Apostillas chavistas (IX): La Edad Oscura


Hay dos características que identifican a la actual civilización -que muchos académicos ya insertan en la historia de la Tierra como período Antropoceno-; la primera es la electricidad y la otra es el crecimiento poblacional; una ha sido el instrumento que hizo posible todo el desarrollo tecnológico, el cual a su vez permitió los avances médicos que abrieron la puerta a una mayor expectativa de vida que a su vez se potenció por la tecnología agroalimentaria, disparando así el número de seres humanos que seguimos vivos en determinado momento.

O sea que a la postre, el crecimiento poblacional exitoso también depende de la electricidad.

Para nuestra civilización la electricidad lo es todo, ella es nuestra fortaleza y nuestra debilidad, es la que permite extraer y transportar masivamente agua potable, alumbrar casas y ciudades, disponer de aire acondicionado y ascensores en nuestros edificios, extraer petróleo y refinarlo para tener el combustible de los vehículos terrestres, aéreos y acuáticos, además de encender y trabajar con todos los dispositivos electrónicos que mueven nuestra vida cada día. Por tanto, si no hubiera electricidad estaríamos aún en plena Edad Media, y tal vez la primera vez que esta reflexión se difundió masivamente en Venezuela fue a través de la serie Connections del británico James Burke que se transmitió a inicios de los años 80 por el canal 8, el del Estado, cuando ambos eran útiles a los venezolanos –https://goo.gl/LjXKx6

La electricidad nos controla la vida, y solo hay tres formas de obtenerla, siendo la principal el rotar un imán alrededor de un caparazón de hilos de Cobre; para ello la inventiva humana ha utilizado varios sistemas, todos ellos similares -por ponerle paletas a dicho dispositivo, para así llamarlo turbina -y exponerlo a un flujo líquido o gaseoso.

Ese flujo puede ser agua –y para eso tenemos represas-, el vapor de agua –obtenido calentando agua con calor proveniente de una central nuclear, o de un horno de leña hasta que hayamos acabado con todos los bosques…-, o algún otro gas calentado mediante colectores solares hasta una temperatura lo suficientemente alta para a su vez generar vapor de agua-. También se puede aprovechar el vapor de agua que viene del interior del planeta -la energía geotérmica–, e incluso se puede prescindir de dicho vapor acoplando el mecanismo generador de electricidad al vaivén de las mareas. El flujo incluso puede ser el mismo aire, y para eso están las turbinas eólicas.

El mecanismo entonces siempre será el mismo: un núcleo magnético que al moverse será capaz de movilizar los electrones del enrollado metálico que lo rodea; de manera que la gracia consiste en generar ese movimiento con los elementos que tengamos a mano.

La otra manera de disponer de energía eléctrica es con baterías -combinando estratos de materiales que al juntarse y cerrar el circuito permiten que circulen electrones-, pero éstas son más bien acumuladores de electricidad que una vez descargadas habrá que recargarlas, y para ello hace falta… ¡electricidad! En el caso de las no recargables pues habrá que seguir fabricando pilas que al final terminan en los contenedores de basura. La dificultad de esta tecnología es obvia, porque con una batería podemos encender un aparato de aire acondicionado, un vehículo e incluso un avión o una nevera, pero mantenerlos funcionando con baterías por largo tiempo y con la potencia requerida es materialmente imposible; y esa autonomía es justamente el escollo de los vehículos eléctricos que aspiran a sustituir a los de motor de combustión, sin olvidar que su recarga –ni hace falta mencionarlo- requerirá electricidad.

La tercera manera de obtener electricidad es mediante la energía solar, esto es la tecnología fotovoltaica, que combina estratos de ciertos materiales que al recibir los fotones de la luz solar a su vez mueven los electrones en dichas capas.

No hay más formas de obtener electricidad, porque hasta las plantas temoeléctricas dependen de combustible derivado del petróleo –el cual se extrae con maquinarias que a su vez vienen de fábricas que utilizan electricidad, por ello el círculo diabólico dentro del cual está entrampada esta civilización, consiste en que para generar electricidad se requieren de dispositivos cuya fabricación requiere a su vez de electricidad…

Sin electricidad por tanto, solo se podría cocinar y alumbrar con leña, aunque para disponer de velas también podríamos usar grasa animal, mientras que para tener agua potable habrá que ir a buscarla donde esté y llevárnosla con algún cuenco -o confiarle de nuevo a los romanos la construcción de los conocidos acueductos de la antigüedad, con solo canales de piedras inteligentemente colocadas y sin ninguna fuente de energía, salvo la gravedad desde lo alto de los acuíferos hasta las ciudades donde se quería transportar.

