Tragicomedia de dos gordos y un viejo malvado.


En el libro titulado Artistas, Locos y Criminales del periodista argentino Oswaldo Soriano -fallecido hace casi 20 años- conseguimos una corta historia sobre la pareja de cómicos Laurel y Hardy, mejor conocidos como el Gordo y el Flaco, siendo el primero el británico Stan Laurel y el otro el norteamericano Oliver Hardy.

Obviamente en cada país donde se reían con sus escenas se les conocía de manera diferente; por ejemplo para los italianos el juego de palabras de sus nombres y apellidos permitió conocerlos como Stanlio e Olio. Soriano nos cuenta los inicios del trabajo a dúo de estos personajes y la casualidad que éste se haya producido por un accidente previo a una escena de un film que iba a ser dirigido por Laurel, cuando el gordo Hardy –para entonces un payaso sin crédito alguno- volcó sobre su brazo una olla de aceite hirviendo mientras se preparaba para personificar a un repostero, porque a Laurel se le ocurrió ir a auxiliarlo y el desorden que armaron sin proponérselo fue tan hilarante que el productor del film Hal Roach percibió un gran negocio con estos dos personajes actuando juntos como cómicos. El resto es historia del cine.

Lo importante de la crónica de Soriano es el contexto de esas actuaciones del Gordo y el Flaco en aquellos EEUU de finales de los años 20 del siglo pasado -aun con cine mudo y Ley Seca- que en lo externo ya eran imperio en plena expansión, y que hacia adentro cultivaban tanto el respeto a la propiedad como a la autoridad -entre otros de los diversos valores fundamentales impuestos para poder sobresalir como colectivo sobre el resto del mundo-; unos valores necesarios –aunque no siempre suficientes- para que una sociedad triunfe y prospere.

Soriano encierra en una frase el sustrato de la comicidad de la pareja, cual fue que Cada una de sus películas tenían el simple objetivo de hacer reír con un método inédito en los Estados Unidos: la destrucción de la propiedad y la burla a la autoridad, los valores más preciados por los norteamericanos de entonces.

¿Cómo no asociar de inmediato esta frase con el proceder venezolano heredado de los conquistadores hispanos y potenciado hasta su máxima expresión por el chavismo? Porque en Venezuela, a diferencia de EEUU –y los efectos ya estaban a la vista desde hacía un siglo- siempre se ha tratado de abordar esos dos valores; pero al revés.

José Ignacio Cabrujas, en una legendaria entrevista con Marcel Granier, ilustraba nuestra natural aversión por la autoridad con el ejemplo del fiscal de tránsito que por una infracción procede a multar a un conductor; un acto del cual éste último no solo no comprende la verdadera razón por la que es sancionado, sino que además se lo toma como un asunto personal del fiscal hacia él.

Por otra parte, saltando pocos años hacia delante se puede recordar el empuje que le dio Chávez al latrocinio con aquello de que se podía y debía robar en caso de necesidad, confirmando el abordaje invertido hacia el valor de la propiedad, remachado más adelante con la cadena de expropiaciones nunca compensadas.

Por otra parte, todos sabemos la complejidad del tema relativo a la autoridad, tanto desde el punto de vista de su definición en el ámbito de la política, el empresarial y el familiar, como con respecto a su legitimidad y todo el desarrollo ético derivado de su acatamiento y la eventual –y necesaria- rebelión cuando esa ética así lo establece; lo cual viene al caso con Chávez, por el detalle aquel de su fallido golpe de Estado durante el período de CAP II, un acto que además de provocar muchos muertos evidenció no solamente su desdén por el juramento constitucional prestado al egresar de la escuela militar, sino por su desprecio absoluto al concepto de autoridad al querer defenestrar a un gobierno legítimo, electo en un proceso transparente y limpio.

Desprecio por la propiedad y por la autoridad son entonces el ADN del chavismo así como –y es triste decirlo, pero no menos cierto- de la mayoría de sus seguidores; pero como el barinés ya no está entre los vivos pues hay que enfocar la atención sobre la parejita que gobierna este país –Maduro y Cabello-, cuyos integrantes -aunque puedan reírse ellos mismos de sus payasadas, sus frases soeces y sus agresiones contra la gente decente- de cómicos no tienen nada, al menos para la mayoría de venezolanos que frente a sus propias narices han visto desaparecer un país a cambio de una pesadilla material y espiritual, adobada ésta última con el ectoplasma mediático del Comandante.

Aunque la cómica con que ellos divierten al resto del mundo es inobjetable; con ella se divierten en los países serios donde además se burlan del dúo endógeno, los menos serios que nos venden baratijas y alimentos de mala calidad a precios de robo, y los chinos, que siguen prestándole dinero a estos dos farsantes para algún día terminar de apoderarse del país.

Una tragicomedia pues, donde a diferencia de aquellas películas inolvidables de dos actores que consiguieron su destino por la visión de un productor, acá hay dos gordos buchones y un viejo malvado venido a menos que los ha puesto a valer: Fidel, cual mayor productor de desgracias a nivel continental desde hace medio siglo, pero que por otro lado, al igual que Laurel no podía tener éxito sin Oliver –y viceversa-, pues Nicolás sabe que no llegaría lejos sin Diosdado. Y viceversa también.

Porque uno de ellos sabe –y nosotros también- que está de presidente porque Fidel decidió su designación convenciendo a un Chávez moribundo y mentalmente ido, y que siempre requerirá la red militar que tejió el otro a la sombra de Chávez; a su vez Cabello no podría mantener sus privilegios si Nicolás –léase los Castro- llegara a la conclusión que reventarlo le saldría políticamente más barato que mantenerlo donde está. Y obviamente ninguno de ellos estaría arruinando al país si no fuera por el apoyo militar y de inteligencia cubanos.

Soriano hablaba de artistas, locos y criminales, y lo hacía refiriéndose a su Argentina, en una suerte de mezcla mal parida capaz de destruir un país cuando llegan al poder quienen dominan el arte de engatusar multitudes, estando además mentalmente desquiciados y sin ningún límite de crueldad hacia el prójimo.

Visto lo visto entonces, es indudable que a estos dos pueblos situados en extremos de Suramérica les ha tocado un destino muy parecido.

Hermann Alvino

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