisionándonos sin escape dentro de nuestra terca naturaleza humana, mientras los caprichos de los dioses nos entretienen, o atribulan.

Hermann Alvino

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