El dilema


El humor negro le sirvió a Churchill para definir adecuadamente a muchas cosas, como por ejemplo cuando dijo que la democracia era “el peor de los sistemas…exceptuando a todos los demás” – http://goo.gl/bXeWNM-; aunque sin ese toque de brillantez del británico acá se podría caracterizar a este sistema de vida asociándolo a tres características:

En primer lugar con la alternancia pacífica del poder con participación ciudadana; en segundo lugar, con un Estado capaz de crear y gestionar las condiciones para proveer de los servicios que requiere un entorno humano de creciente complejidad; y por último, con la igualdad ante la Ley.

Hay muchos matices sobre estas tres condiciones, pero para que siga siendo una democracia  todas deben basarse en el espíritu que las define, porque si por ejemplo nos ponemos a jugar con lo de la alternancia pacífica correríamos el riesgo de sesgar la definición de ciudadano y de su derecho a participar en la toma de decisiones, para limitarlos a quienes aportan algo a la sociedad mediante el pago de impuestos: podemos referirnos a los tiempos de la Revolución Francesa, cuando los electores rasos debían ser mayores de 25 años y ser contribuyentes por un monto equivalente a tres jornadas de trabajo para poder elegir unos representantes cuyo aporte impositivo mínimo debía ser de diez jornadas laborales, para que a su vez éstos –ya en tercer grado- escogieran tanto a los representantes locales y departamentales como a los miembros de aquella Asamblea Nacional que redactó el primer párrafo de la Historia donde se mencionan los derechos del hombre y del ciudadano…pero para poder ser candidato a este último nivel de representación popular, había que tener ingresos suficientes como para pagar un impuesto que fuese de cien o más días laborales –https://goo.gl/mQQPdB-. Por supuesto, electoralmente hablando, la mujer no existía.

Una suerte de ciudadanía censitaria entonces, limitada además por sexo y mínimo de edad para ejercerla, y que a la postre ni siquiera escogía directamente a los representantes del máximo nivel de su sociedad; un matiz bastante alejado de la elección directa, universal, secreta en primer grado, y pacífica, que exige todo habitante de cualquier país que pretenda ser democrático, pero peor aun, una distorsión muy vigente por ejemplo en la actual sociedad norteamericana, donde para ser candidato a ciertos niveles se requiere ser millonario, lo que representa una involución desde esos colonos que se bajaron del Mayflower para edificar una sociedad basada en la igualdad de oportunidades, porque ésta ahora es un sistema dominado por élites millonarias, idéntico al británico que por entonces esos cuáqueros rechazaron y abandonaron.

La primera característica mencionada –sin considerar la trampa electoral- también tiene variantes sobre quien ejerce el poder, y de qué clase de poder está investido; en este sentido la Historia ha condicionado la cultura de esas sociedades que se autodefinen como democráticas con la presencia de un monarca o de un presidente como Jefe de Estado y representante de la unidad nacional, con un poder real limitado y controlado por el respectivo parlamento donde reside la voluntad popular, o la de un presidente con mucho poder y margen de acción junto a un parlamento que sirve de contrapeso. Hay países con muchas otras modalidades intermedias.

En segundo lugar, darse un Estado para convivir pacíficamente no sería una opción duradera si éste –o sea todos nosotros- no fuera capaz de satisfacer las necesidades primarias y espirituales de quienes lo habitan; pero acá se abre un debate interminable sobre el ámbito de influencia del Estado en la vida del ciudadano y el rol del sector privado. La dificultad está a la vista, con las permanentes disputas entre los partidarios de una presencia invasiva del Estado y quienes optan por privarlo de toda competencia; se trata además de un asunto económico ligado al concepto mismo de ciudadanía, porque quienes promueven el máximo retroceso del Estado también defienden liberar del pago de impuestos a los actores económicos poderosos, dejando convenientemente de lado el asunto de que pagar impuestos –en una cantidad y proporción obviamente sujetas a discusión- no es solo un tributo para que funcione ese paraguas que a la postre terminará defendiendo al gentilicio y a la vida de sus habitantes, sino que también representa ese aporte cívico real que tiene cada uno para manifestar y ratificar periódicamente su intención de ser ciudadano de esa sociedad y son el instrumento directo para exigirle a los gobernantes el cumplimiento del respectivo contrato social.

La tercera condición es sobre cuáles serían las leyes con las que se arroparía una sociedad como marco de convivencia, lo cual a su vez es un proceso frágil cuando fallan los otros dos pilares; porque si el poder cae en manos de ciertas élites –aun electas universalmente-, las leyes inexorablemente serán a su favor y no al del ciudadano de a pie –es el caso de los fabricantes de armas, las multinacionales de alimentación, el sector bancario y financiero, o la industria petrolera y farmacéutica-; y si por otra parte, el Estado se convierte en instrumento invasivo y de opresión reglamentaria, entonces la Ley se escorará para mantener a su burocracia, con sus privilegios y discrecionalidad; y cuando éstos están blindados entonces aparecerá la corrupción y el descuido hacia el Bien Común.

