Democracia Cristiana para Dummies (IX): El Centro no existe; es una mentira electoral (II)


El Centro político tampoco existe cuando se valora la llamada izquierda moderada contemporánea, como obviamente tampoco puede hablarse de Centro si se toma en cuenta la izquierda más radical. Veamos:

En primer lugar, la izquierda moderada, o la Socialdemocracia –para entendernos- hace ya décadas que dejó de ser izquierda al aceptar las imposiciones de las instituciones financieras internacionales lideradas por neocons; ni siquiera ha sido capaz de reaccionar frente a la arremetida de austeridad manipulada que azota Europa, y su más reciente conducta en el Parlamento Europeo, al mirar para otro lado con relación a las discusiones ocultas sobre el tratado de negociación económica EEUU-Unión Europea, indica que su crisis de identidad es más profunda de lo que parece.

La Socialdemocracia que defendía las organizaciones obreras y el rol subsidiario del Estado simplemente no existe más; ahora su discurso se sustenta en liberar actividades económicas, bajar impuestos, apretar injustamente en materia de austeridad -al afincarse en la Educación, Salud y Justicia- y ceder en políticas contrarias a su historia, comenzando por los convenios con el Vaticano que lo liberan de impuestos inmobiliarios de las miles de propiedades que tiene regadas por el mundo, pasando por el aumento de la edad de jubilación, para llegar a la laxitud con que aborda los fenómenos de corrupción, como el caso italiano y español, por decir algunos.

Frente a ese discurso los electores entienden que la Socialdemocracia es ahora de derecha, aunque ésta para salvar un mínimo de sus electores de toda la vida se autodefina como de centro-izquierda, o izquierda moderada-. El problema es que el resto de electores que no son de izquierda opta por el original y no por la copia, y por tanto vota por los partidos más conservadores.

En este sentido entonces, el Centro desaparece del escenario, por esta migración  hacia lo más conservador por parte del elector -a quien la ideología le importa poco, y cuyos problemas son el día a día- convencido de que el culpable de su deterioro en la calidad de vida es el Estado –como entidad en sí, y no como consecuencia de la conducta de gobernantes ineptos,  despilfarradores y corruptos; un error que nace por una enorme ignorancia e irresponsabilidad cívica, acordes con la frivolidad contemporánea.

A su vez, el Centro deja de tener sentido si analizamos lo que pasa a la izquierda de la Socialdemocracia, donde los partidos más radicales, dados los indicadores económicos de desigualdad y desempleo, y el deterioro de toda la red de protección social, para bien o para mal del país donde se desempeñan, son un polo electoral en plena expansión que plantea renacionalizar empresas que antes eran del Estado -motivado a los monopolios y mala gestión de los amigotes de los neocons, a quienes éstos le tendieron puentes de plata para asumir propiedad de esas empresas- y volver a aquellos tiempos de economía estatal controlada sin matiz alguno.

Visto así, esta segunda realidad genera la tentación de definir al Centro como una suerte de promedio entre las propuestas de esas izquierdas más radicales y las de los partidos más conservadores, con lo cual el pobre Centro pasaría a ser un arroz con mango incoherente.

En síntesis, visto desde la parte más conservadora, el Centro es un artificio del marketing electoral para atraer a electores desilusionados con el desorden de los gobiernos de izquierda y sin que se percaten de que sus votos son el añadido indispensable para que esa derecha disfrazada de moderada obtenga al poder parlamentario o presidencial suficiente para aplicar su verdadero programa, esto es: austeridad para contener el gasto social mientras configura el marco legal para que los monopolios y oligopolios que la han llevado al poder consoliden su dominio económico y mediático. No hay que ser marxista para llegar a esta conclusión, puesto que los datos están a la vista de todos, y el comportamiento descarado de esos políticos en Europa, en EEUU y Latinoamérica.

Por su parte, visto desde la izquierda, el Centro es igualmente un recurso electoral –aunque ellos lo usen de forma más torpe que sus adversarios políticos- con el cual se intenta captar ese elector desilusionado por las mediocres gestiones socialdemócratas y que no se atreve a dar el paso existencial de apoyar a algún partido de derecha. El discurso aquí es muy light, pero si se estudian en detalle las propuestas reales, lo que se dice puertas adentro, y las constantes defensas que esas organizaciones hacen del chavismo y de los gobiernos de Bolivia y Ecuador, el silencio hacia Cuba y las alabanzas al gobierno de Nicaragua, entonces se hace claro que de Centro no hay ni rastro.

Más aun, y para confirmar la inexistencia conceptual del Centro, en los discursos de muchos de los partidos tanto de derecha como de izquierda, ya no hay ningún disimulo: unos van directamente contra el Estado, proponiendo la privatización de todo –sin competencia –naturalmente- o con condiciones que solo sus amigotes pueden cumplir…-, y promoviendo la muerte del concepto de comunidad y de solidaridad, esto es: nadie debe pagar impuestos, entendiéndo por éstos la alcancía que una sociedad rellena y comparte para darse colectivamente esos servicios varios que son justamente los que los definen como comunidad, y que cada quien se busque la vida como pueda.

Por otro lado, los otros tampoco se quedan atrás, porque visto el fracaso socialdemócrata –cuyos motivos aun están por dilucidar, sea porque conceptualmente sus postulados nunca fueron verdaderos  ni factibles, o por la conducta díscola de sus dirigentes-, solo les queda el camino de releer a Marx, recordar la incompatibilidad de la lucha de clases con la democracia, y la necesaria muerte del Estado liberal para sustituirlo con una sociedad comunista cuyo sentido de colectividad –aquello de darle a cada cual según su necesidad, y recibir de éste de acuerdo a su capacidad- lo suscribiría cualquier neocón que se respete…

Es otras palabras y desde riberas opuestas, para ambos polos el enemigo es el Estado mismo y ambos minimizan al individuo y priorizan monopolios y oligopolios, sea privados como EEUU, o públicos como en China.

Por una parte entonces, se sigue recurriendo a los pensadores y economistas de la Escuela de Chicago, quienes luego de medio siglo de actuación han dejado al mundo con una desigualadad con la que ya podemos mirar con inquietud al siglo XIX y a las cortes de las monarquías absolutistas de los siglos XVII y XVIII; mientras que por otra siempre habrá algún académico que recurre a tópicos ya obsoletos y anodinos que alaban a Chávez, Lula y Kirchner –el más reciente se puede leer en http://goo.gl/mwf0nG

¿Centro, entonces? Para nada pues, ni conceptual ni geográfica ni aritméticamente…y por eso se requiere de un salto cualitativo que implante realismo económico pero con sentido común y solidaridad, aunque unos y otros piensen que ello sería un engendro.

Es lo menos que pueden pensar, porque saben que ello los borraría de la Historia contemporánea.

Ahora seguirá el esfuerzo conjunto para concebir propuestas de gobernanza.

Hermann Alvino

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