Sin razón


Entre las frases que a modo de corta reflexión dejó Umberto Eco a sus lectores está aquella que indica que la democracia no significa que la mayoría tenga la razón, sino que solo dispone del derecho a gobernar – http://goo.gl/ATamQk

Por supuesto que dicho así -sin matices- pues la reflexión pierde potencia y utilidad. En primer lugar habría que definir en qué consiste la democracia, lo cual no conduciría a ninguna parte puesto que su definición es muy resbaladiza. Sin irnos muy lejos, y excluyendo de antemano ese concepto engañoso de democracia popular con el que los comunistas y dictadores de diverso pelaje justifican su dominio -muy poco democrático por cierto-, lo obvio es asociar la democracia con el sistema liberal de respeto a la libertad y a la propiedad privada, y hasta le podríamos incluir lo del relevo pacífico del poder mediante reglas de juego consensuadas, para que desde esta definición muy básica se deriven todas las variantes y leyes con las que cada sociedad libre desee vivir.

El detalle es que siempre habrá maneras de eludir el espíritu de esta definición general, y para confirmar esto bastarían solo dos ejemplos entre miles, que en su conjunto también muestran lo difícil que es evitar la tentación de darle la razón a quienes opinan que la democracia no pasa de ser una anomalía histórica, tal vez medio reforzada por un inesperado desarrollo tecnológico que nos ha permitido disponer de canales de expresión y de eventual participación en el proceso de gobernanza, aunque sin olvidar que al fin y al cabo, dicha tecnología solo seguirá siendo ese refuerzo mientras pueda ir de la mano, y sin perder el ritmo, de la creciente complejidad y desigualdad social.

El primer ejemplo es el de la delimitación de los circuitos electorales al congreso en EEUU, una atribución que depende de los gobernadores de los 50 estados que componen aquel país y que con el tiempo ha ido degenerando, puesto que trazar las rayas para agrupar electores potencialmente adversos, para que con su voto su partido gane pocos escaños por paliza pero pierda muchos otros más aunque sea por poco margen, es la mejor manera para asegurarse mayorías parlamentarias. La técnica se denomina “Gerrymandering”, en honor –si cabe el término- del gobernador de Massachusetts Elbridge Thomas Gerry quien la aplicó en 1812. Como vemos es un truco muy viejo que chavistas copiaron del imperio cuando redistribuyeron nuestros circuitos electorales para asegurarse el control de la AN, aunque el pasado 6D le salió al revés.

El otro ejemplo es la influencia de la religión en la política, no tanto con relación a los púlpitos de los templos que sugieren –por decir lo menos- a sus fieles por quien deben votar, sino por aquellos otros –y no precisamente desde los templos, sino en ruedas de prensa y en conciliámbulos- que le indican a los parlamentarios practicantes de esa religión cuáles leyes deben aprobar y cuáles no, lo cual va desde el aborto, la eutanasia, las uniones homosexuales y la prohibición de que éstos adopten niños, hasta leyes muy restrictivas y punitivas hacia las mujeres, pasando por generosos financiamientos y exenciones fiscales a esas religiones.

Volviendo a Eco entonces, y para no complicar mucho el asunto con la definición de democracia, podríamos interpretar que la referida frase, enfocada a entornos con razonables parámetros de libertad y transparencia en el mecanismo de selección de gobernantes, apunta también hacia las causas de dicha escogencia, esto es, que a los electores tampoco hay que concederles el privilegio de tener la razón.

Es allí entonces donde Eco hace daño, porque el tener la razón no solo va con relación a los electos, sino con los electores, porque una elección puede ser legal, válida y legítima, más los criterios de escogencia pueden ser catastróficos para todo un país.

