¿Qué hacer y cómo hacerlo?


A los problemas comentados en el post anterior para sacar al país del pozo chavista se le suma la escasez de dinero para poder concretar unos objetivos mínimos que prevengan la vuelta del chavismo -en cualquiera de sus variantes que aspirarán a heredarlo-, puesto que luego de una dictadura –y el chavismo lo es, sin ninguna duda- muchas democracias involucionan en pocos años, como el caso de Nicaragua, ya mencionado varias veces en el pasado; ese proceso incluso puede optar por las vías más enrevesadas como en el caso argentino, donde luego de tumbar a Perón en su primer mandato, la democracia fue dando bandazos entre dictaduras más o menos cortas o largas, y entre profundas sacudidas sociales con manifestaciones de violencia y terrorismo urbano de todo tipo y de todo signo, hasta llegar a una suerte de sistema caótico y corrupto –el kirchenismo- que hereda lo peor de cada experimento de poder del último medio siglo argentino.

Hay que recordar, especialmente a los más jóvenes que solo han vivido bajo el sistema chavista, que hasta hace 25 años Venezuela tenía prácticamente intactos los factores indispensables para progresar: una industria petrolera -cuya sensibilidad social era ciertamente mejorable- cuya tecnología de vanguardia y su sistema de méritos, unido a la buena gestión y reinversión para explorar, explotar, refinar y asociarse estratégicamente eran ideales para cualquier proyecto exitoso de país -por los recursos que dicha industria era capaz de aportar durante muchos años-; también estaba la industria minera, la del Aluminio y del Acero junto a todo el desarrollo regional de Guayana, que autoabastecía al país de materias primas y productos semiacabados y acabados, y proyectaba a esas empresas como líderes mundiales, todo ello unido a las miles de pequeñas y medianas industrias que servían de proveedores a ambos sectores estratégicos, generando centenares de miles de empleos directos e indirectos.

Además, Venezuela tenía una infraestructura industrial privada sana -si bien igualmente perfeccionable en su modelo de negocios y ganas de competir internacionalmente-, y una industria agropecuaria capaz de alimentarnos a todos; también había una infraestructura pública en plena expansión y relativamente bien mantenida -o al menos sin haber llegado a ese punto de deterioro sin retorno que obliga a demoler y rehacerlo todo, como es el caso actual de los aeropuertos, el Parque Central, los teatros, las carreteras y puentes, los edificios de los ministerios, las empresas de comunicaciones, de generación y distribución de energía eléctrica, los astilleros, el metro y ferrocarriles, las flotas aéreas del Estado, etc.

Aquella Venezuela ciertamente tenía menos habitantes, una menor complejidad social, menos confrontación y división, así como obvios niveles menores de pobreza e indigencia, todo lo cual permitía superar todas nuestras dificultades con un grado razonable de disciplina y sacrificio, incluso por el hecho de que si había que recurrir al financiamiento internacional, el aval de esa riqueza industrial y la menor severidad de las instituciones financieras durante aquellos años, nos abrían muchas puertas que ahora están cerradas por la quiebra técnica del país, y por las absurdas opciones geoestratégicas del Comandante al alinearse con Cuba, Irán, China, Siria, Libia, Irak, Rusia, Zimbabwe, Sudán, etc.

Por algo entonces dijo alguna vez Caldera II, al referirse al buen estado general de nuestras finanzas y al potencial industrial para crear riqueza y enfrentarnos a nuestras deudas como país, que el cotarro estaba lleno. Ahora obviamente no es así, por una inmensa e inauditable deuda interna y externa con una China acreedora, cuya vocación actual no es precisamente la de la clásica colaboración internacional, sino la de prensar a países estructuralmente débiles -como lo es ahora Venezuela- para aumentar su potencial hegemónico global, haciendo por tanto muy severa, y con márgenes casi inexistentes, cualquier negociación futura para aminorar nuestra carga financiera.

