Democracia Cristiana para Dummies (III): una alternativa frente al Capitalismo contemporáneo.


Cualquier demócrata cristiano o socialcristiano venezolano sabe, siente -o al menos le han dicho en algún momento- que la Democracia Cristiana es una alternativa a la crudeza del Capitalismo como sistema económico. Tal vez lo que algunos no tengan del todo claro es que tanto una y otro derivan del Liberalismo –en términos filosóficos-, que establece que cada persona es un ciudadano con deberes y derechos en un sistema de libertades personales y económicas. El asunto a dirimir es cómo cada país democrático –y por tanto liberal- define esos términos –deber, derecho, libertad personal, libertad política- y cuál es la importancia que le asigna a cada uno en su compleja relación, para establecer en definitiva la relación entre capital y trabajo; una misión tanto filosófica como programática nada sencilla de articular.

Por otra parte, si bien el capitalismo y la democracia tienen ese sustrato liberal, ésta última no necesariamente debe tomar para sí todos los elementos del capitalismo clásico –que es justamente lo que está pasando desde Reagan y Thatcher con la imposición a las democracias de lo que se ha dado por etiquetar como neoliberalismo, con los conocidos efectos, no solo económicos sino sociales y políticos en todo el planeta: desigualdad extrema, recursos no renovables esquilmados, pérdida de la biodiversidad y cambio climático. Un neoliberalismo que tiene también profundas raíces bíblicas fundamentalistas al creer unidimensionalmente que el ser humano es el dueño de la Tierra, para usarla y abusar de ella a su arbitrio.

Como existen claros ejemplos de variantes o matices al capitalismo más crudo –por ejemplo ese cooperativismo, acosado y arrinconado justamente por el actual capitalismo global, pero que sigue siendo conceptual y empresarialmente muy válido-, entonces se puede afirmar que si una democracia adopta un sistema económico distinto del capitalismo ortodoxo  pero respetando la libertad y la propiedad, ésta es legítimamente liberal. Y esto vale también para lo político, cuando se habla de esa democracia participativa que reformula el clásico equilibrio entre deberes y derechos de la democracia representativa.

En síntesis, Democracia -representativa, participativa, capitalista o cooperativista- es sinónimo de liberal, por contener un paquete ético, político, y económico en materia de libertad, propiedad, derechos humanos y derechos de la biodiversidad que no está sujeto a relativismo alguno, y que solo puede aceptar limitados matices de acuerdo a la cultura de cada pueblo.

Recordemos por otra parte que la pérdida de identidad del socialcristianismo institucional venezolano ocurrió cuando sus militantes se percataron que la plataforma programátiva de su partido -como alternativa al entonces candidato Carlos Andrés Pérez cuando conquistó un segundo mandato presidential- era neoliberal, lo cual luego de décadas de discurso social y cristiano constituyó una ruptura espiritual que aún sigue sin cicatrizar, al punto que ha impedido reconstruir políticamente ese frente ideológico que sigue fiel a tres principios básicos que mencionaremos más adelante. Recordemos también que el éxito de Caldera II como candidato ganador a suceder a CAP II consistió justamente en insinuarle a esos socialcristianos aquella naturaleza ideológica perdida que era la base del proyecto con el que todos ellos siempre soñaron para su país, y que nunca pudo concretarse por desviaciones objetivas de su máxima dirigencia.

Estas a alturas de la reflexión igualmente habrá que prevenirse contra el clásico argumento del capitalismo que sugiere que el fracaso de éste en muchas sociedades ha sido en virtud de no haber aplicado sus principios a cabalidad y sin desviaciones. No es así, y el ejemplo más reciente lo tenemos tanto en Grecia como en Portugal, países éstos cuyos gobiernos adoptaron las recetas neoliberales europeas y lejos de salir adelante se han hundido más, porque el éxito de un sistema no solo consiste  en determinados valores que puedan alcanzar los indicadores que esos mismos neoliberales establecen, sino en la solidez de la red de protección social, y en general de la solidaridad que debe existir en cualquier sociedad que se precie de humana y civilizada.

Y no es así incluso en un país donde gobierna un partido que se autodenomina Demócrata Cristiano que ha servido de referencia –neoliberal- a todo el socialcristianismo latinoamericano. Nos referimos naturalmente a Alemania, cuya economía próspera -en términos de exportarle al mundo- oculta realidades como la de los minijobs, con salarios miserables y sin protección social que luego de cuatro décadas arrojarían una pensión de vejez de menos de 200 euros mensuales. Un país para ser competitivo ha tenido que alienar a sus ciudadanos, devalúandoles su valor como trabajadores a un límite que entre el sistema alemán y el de EEUU –muy lejos de ser democristiano- la diferencia solo está en ciertos matices, pero más nada.