La combinación de ambos factores creará impunidad, la cual a su vez traerá el desapego del ciudadano hacia los acontecimientos políticos, al sentirse rodeado de una asqueante corrupción, complementada por ese rencor que genera comprobar que si éste se roba una gallina lo pagaría muy caro con cárcel y multas, mientras que quienes están allí robando a rabo alzado desde las instituciones se irán de rositas por varias generaciones; y luego aparecerá ese descontento socioeconómico derivado del desgobierno de esas élites degeneradas.

El escenario estará entonces preparado para que aparezca el demiurgo a quien todos le creerán su promesa de acabar con tanta porquería y resolverlo todo; un demiurgo, populista, demagogo, farsante -o como lo querramos definir- que aparentará repartir la riqueza nacional a los más necesitados -para consolidar una base de apoyo que le permitirá perpetuarse en el poder- sin que esos humildes se enteren de que en el fondo lo que les estará llegando serán solo las migajas de una riqueza a la cual esa nueva élite dominante le entrará a saco.

Lo peor de todo es que hay sociedades que no aprenden, porque cuando la escasez, hiperinflación y matanzas caóticas terminan hundiéndolo todo, para permitir el tránsito por el poder real de militares salvadores y supuestos reponedores del orden público -como preámbulo a un nuevo ciclo electoral, más no necesariamente democrático-, comprobaremos que la añoranza por quien pulverizó la fuerza productiva nacional e hipotecó el futuro de todos por dos o tres generaciones seguirá intacta…recordemos aquello de “Puto o ladrón, lo queremos a Perón” http://www.soloperonista.com/canticos70s.html, y las movilizaciones durante cada aniversario de la muerte de Chávez; unos movilizados ciertamente bien lubricaditos con unas prebendas ahora más necesarias que nunca dada la ineptitud de Maduro como gobernante…porque todos sabemos que con un mínimo de sentido común, el chavismo podría mantenerse en el poder por una década más, mientras seguiría creciendo el mito de un Chávez defensor de los pobres, o sea de las migajas que les dispensaba, mientras ese militarejo arruinaba a Venezuela y se enriquecía groseramente junto a su familia y sus compinches.

Si al caso vamos, la Democracia –ahora escrita con mayúscula- es demasiado imperfecta como para no considerarla un accidente histórico, o un fugaz instante dentro de los algo más de cuatro milenios de Historia documentada; una imperfección inevitable por la debilidad y la hubris del ser humano cuando alcanza el poder, pero que en estos tiempos modernos bien podría ser constreñida con un poco más de responsabilidad cívica por parte de las sociedades que aun la viven. Aunque ninguna sociedad aprende ni escarmienta, ni en cabeza ajena ni en la propia.

Desgraciadamente, las tres características mencionadas son resbaladizas, y se requiere de gran madurez colectiva para no transarse ni sacrificar ninguna de ellas; porque los tres elementos deben ser sobresalientes sin que valga un promedio obtenido por un alto valor de dos de ellos mientras el otro está en mínimos: unos servicios de aceptable calidad pueden incluso existir en una dictadura, o el acto mismo de votar será un mero rito si de lo que se trata es de perpetuar élites o dinastías en el parlamento.

Estos elementos de reflexión, simples y básicos para cualquier ciudadano, ya no parecen estar presentes en un país luego de 17 años de dominación chavista. El venezolano sabe que ni el sistema ni el árbitro electoral son confiables, sabe que el sistema creado por el chavismo es incapaz de ofrecer ese mínimo de condiciones para vivir dignamente, y sabe que los jerarcas del régimen no están sometidos a la Ley.

Entonces, concientes todos de que hace ya lustros que en el país desapareció todo rastro de democracia real, hay que preocuparse -y mucho- por el silencio opositor acerca de qué piensan hacer para reponer estas tres bases para hacer un intento de revivirla; dado el caos en que el chavismo ha llevado al país, es comprensible y explicable, más no justificable, que lo urgente les coma lo importante, lo que pasa es que a veces ni eso, puesto que Leopoldo et all siguen presos, y ya empieza a dar la impresión de que de lo que se trata es de dar sombrerazos a diestra y siniestra para medio despejar el mosquero institucional chavista.

Quien sabe entonces, a lo mejor ésta no es la generación de opositores capaz de sacar al país del pozo, a lo mejor ni siquiera se podría hacerlo “democráticamente” y tal vez a alguien estará rebuscando en las crónicas de inicio del siglo pasado la vieja idea del “cesarismo democrático”.

Es el drama de un país fallido, que plantea un dilema teórico y práctico -además de falso, pero muy real- a los demócratas que aun quedan y que serían capaces de gobernar con sensatez y efectividad…¿lo hacemos entre todos como debe ser, o es imposible y deberíamos recurrir a una mano fuerte que imponga sentido común y gobernanza sensata?…con el riesgo de que lo que vaya a imponer no sea ni lo uno ni lo otro, y que encima vayamos todos a la cárcel mientras el nuevo reponedor del orden repite una pesadilla que en Venezuela se ha presentado ya tantas veces.

Hermann Alvino

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