Democracia Cristiana para Dummies (IV): una alternativa frente al Marxismo


Aquel mensaje que durante décadas se le inculcó a muchos venezolanos relativo a que la Democracia Cristiana era la alternativa al Capitalismo, tenía una segunda parte en la que se decía que también eso también valía para el Marxismo.

Por supuesto que para afirmarlo de manera tajante debía tomarse al Marxismo como un todo, entendiendo que la teoría económica de su creador Marx solo tenía una dimensión y dirección que al final de toda la evolución socioeconómica de la humanidad conducirían a la sociedad comunista.

Sabemos que no es así, puesto que perfectamente se puede apartar la interpretación de Marx sobre el destino de la lucha de clases para quedarnos con gran parte de su diagnóstico de la sociedad y de la naturaleza de los procesos económicos que en ella existen. Al fín y al cabo no hace falta ser marxistas para hablar de algo tan evidente que en esta sociedad mediática no se puede ocultar, como es la explotación de millones de personas, además de los entornos de semiesclavitud o directamente de esclavos en maquilas clandestinas, minas de coltan o de diamante, etc.

Por tanto, sin ese final que Marx consideró inevitable, ser una alternativa al Marxismo más bien podría ser equivalente a serlo de las expresiones con que éste se ha manifestado durante estos 150 años de existencia, como el Leninismo y todos lo sinónimos que se refugiaron detrás de esa mampara marxista que representan las acciones que desde el poder han sometido a millones de personas al totalitarismo, sin importar los matices de éste último ni los discursos que le sirven de envoltorio, ni si se identifican o no con el materialismo, o asumen –aunque parezca increíble- alguna componente espiritual.

El punto entonces es que si bien Marx planteó una inevitable evolución hacia la sociedad comunista –en una suerte de historia teledirigida, sustentada en una lógica muy similar a la de las  religiones que también ponen las fases de la creación y los pasos evolutivos y espirituales de sus criaturas en una escalera mecánica ascendente- no puede negarse la solidez de gran parte de los análisis económicos de El Capital, especialmente si los aplicamos al capitalismo salvaje contemporáneo.

Por otra parte. el parecido de la lógica marxista sobre esa evolución hacia el comunismo es inquietantemente similar a la de la mano invisible del capitalismo, que supuestamente todo lo regula y (re)equilibra; porque entre una eventual sociedad comunista donde cada persona deja de ser tal y ahoga su individualidad en el colectivo, y un capitalismo perfecto en el cual las personas están sujetas a esa mano invisible, la diferencia es solo semántica, porque objetivamente es nula.

En este sentido hay que recordar la frase que pronunció una gobernante que impuso el capitalismo salvaje en su país, como fue Margaret Thatcher: There is no such thing as society: there are individual men and women, and there are families; porque paradójicamente, al negar la existencia de la sociedad apuntando justamente a la negación de ese colectivo comunista –o si se desea una versión más light, el socialista-, la exprimera ministra birtánica no solo no se percató que la mano invisible de su amado capitalismo no se aplica a los individuos como tales, sino a éstos agrupados –dando así lugar a la sociedad como tal-, sino que al mencionar a la familia, de facto estaba dándole vida a esa misma sociedad cuya existencia pretendía negar con esa oración.

De manera que el asunto a su vez no consiste en negar la sociedad como tal –imponiendo el individualismo del capitalismo salvaje contemporáneo-, ni en tolerar dicha sociedad pero negando sus componentes –o sea la individualidad de cada uno disuelta dentro de un colectivo comunista-, sino en aceptar una sociedad cuyos individuos, si bien se les puede -y se les debe, para efectos del diseño de políticas de gobierno- asignar un valor económico como productores individuales y asociados de bienes y servicios, al tomarlos por separado cada uno de ellos representa una vida cual preciado bien que se genera justamente de su unicidad, la cual por ser lo que es no es medible en dichos términos económicos, porque la vida en general trasciende a todo lo material, no tanto –o no solo- por el sentido espiritual con el que los creyentes de cualquier religión legítimamente puedan asociarla, sino por esa ética universal que ordena respetarla y dignificarla aun siendo materia cósmica destinada a diluirse dentro de muchos eones.

