Democracia Cristiana para Dummies (VI): El problema para abrirse espacio (II)


No parece posible poner a pensar serenamente a millones de venezolanos, incluso liberándolos de la angustia de la escasez y la criminalidad, puesto que la superficialidad o frivolidad intelectual lo ha impregnado todo, con la gritadera caribeña de la onmipresente radio, las loterías y razonamientos infantiles –y falsos- de la mayoría de los medios -puesto que éstos están controlados por una banda de ignorantes afectos al régimen-, y con la innata capacidad paisana para banalizar o hacer chistes de asuntos bastante serios –un instrumento espiritual legítimo para sobrevivir, desde los tiempos de la esclavitud pasando por los de la Guerra Federal, hasta llegar al gomecismo, al perejimenizmo y a la pesadilla actual.

Tal vez entonces el camino a seguir sea sembrar un imaginario particular, alterno, diferente al bipartidismo prechavista, opuesto al chavismo y a todo lo bolivariano, y que las imágenes que se puedan ir creando en cada uno induzcan a pensar, para que poco a poco se pueda labrar un camino de raciocinio no basado en lo inmediato –que ahora es comer y sobrevivir, pero que luego será poco y algo más, dado el estado en que quedará el país cuando se vayan-, sino en un proyecto de país.

Obviamente la MUD no tiene ni las herramientas conceptuales ni las espirituales para disponer de un sustrato programático ni una visión de país que pueda convertirse en el deseado imaginario. Hay que acotar acá que el término imaginario fue acuñado el pasado siglo por un filósofo turco llamado Cornelius Castoriadis, comunista de pura cepa, lo cual viene al caso porque estrictamente hablando dicho término es inadecuado usarlo para un demócrata cristiano, quien debería utilizar la palabra “visión”. Lo que sucede es que la palabra “visión” ya está horriblemente deformada y escorada hacia lo empresarial.

Seguramente al maestro de generaciones que fue Arístides Calvani lo de imaginario no le habría gustado, como en cambio sí gustaba que se utilizase la palabra reflexión en vez de autocrítica –de sustrato leninista-, o sociedad en vez de colectivo. Pero los tiempos cambian, y hay que aceptar que si encima a las dificultades que impone el analfabetismo funcional sembrado por el chavismo también hay que reinventar el vocabulario, la misión se convierte en imposible. Sería interesante utilizar el término arquetipo en vez de imaginario, pero mientras más se complica la teminología más obstáculos se ponen a la labor política concreta.

¿Qué es pues el imaginario? Mejor ponerlo con dos ejemplos de primaria y secundaria de institutos públicos y de educación religiosa, cuando en Venezuela se enseñaba a leer y escribir antes de los siente años:

Con relación a la escuela pública, cuando se leía a la Venezuela Heróica de Eduardo Blanco y uno imaginaba una culebra de soldados que se desenrollaban en los campos de batalla de la Independencia. Eso era el sustrato sobre el cual cada niño iba construyendo su propia venezolanidad.

Con relación a la escuelas religiosas, casi todas en manos de curas y monjas españolas, que conocieron la Guerra Civil de cerca: el imaginario consistía en proyectar la imagen de que los republicanos españoles –y comunistas, de acuerdo a esos maestros- hacían de curas y monjas picadillo para vender su carne en los mercados. Unos elementos algo disociados de la realidad venezolana, y algo distantes de la madre patria, pero que para aquella gente eran tan poderosos como para llevárselos consigo a otro continente.

Por supuesto que se puede introducir el imaginario nazista y el papel del judío -o el del infrahombre– en ese mundo irreal pero muy cruel que Hitler logró hacer realidad, el Ideal Venezolano con el que Pérez Jiménez embriagó a Venezuela al punto de que aun hoy hay miles de venezolanos que alaban la gestión del dictador -mostrando autopistas y obras como la UCV-, el imaginario peronista salpimentado con Evita, el del Allende cultivado por muchos años mientras intentaba ser presidente, el de Carlos Andrés Pérez con los hijos de Bolivar que rescataban su cerro homónimo nacionalizando la industria del Hierro y Acero, y así hasta el infinito, comenzando –y salvando distancias con lo anterior- con todo lo que cuenta cada religión sobre lo que sería el más allá.

La crisis de menú de imaginarios -dicho sea de paso- fue justamente el factor de implosión del bipartidismo venezolano, lo es tanto para la actual oposición venezolana como para el régimen chavista, al igual que en la actualidad es así para para la socialdemocracia europea y sus alter ego de la derecha de dicha región –de eso se hablará en el próximo post– luego de la desintegración de la URSS –con su imaginario comunista traducido hace medio siglo a latinoamérica a través del gran engaño de Fidel Castro-, y de la desilusión que supuso el fín de la Historia planteado por Fukuyama, en un mundo con un solo poder –EEUU-, y una sola referencia sociopolítica cual era la liberal.

Combinemos entonces el embrutecimiento colectivo, al que un liberalismo degenerado y expresado en una manipuladora sociedad mediática que ha sometido al mundo entero a la desesperanza, para comprender la dificultad que tendría cualquier proyecto alterno.

Tal vez la mejor expresión de esa desesperanza y resignación la conseguimos en un fragmento de la novela del escritor argelino Mohammed Moulessehoul –cuyo seudónimo literario es Yasmina Khadra- titulada Las golodrinas de Kabul:

—¿Qué ha cambiado hoy, Atiq? Nada, nada en absoluto. Circulan las mismas armas, se ven las mismas jetas, ladran los mismos perros y pasan las mismas caravanas. Siempre hemos vivido así. Se fue el rey y otra divinidad ocupó su sitio. Es verdad que los escudos heráldicos han cambiado de logotipo, pero siguen pretendiendo los mismos abusos. No nos engañemos. La forma de pensar sigue siendo la misma de hace siglos. Los que esperan que surja una nueva era en el horizonte pierden el tiempo. Desde que el mundo es mundo, están los que viven con lo que hay y los que se niegan a aceptarlo. Y está claro que el sabio es quien acepta las cosas como vienen. Ése lo entiende como es debido. Y tú también tienes que entenderlo. No estás bien porque no sabes lo que quieres, y punto.

Hermann Alvino

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