Puede argumentarse que esa es la realidad contemporánea, y que un país que no adopte un esquema económico parecido se hundirá irremediablemente en la pobreza, pero recordemos que los problemas de competitividad de la sociedad contemporánea solo se hicieron realmente graves a raíz del empeño norteamericano de insertar a China dentro del comercio internacional sin ésta cumplir con esas condiciones de libertad y laborales que a la postre llevarían a un ascenso de capas sociales que reclamarían un poder adquisitivo y un ingreso similar al occidental, para así al final perder esa ventaja que de partida tenían.

No ha sido así, China sigue exportando a precios miserables y su sociedad sigue sometida a un capitalismo de Estado en manos de los jerarcas del único partido permitido. Por otra parte hay que resaltar que esa realidad en parte fue impulsada por las multinacionales occidentales para producir en China a muy bajo costo y vender al mundo desarrollado a precios equivalentes a haberlos producido en esos países, en un diabólico círculo vicioso que simultáneamente ha potenciado inmensamente la ganancia de esas empresas y por otra ha creado millones de desempleados en esos países que se niegan a que sus ciudadanos equiparen su nivel y calidad de vida al de los trabajadores de esos países de mano de obre barata y hasta semiesclava.

Habría que preguntarse entonces si han servido para algo los siglos de progreso material y los avances relativos a las libertades que se gestaron y desarrollaron en Europa y EEUU con enormes sacrificos, porque esta globalización lejos de hacer progresar a los países de mano de obra más barata lo que está haciendo es degradar a las clases populares de los otros países. Como ha hecho el chavismo, esto es, igualarnos por abajo.

El problema de raíz es que el capitalismo no toma en cuenta a la persona, sino que se ocupa solamente de la producción de la riqueza –tampoco se ocupa de su reparto, término que le causa horror a quienes se empeñan en defender la teoría del goteo, que indica que a la postre algo cuela desde esa capa de riqueza hacia la sociedad en general-. Hablar entonces de persona, solidaridad, red de protección social, subsidiariedad, educación pública gratuita, sanidad pública financiada con impuestos pero gratuita a cada ciudadano, justicia gratuita, pechar a las rentas altas y a las grandes empresas en vez de permitirles escabullirse a países aliados donde pagan muchísimos menos impuestos –caso Luxemburgo cuyo arreglador de este semiparaíso impositivo es el actual presidente de la Comisión Europea…- es intentar comunicarse con una lengua desconocida con la ortodoxia capitalista, más aun si ésta la encarnan los actuales neoliberales con un fundamentalismo religioso que interpreta convenientemente la Biblia para imponer un individualismo donde cada uno que se busque la vida como pueda. Eso no es capitalismo en términos liberales, puesto que esa filosofía se basa en el ser humano como parte de un todo y no como un elemento aislado externo a la sociedad con la cual debe interactuar a disgusto porque no le queda más remedio.

Y no es capitalismo en virtud de la vía que ha escogido para multiplicar la riqueza, esto es que en vez de reinvertirla en empresas para crear más empleo como ha hecho en el pasado, ahora invierte en instrumentos financieros desconectados con la realidad económica laboral, los cuales están diseñados exclusivamente para la especulación que potencia el capital sin mayor esfuerzo en innovación empresarial.

Lo que legitima a la Democracia Cristiana como alternativa a este capitalismo son tres principios a partir de los cuales se desarrolla todo su pensamiento y que todo venezolano demócrata cristiano conoce: Dignidad de la Persona Humana, Perfectibilidad de la Sociedad Civil, y Primacía del Bien Común.

Esta suerte de catecismo trinitario –nunca mejor dicho para un cristiano y prácticamente autoexplicativo- constituye la base para todo el resto, con la virtud  de poseer una inusitada flexibilidad práctica para articular una economía sobre estas tres líneas maestras, las cuales se corresponden con una realidad que los economistas no terminan de comprender, porque ellos viven en un mundo en el que ha habido un cambio cuantitativo y cualitativo de la sociedad global y local que ha pillado desprevenido a un capitalismo que sigue empeñado en utilizar las mismas reglas de juego tanto de aquel mundo colonial del siglo XIX como del que emergió de las dos guerras mundiales del siglo pasado.

La economía en general –de cuyas leyes nadie debe dudar- tal vez esté viviendo el cambio más significativo desde hace más de un siglo a causa de realidades para entonces impensables, comenzando por la explosión demográfica -basada en los adelantos médicos y en el aumento de la productividad agropecuaria-, pasando por la complejidad creciente en materia de organización social –potenciada por las tecnologías de información y comunicación- y las naturales expectativas de la gente que se traducen en demandas de mayor libertad en múltiples ámbitos de la vida, llegando hasta las decenas de conflictos armados internos y externos que causan un desbarajuste general que obliga a replantearse la mencionada relación entre deberes, derechos, capital y trabajo.

Es en este ámbito de búsqueda que la Democracia Cristiana reclama su candidatura a liderar ese mundo nuevo que a medida que transcurre el siglo XXI podrá ser un repositorio de calamidades o un camino de paz y solidaridad.

Queda explorar si la Democracia Cristiana efectivamente es una alternativa al Marxismo; y de eso tratará el próximo post.

Hermann Alvino

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