Por otro lado hay que reconocer que el Marxismo -expresado hasta ahora en particulares manifestaciones de poder nefastas para la humanidad- ha sido el movimiento de masas no religioso más importante de toda la Historia, por tanto hay que conceder que no necesariamente fue culpa de Marx que las cosas hayan tomado el rumbo leninista; la Historia siempre aceptará alternativas teóricas que en cualquier momento podrían tomar forma concreta; así que una vez cerrada –por fracasada- la opción leninista como expresión degenerada del marxismo, siempre existirá la posibilidad de tomar muchos de los postulados económicos de Marx para usarlos como elementos en otros contextos, quebrando así esa suerte de teleología del Manifiesto Comunista.

Dicho en otras palabras: el que la Democracia Cristiana entonces haya sido candidata a contrastarse con el Marxismo no solo se debió a las diferencias en la concepción de la relación entre el capital y el trabajo, sino también por razones religiosas, entendiéndose –de acuerdo a la mentalidad aquellos tiempos- que el materialismo comunista negaba la dignidad del ser humano, una interpretación ésta reforzada por ese mencionado leninismo -que aun perdura en las organizaciones de izquierda que buscan el poder para someternos a todos-, porque si por una parte las diversas religiones después de todo solo son una conjunción de elementos dispares que se hunden en lo más profundo de nuestra Historia y psiquis, pues también podríamos desempaquetar al Marxismo dándole validez a muchos de sus análisis a la hora de evaluar las realidades económicas, para así de facto desacoplarlo de ese comunismo-leninismo.

En este sentido el campo está abierto a muchas posibilidades, aunque debe quedar claro que no puede haber un territorio común entre la Democracia (Cristiana u otra variante) y la expresión totalitaria del Marxismo, sea leninista, estalinista, maoista, castrista, etc., que esclaviza a las personas (el chavismo no se incluye acá  por ser una incomprensible  ensalada militarista, estatista y nazifascista, concebida por un ignorante y puesta en práctica por él mismo y una banda de delincuentes).

A su vez, si se combinan estas reflexiones con las del post anterior, referentes a la Democracia Cristiana como alternativa al capitalismo (salvaje, o neoliberalismo), vuelve a emeger la importancia de la laicidad como expresión política de esta alternativa: porque el único argumento que podrían utilizar marxistas y comunistas ortodoxos sería el seguir acusando al Cristianismo de esclavizar espiritualmente a la gente -por aquello de que la religión es el opio de los pueblos-, aun a sabiendas que dicha religión -en su expresión política liberal- siempre ha ofrecido un incomparable sustrato de respeto al ser humano que se expresa cabalmente en los tres principios mencionados en el referido post -Dignidad de la Persona Humana, Perfectibilidad de la Sociedad Civil, y Primacía del Bien Común.

Perfilados entonces estos principios generales para darle legitimidad política y solidez conceptual a la Democracia Cristiana para presentarla como alternativa a muchos de los problemas que agobian a la sociedad contemporánea, ahora queda la dura tarea de desarrollar propuestas concretas de gobierno;  el problema es que en cada país se tiene un contexto determinado y sus ciclos particulares de crisis y prosperidad, y por tanto las políticas serán distintas en cada caso.

Como Venezuela requiere más que nadie un marco de referencia y unas líneas maestras concretas y realistas para sacarla del pozo chavista, reflexionar en la concepción de un programa integral demócrata cristiano sería un buen inicio de siglo XXI para esta corriente de pensamiento.

Y a eso habrá que dedicar los esfuerzos, en la medida del tiempo y conocimiento disponibles.

Hermann Alvino

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