Tampoco se dispone ya de una industria privada sana ni tecnológicamente actualizada, debido a la crónica escasez de divisas que impiden las inversiones, perdiendo además competitividad internacional incluso en el limitado espacio que ya tenía conquistado; además, el colapso minero y petrolero impide esas generar divisas para actualizar sus tecnologías y recuperar la productividad, la producción, y la reconquista de dichos mercados internacionales. Y aunque contablemente las generen, pues el enfermizo control de cambio chavista impide su acceso

Y por último, ahora el país padece el colapso de la infraestructura estatal, y la consolidación de una sociedad dividida y con una cultura muy deformada del trabajo como valor insustituible de cualquier sociedad próspera.

Las líneas maestras económicas para una nueva gobernanza están a la vista: rehacer a PDVSA sobre las bases de la gerencia y meritrocracia más rigurosas, sin descartar privatizaciones puntuales de parte de su estructura -al igual que la de las empresas guayanesas-, abrir los espacios económicos a la industria manufacturera y a la agroindustria mediante todos los incentivos razonables que un Estado es capaz de otorgar, además de acabar de una vez por todas con el control de cambio, siendo esto último lo más complicado de poner en práctica, dada la cultura de controles también tiene la dirigencia opositora de relevo -sobre el control de cambio el debate puede ser muy largo, pero baste solo con decir que éste sería el único camino, tanto para generar divisas por medio de exportaciones, como para atraer inversiones que generen empleo, abastezcan el mercado interno y el externo, generando a su vez más divisas, empleo y prosperidad.

La última línea maestra sería la denuncia de todos los tratados internacionales del chavismo, desde la deuda China que ameritará una auditoría real hasta los convenios con los chulos petroleros de la región, además del viraje geopolítico hacia ese Occidente, que si bien nos refinanciaría en condiciones ciertamente muy severas, también compraría nuestras mercancías en virtud de los tratados de libre comercio.

Pero al margen de la indispensable reforma constitucional y de la derogación de centenares de leyes junto a la aprobación de otras pocas, pero muy claras y sensatas, y de ese hasta ahora inédito liderazgo opositor, imbatible en preparación, ética y compromiso, esas líneas maestras que en el papel suenan razonables se estrellan contra la carencia de esos recursos inmensos para concretar sus objetivos, porque el problema es que a su vez están destruidos los mismos sectores que deberían generar esos recursos, lo cual complica enormemente la escala de prioridades de cualquier gobierno serio y sensato, esto es cómo configurar el delicadísimo equilibrio entre el necesario gasto social –que además sería el preventivo contra la comentada involución democrática- y las inversiones para levantar la economía.

Un ejemplo de la magnitud del problema son los 20 o 30 mil millones de dólares requeridos para impulsar y sostener una eventual eliminación del control de cambio para la adquisición y repatriación de divisas acabando así con el mercado negro, o lo que afirma Ramón Espinasa sobre la necesaria inversión en la industria petrolera: “Para subir 150 mil barriles diarios hay que invertir anualmente alrededor de 14 mil millones de dólares, unos 7 mil millones para quedarte donde estás y 7 mil adicionales para crecer gradualmente y llegar en 8-9 años a la producción de 3,6 millones de barriles diarios que teníamos en 1997” (http://prodavinci.com/blogs/venezuela-se-aproxima-el-ajuste-economico-por-victor-salmeron-3/)

Obviamente el país no produce esos reales ni de lejos…por lo que sigue válido lo dicho ya muchas veces: conseguir paz y prosperidad para Venezuela ya no está en nuestras  manos como lo estaba en el pasado, porque ahora ello dependerá fundamentalmente de otros, cuya voluntad depredadora frente a este país debilitado por Chávez y sus herederos solo podrá frenarse con un inmenso liderazgo, creíble, honesto y capacitado para gestionar una larga transición que nos lleve de nuevo a ese punto de partida donde tal vez, y solo tal vez, podamos volver a competir como país en un mundo que ya no otorga tregua a los débiles.

¿Qué hacer y cómo hacerlo?… pues esa la pregunta que deberán responder quienes deseen pasar a nuestra historia patria…, para bien, en contraste con lo que será el relato de esta barbarie y sus protagonistas.

Hermann Alvino

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