El verdadero error de Maduro y su última trinchera.



Para entendernos: Maduro es un ignorante, pero no solo porque carece de los pilares básicos que para cualquier persona que vive en una sociedad compleja como la contemporánea conforman una indispensable cultura general, sino por ser también un ignorante funcional incapaz de comprender esa complejidad, aunque se la expliquen.

Pero eso lo sabemos todos, al igual que el poder no está necesariamente destinado a los cultos que probaron ser los más adecuados para lograr el bienestar general, porque éste es una lotería, que independientemente de su capacidad para gobernar, a veces le toca tanto a quienes lo buscan como también a quienes nunca aspiraron a él. La gran paradoja es que muchísimas veces los mejores en el papel no siempre lo han hecho tan bien como aquellos quienes en apariencia aparentaban ser los menos capaces.

Pero para valorar en su verdadera dimensión la ignorancia de Maduro hay que ampliar la definición misma del término ignorante, cual suma del obvio desconocimiento de esos asuntos básicos que podrían asimilarse durante una educación secundaria -incluso de mediana calidad-, más la incapacidad para cultivarse como persona, o si se quiere: esa carencia de curiosidad por saber y buscar una explicación racional a las cosas.

Pero esa carencia de curiosidad, o esa incapacidad para formularse preguntas, podría conducirnos a juzgar como irresponsable a quien tiene esa carencia, porque al no disponer de esos instrumentos mentales, su voluntad para permanecer dentro de ese mundo de nebulosas está alienada, y por tanto, al tener esa perspectiva unidimensional -y encima errada- de la realidad, esa alienación le impide cambiar de actitud.

Es en ese sentido –y solo en éste, por no tener conscientemente todos los instrumentos de autoayuda para la superación personal- que podemos catalogarlo como irresponsable, además de víctima, encerrada a palos, a tiros, a latigazos, y mediante cualquier técnica de dominación, sea ésta de tipo softpower o hardpower, en ese mundo alienante de ignorancia y desconocimiento donde se lleva a cabo una existencia de trabajo diario brutal, como mula de carga en una mina, en las zafras, en las fábricas, o languideciendo en los portales de su vivienda mientras rumia su desempleo y su pobreza.

Por otra parte, si nos referimos a otros ignorantes, esto es, aquellos que sí pudieron formarse en las mejores instituciones, e incluso educarse debidamente en familias no desestructuradas -donde no hubo violencia y sí mucho amor y algo menos que malcriadez-, pero que se constituyeron en camadas de ignorantes que, a diferencia de los anteriormente descritos, sí tuvieron y siguen teniendo altísimas probabilidades de ocupar posiciones de poder y causar una daño inmenso a sus semejantes -ejemplos obvios son Bush padre, Bush hijo, Reagan, Perón, Allende, Aznar, Rodríguez Zapatero, Rajoy, Berlusconi, Renzi, Juncker, etc.- entonces el término irresponsables no es aplicable, porque aquí se trata de una banda de mangantes que parasitan con éxito en un sistema autosostenible –muchas veces por la violencia- creado por su propia estirpe. Ellos no son víctimas, sino victimarios.

Pero no todos se quedan en las redes de la oscuridad, porque vengan de donde vengan algunos sí reaccionan y se ponen a estudiar, a informarse, a elaborar juicios propios basados en información real y relevante, con una fuerza nacida en algún momento de su niñez, adolescencia o incluso vejez, luego de algún disparo sináptico entre un par de neuronas, que terminará cambiando sus vidas, y la de todos nosotros. Hay muchos testimonios de ello, tanto con sustrato paupérrimo como pudiente.

