Calypso del Callao (y eventual batucada)


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Las fronteras de los territorios humanos siempre han estado cambiando desde que existimos en este planeta, y la evidencia más clara es la rápida conquista de todos los ecosistemas en pocas decenas de miles de años, así como la competencia entre especies de Homo que se podían considerar como primas hermanas, la extinción de una de ellas –el Neandertal-, y todos los episodios conocidos desde que nuestra especie se propuso dejar testimonio escrito, gráfico y hasta plástico de nuestra Historia.

Así países, imperios, ciudades estado, feudos, comarcas, etc. han ido cambiado los límites de su territorio en función de una inmensa variedad de circunstancias, incluyendo muchos fenómenos naturales. Más bien la segunda parte del siglo XX podría considerarse como un ciclo de relativa estabilidad fronteriza, luego de las dos guerras mundiales aliñadas con los movimientos independentistas en todo el globo como producto de la nueva correlación de fuerzas de dichas postguerras.

Con pocas excepciones, como la fragmentación del subcontinente indio en tres países -India, Pakistán y Bangladesh-, y el continuo abuso israelí hacia la tierra palestina que aún perdura, la mayoría de los intentos para cambiar mediante la violencia los límites entre países había fracasado –un ejemplo de ello fue la frustrada guerra secesionista del Biafra en el Sueste de Nigeria y el intento argentino de poner bajo su dominio a las islas Malvinas-Fakland-, aunque muchos países, aun manteniendo las mismas fronteras,  cambiasen de nombre –como el Congo-Zaire, o Burma-Myanmar.

El mundo pues, durante pocas décadas vivió una relativa estabilidad limítrofe –incluyendo la de las dos Coreas, a pesar de las locuras de los dos Kim, padre e hijo, que hicieron todo lo posible para provocar otro enorme engorro en aquella región.

Las cosas comenzaron a variar con la implosión de la URSS, puesto que allí mismo comenzaron a redefinirse fronteras olvidadas entre los países que formaban esa unión, comenzando por la desaparición de Alemania del Este, y la Historia volvía a mover ficha, sea por las inercias y paradigmas geopolíticos aún vigentes en lo más profundo de cada alma nacional –como la obsesión rusa por disponer de un cinturón terrestre de protección contra eventuales invasiones europeas, que la ha llevado a repetir una parcial invasión de Ucrania, junto a la retoma de la península de Crimea- o por torpezas de presidentes ineptos -pero con enorme poder para cambiar las cosas para mal- como Bush y su invasión a Irak, cuyo vacío posterior le dio alas al ejército islámico que hasta los momentos se ha regado com mancha de aceite desde Siria hasta la frontera turca.

Las cosas se mueven pues, por la permanente dinámica geopolítica de dominación de las sociedades humanas hacia sus vecinos, porque las fronteras ya no son tan rígidas -los kurdos, por ejemplo, están más alerta que nunca para retomar su identidad como país, y a Palestina ya se le pone bandera en las puertas de los auditorios de la ONU cuando sus representantes hacen acto de presencia- y por lo que conlleva que millones de sirios y afganos, junto a centenares de miles de africanos, invadan literalmente a Europa en busca de paz y trabajo, al tiempo que enormes cantidades de latinoamericanos cruzan la frontera para intentar establecerse como sea en EEUU.

Todo ello confirma que una frontera no solamente puede cambiarse por la violencia, sino que eventualmente –aunque no siempre- también puede deslizar sus líneas cuando a su través hay movimientos humanos de alcance socialmente telúrico.

Latinoamérica de alguna forma presume de estabilidad fronteriza –aunque aparte del conflicto entre Venezuela y Guyana haya otras disputas relativamente menores, tanto por la extensión en disputa como por la capacidad de negociación de los países involucrados-. En este sentido puede decirse que el último cambio realmente significativo fue la partición de Colombia provocada por los gringos en 1903 para crear Panamá, y para que éste oportunamente a su vez le otorgase la zona del canal a EEUU a perpetuidad, aunque los panameños lo recuperasen casi un siglo después.

Si Venezuela por su parte hubiera seguido con un sistema democrático como el que existía antes de la locura chavista, seguramente aquel equilibrio de alianzas consolidado por su anclaje a Occidente, unido a su poder petrolero como instrumento disuasorio, le habría permitido contener la obvia expansión guyanesa que está en marcha, y encarar cualquier marramucia angloguyanesa simplemente resaltando a esos potenciales cómplices, cual aliados liberales no hispanos de ese mismo Occidente, la cadena de gobiernos guyaneses amigos -¿de quién más si no…?- de Fidel Castro.

Más aún: aquellas FFFAA venezolanas, bien entrenadas en tierra y mar en las bases de la alianza multinacional regional, y poseedoras de un altísimo nivel geoestratégico para gestionar correctamente cualquier conflicto sectorial, mantuvieron a raya sin ningún problema los intentos de Guyana para cambiar unilateralmente el statu quo.

De manera que tanto en lo militar como en los despachos, Venezuela tenía un control sólido de la situación; pero el chavismo llegó al poder justamente cuando se comenzó a manifestar ese cambio global en que las fronteras se volvieron potencialmente líquidas en sus puntos geopolíticos más calientes.

La traición de Chávez y sus herederos consistió en transformar a Venezuela en un estado felón y fuera de las organizaciones internacionales políticas y financieras -que, guste o no, configuran la agenda mundial-, además de haber desmantelado la capacidad técnica y la infraestructura militar venezolana y someter al país a una Cuba que le chupa la riqueza mientras los Castro le juegan a dos bandas, abriéndose a los EEUU –es un decir…- y conspirando con el gobierno guyanés para tener parte del pastel petrolero de ese sector atlántico.

Visto así entonces, y mientras no cambien los factores fundamentales de nuestra política nacional reponiendo las bases de la alianza con los actores decisivos de la geopolítica internacional -en vez de estar amorochados con los regímenes y países parias del planeta-, todo analista internacional que aborde objetivamente este desgraciado escenario no podría augurar nada positivo a nuestro país en su aspiración sobre el Esequibo, porque el chavismo destruyó medio siglo de trabajo de consolidación democrática y de refuerzo diplomático, mientras el país vecino poco a poco ha ido fortaleciendo esos dos pilares indispensables para el éxito interno y externo de cualquier sociedad contemporánea.

Por otra parte, Venezuela ha perdido terreno en materia de infraestructura militar y nivel de formación técnica y etica de su oficialidad y sus soldados, mientras Guyana se ha fortalecido incluso suponiendo que dicha mejora haya sido solo por un mero crecimiento vegetativo durante estos 16 años de chavismo. Y encima un país no tiene para comer y el otro produce lo que le hace falta y le sobra.

Mal asunto pues. Ojalá no pase nada, y que más pronto que tarde se recupere la democracia y la sensatez en Venezuela, porque de ocurrir algo hasta escuchar a los  soldados guyaneses cantando -luego de cruzar la frontera y pasar por el Callao-, Guasipati tomorrow night.…

Seguramente estos dos amos, el cubano y el guyanés obligarán a estos traidores de su país – chavistas y boliburgueses con alma de siervo- a ser bilingües antes de que  también tengan que aprender portugués por lo que se nos pueda venir por el Sur, dado el espantoso abandono de la frontera con Brasil. Pero eso será otra historia, tal vez igualmente triste.

¿Por cierto, se ha percatado el chavismo de cómo Google pinta nuestro mapa sin la zona en reclamación?  (ver en https://goo.gl/9jw6XI)

Hermann Alvino

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