Pero el plantío que nos da leña también hay que reponerlo a la velocidad suficiente para que no se agote dicho recurso renovable…y quienes han sobrevolado el Caribe en sus viajes a Miami –chavistas incluidos-, podrán apreciar la diferencia de color cuando se pasa sobre la isla La Española: por el lado de República Dominicana verán mucho verde, mientras que por el lado de Haití verán una desolación marrón sin árboles, luego de que todo un pueblo haya tenido que talarlos y quemarlos durante décadas para poder cocinar, alumbrarse y calentarse. Allí verán lo que podría ser nuestro paisaje dentro de pocos años.

Sin electricidad nuestra civilización colapsaría, además no habría árboles ni animales suficientes para mantener a tanta gente; entraríamos en una época cual mezcla entre la Edad de Hierro y la Edad Media, y es a las puertas de ese escenario nada agradable donde el chavismo ha conducido al país, por su ignorancia sobre este asunto que configura la sociedad moderna, un tema tan importante que hasta el bruto Stalin comprendió, al punto de dedicar millones de vidas humanas en condiciones de esclavitud y de impensable dureza a la construcción de muchas represas para producir electricidad.

En su infinita ineptitud el chavismo se ha cargado las reservas de nuestras represas, las cuales están al límite de ese nivel operativo donde para mover las turbinas el agua requiere estar por encima de éstas, y así poder aprovechar la ley de gravedad -porque si está al mismo nivel o por debajo pues no hay movimiento posible.

El peor enemigo de las represas es la sequía, pero para ello todo se diseña en función de un ecosistema que se sabe reaccionará periódicamente para reponer el agua perdida -tanto por el uso en la represa como por la natural vaporización-. Habrá así épocas cuando a las represas se les extraerá el máximo rendimiento -sin agotarlas-, y otras en las que habrá que regular adecuadamente el flujo de agua, con lo cual se generará menos electricidad, y para compensar este déficit temporal de oferta, y satisfacer la siempre creciente demanda, estarán las plantas termoeléctricas adecuadamente distribuidas a lo largo y ancho del país.

¿Qué ha hecho el chavismo con nuestro sistema eléctrico?, pues todo lo posible para colapsarlo, esto es, en primer lugar descuidó al ecosistema de bosques donde están nuestras cuencas fluviales, alejando esa lluvia de los ríos encargados de reponer el agua de nuestras represas; en segundo lugar no mantuvo adecuadamente las plantas temoeléctricas existentes –las explosiones son harto conocidas- ni planificó la expansión de este indispensable sistema de compensación; en tercer lugar, cuando dicha compensación comenzó a fallar explotó a fondo las represas; y en cuarto lugar descuidó los sistemas de transformación y distribución eléctrica.

Los parches que caracterizaron la gestión chavista de nuestro sistema eléctrico son los típicos de los ineptos y corruptos, como la canibalización de un equipo para reparar otro, hasta que no queden más repuestos, mientras la burocracia corrupta -que los debería comprar a precios razonables de mercado- sacaba tajada, quemando el presupuesto previsto sin satisfacer las necesidades del inventario.

Al final estamos a las puertas de ese escenario que se identifica con la edad media más oscura. Y además sin agua ni renta petrolera para realizar esas grandes inversiones que tal vez -luego de una década- nos vuelvan a proveer de la oferta eléctrica necesaria para satisfacer la demanda de cuarenta millones de venezolanos, más la del todo el parque industrial y la de las empresas básicas de Guayana.

Reconstruir este sistema será así una labor enorme que llevará mucho tiempo y dinero, que será inasumible si el Estado pretende abordarla en solitario –como en el pasado-; por ello habrá que quebrar paradigmas para confiar una parte fundamental de esta misión a la iniciativa privada internacional, un asunto que bien llevado no es perjudicial de por sí, pero que le servirá a los historiadores futuros como elemento adicional para calificar el ciclo chavista como el cambio histórico mediante el cual el país pasó a depender de fuerzas ajenas.

Y eso en el mejor de los casos, porque si se persiste en el error de dejar que esta gentuza siga en el poder, la Historia verá en directo el renacer de una extemporánea y sorprendente edad oscura en esta ex Tierra de Gracia, un lugar muy lejano en el tiempo de aquella Europa de hace un milenio, pero muy cercano a ella en las calamidades y dureza de la vida de la gente de bien.

Hermann Alvino

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