El hecho concreto es que si por los azares del destino -o sea, la manipulación cubana en el caso venezolano- se llegara a gobernar un país como le tocó hacerlo a Maduro, ésa su persistencia para quedarse en la nebulosa de la ignorancia -donde cada frase suya roza lo ridículo y lo tragicómico-, no responde a un acto de irresponsabilidad estructural, sino a la misma pereza mental y autocomplacencia que ha caracterizado a esos mentados y más afortunados del planeta, porque al igual que ellos, Maduro ya en el poder ha tenido todo el acceso imaginable a los elementos de conocmiento para mejorarse a sí mismo, pero se ha negado a hacerlo. Esa pereza mental y autocomplacencia, por lo demás y dicho sea de paso, ha afectado a la mayoría de nuestra clase gobernante desde que tenemos memoria como país. Desde este punto de vista entonces, ni al mismo Carlos Andrés Pérez -por citar un solo ejemplo- junto a muchos otros de las generaciones de gobernantes de la democracia prechavista, se le debería juzgar con una vara diferente a la que acá se utiliza para juzgar a Maduro.

Teniendo entonces como sustrato esas limitaciones mentales -junto al albur mismo de la vida-, es lógico que Maduro sea un producto de los Castro, una mera colonia mental basada en todos los conceptos y mitos que allí se utilizaron para lavarle el cerebro a dos generaciones de cubanos y de latinoamericanos; unas falacias estupendamente estudiadas por Carlos Rangel en aquel libro legendario titulado Del buen salvaje al buen revolucionario; lo mismo puede decirse de Corea del Norte, la URSS y su Europa del Este, el ejército islámico Dalesh -o ISIS según los gustos-, y obviamente todas las sociedades sometidas a algún dogma fascista o religioso que impone su Historia.

De manera que es explicable tanto el que él tenga esa visión de la economía y de la sociedad como su incapacidad para superar ese paradigma que tanto daño le ha hecho al país, especialmente si éste ya venía sufriendo la nefasta la gestión de Chávez.

Pero el verdadero error de Maduro no consiste en nada de eso, sino en estar convencido de que el control que su régimen ejerce sobre los venezolanos es equivalente al que desde hace medio siglo ejercen los Castro en Cuba. El detalle –obvio para muchos, pero no para él- es que la muerte prematura de Chávez –valga el término-, aún con la grosera y ubicua presencia cubana en el país, dejó ese control endógeno a medio hacer, dejando a su heredero atrapado -y por tanto desfasado- en el tiempo, al creer sinceramente que las condiciones objetivas –término de pura cepa marxista- para el control total de la sociedad cubana ya existían en la Venezuela donde le tocó la lotería presidencial, y por tanto las elecciones parlamentarias que se realizarán dentro de unos días tendrían las mismas características de los procesos electorales –por llamarlos de alguna manera- que durante medio siglo hubo en esa Cuba controlada integralmente por esa dictadura, o sea, un simple rito para salvar apariencias frente a la débil y cínica intelectualidad internacional –comenzando por la europea-, y para que nada cambie.

Es por éste error de raíz que Maduro no comprende que la posibilidad de que el régimen pierda las elecciones es real; ello lo vuelve peligroso para el país, y de allí nacen los escenarios chavistas para amarrar a la eventual mayoría opositora de la Asamblea Nacional, que serían protagonizados tanto por el TSJ -cual última trinchera de Maduro- con su facultad para vetar leyes consideradas como anticonstitucionales, como por una ley habilitante a Maduro antes de que finiquite el actual período legislativo –si el régimen lograra la mayoría para ello en la actual AN, cosa posible si les diera la cabeza durante estos días de campaña electoral, y post elección antes de la toma de posesión de los nuevos parlamentarios.

Por ello, los artículos 211 y 230 de la horrible y mal redactada constitución chavista pasarían entonces a ser un instrumento estratégico de uso inmediato para Maduro; así que de ganar la oposición, y por otros avatares del destino, la suerte de la democracia en parte dependerá de los miembros del mismo TSJ.

Mal asunto pues, dados los precedentes de esa institución chavista. Por eso y sin siquiera concederles el beneficio de la duda, si la oposición llegara a dominar la AN, una de las misiones prioritarias que realmente aportaría valor a la institucionalidad del país sería removerlos a todos.

Lamentablemente para ello se requiere mayoría de 2/3 –Artículo 265. Y eso no ocurrirá.

Aunque, quién sabe…

Hermann Alvino

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