Todo lo cual nos lleva a recordar aquella imprudente frase de Caldera cuando perdió las elecciones con Lusinchi en 1983: El pueblo nunca se equivoca y lo que decida está bien –una manera elegante de decir lo mismo que los guevaristas, castristas y chavistas con aquello de que solo el pueblo salva al pueblo-, porque en aquella oportunidad el pueblo se equivocó, como volvió a hacerlo al elegir a CAP II, y confirmó su despiste cuando en cambio sí eligió a Caldera II en 1983. En otras palabras, nuestros electores no supieron elegir ni a la persona adecuada ni hacerlo en el momento adecuado.

Por supuesto que esa frase calderiana nos lo pone a todos demasiado fácil cuando se trata de hablar de Chávez, a quien el pueblo eligió la primera vez –asunto si se quiere hasta explicable, dado el estado lamentable del entonces vigente statu quo partidista-, pero a quien luego lo reeligieron dos veces más, anticipando así la tapa del frasco de la ineptitud venezolana para escoger sus gobernantes, con la elección de Maduro.

De manera que la razón a la que aludía Eco no solo tiene que ver con un eventual abuso de autoridad por parte de los electos, al sufrir la enfermedad del poder -que los griegos llamaban Hubris– que impone que le demos la razón en todo lo que dicen y hacen, sino a la carencia de buen juicio de quienes los ponen a mandar, lo cual igualmente puede aplicarse legítimamente al criterio que prevaleció en el pueblo para que la oposición ganase las elecciones del 6D; un criterio basado en el voto castigo que por sí mismo no representa ni resuelve nada si quienes elegimos no son capaces de superar la realidad creada por aquellos a quienes quisimos castigar.

Por otra parte, con todo y que en nuestro sistema político ni los integrantes del TSJ, ni los de la Contraloría y Fiscalía son electos por el pueblo sino que son designados por la AN, hay que aceptar que sus mandatos fueron generados a través de reglas constitucionales, y por tanto son democráticos; el problema es que su conducta no lo ha sido, y ellos les ha privado de esa razón a la que Eco aludía en su frase. Más aun, los integrantes de dichas instituciones no es que se hayan equivocado en sus decisiones, sino que las tomaron a sabiendas que eran injustas –lo cual constituye delito de prevaricación-, y peor aún, unos lo hicieron libremente por ser cómplices de la degeneración institucional chavista, y otros a cambio de prebendas.

En cuanto a las FFAA venezolanas, en cambio, la cosa es al revés, o sea en vez de cuestionar si se tiene o no razón sin dudar del derecho a ejercer un mandato, acá se trata literalmente de dudar directamente de su legitimidad como protectores de la integridad territorial y la paz social, porque ellas, ahora propietarias de una empresa estatal que les permitirá entrarle a saco al negocio minero y petrolero, luego de su conducta obsena durante estos diecisiete años de régimen, sus turbios negocios, sus tráficos y contrabandos, sus abusos contra una población civil vulnerable y su entrega a los cubanos, incluso ha perdido el honor. ¿Y estos son los militares a quien Ramos Allup alude que puedan dar un golpe?

Entendámosnos, acá no queda casi nada, porque ni siquiera la oposición podría sacar galones de democracia si recordamos los abusos de la MUD en la escogencia de los candidatos a diputados, o la carencia de democracia interna en la mayoría de los grandes partidos opositores, o la urgencia de los diputados actuales para designar a los representantes al Parlamento Andino, en vez de revertir la loquera de Cabello que dispuso designarlos a dedo.

Pero es lo que hay: un pueblo que sigue votando a ciegas, porque nunca lo educaron a conciencia para ello, ni para que pueda tener la razón; y como lo urgente prevalece sobre lo importante, pues con hambre, escasez, inflación, apagones y criminalidad, nadie va a pensar en un proyecto educativo, sino que lo primero sería quitarse de encima esta gentuza que causó todos estos problemas. Cosa comprensible, por lo demás.

Por eso la reflexión de Eco seguirá siendo válida por muchos años más. Al menos en Venezuela.

Hermann Alvino

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