Democracia Cristiana para Dummies (II): la sinergia de esas dos palabras.


El alcance de la frase “Democracia Cristiana” es mucho más que el de cada una de sus palabras por separado. Veamos:

¿Se imaginan que la frase fuera Democracia Protestante, o Islámica, Luterana, Anglicana, Shintoísta, Confuciana, Animista, Hinduísta, etc.? El asunto entonces sugiere cambiar la idea de que la palabra Cristiana se refiere a Católico para hacerla sinónimo de Humano, término que pone a cada persona en el centro de la Política -y por lo tanto de la Historia y de la Cultura, ambas escritas con mayúscula- al margen de sus creencias religiosas.

Más aun, si dentro de este intento de rehabilitar a la Persona caben todos los creyentes, por esa misma razón también cabrán los ateos; Cristiana entonces debe ser sinónimo de convivencia y tolerancia, términos que a su vez implican humildad para reconocerse en el prójimo y aceptar que nadie es mejor que nadie. A su vez, esta humildad de nosotros como seres vivos con conciencia de que tenemos conciencia, nos obliga a vernos como una especie más de nuestro planeta sin importar si somos o no el fin último de la creación del dios en el que cada uno pueda creer, para convencernos de una vez por todas que somos vida que se genera e interacciona con una biosfera que merece tanto respeto como el que esas mismas creencias obligan a tenerlo con cualquier persona.

Cristiana entonces implica otorgarle importancia al ser humano, pero también al planeta que nos ha dado vida y cobijo. Y ese valor ético es el que se inserta dentro de la Democracia, para que a través de ésta se le otorgue una forma concreta.

El problema de la convivencia religiosa entonces es fundamental no solo para conjugar el término Cristiana con el de Democracia, sino para el desarrollo de la democracia misma –cualquiera sea el matiz que se le quiera dar-, porque allí no pueden caber aquellas religiones -o variantes de tales- que excluyen a quienes no las profesan de la condición de ser humano, o le limitan cualidades y derechos fundamentales, porque al fin y al cabo, respeto, tolerancia y humildad -sustratos indispensables para la convivencia pacífica- no eximen a la Democracia de la responsabilidad de defenderse de quienes profesan extremismos o integrismos religiosos, o fundamentalismos políticos que conducen a los totalitarismos.

Por tanto, hay que establecer que combinar las palabras Cristiana y Democracia obliga a que ésta última se base en la laicidad de las leyes del Estado, la cual -si tomamos en cuenta la mencionada tolerancia interreligiosa- lejos de ser una contradicción con la palabra Cristiana -a partir del alcance que le hemos dado a esta última- es la única opción posible para que la frase Democracia Cristiana cobre sentido real.

¿Algo enredado? Sin duda. ¿Polémico? ¡Claro que sí!, porque seguramente muchos levantarán las cejas al percibir que esa laicidad no le permitiría al Estado un trato preferencial con ninguna religión, y como a Venezuela se le sigue considerando fundamentalmente católica, pues este asunto no solo disgustará sino que hasta podrá considerarse poco realista, porque desde la redacción de nuestra Acta de Independencia, pasando por todas las constituciones que han estado vigentes a lo largo de nuestra historia como país libre, y exceptuando el actual esperpento chavista –la bicha-, Dios siempre ha estado presente en el texto magno -en el inmediatamente anterior al actual de 1961, el Artículo 130 hasta habilitaba al Estado para establecer convenios con la Iglesia (Católica, claro está).

También hay que considerar que la Democracia Cristiana venezolana fue fundada y consolidada por generaciones de venezolanos muy conservadores y religiosos, a quienes el país debe agradecerles su inmensa contribución al progreso material y convivencia espiritual –como personas y como colectivo organizado alrededor del único partido socialcristiano venezolano existente hasta los momentos-; pero tanto Venezuela como el mundo han cambiado: los complejos flujos migratorios, las diversas interpretaciones de los dogmas, el ascenso de clases medias con capacidad económica para promover las organizaciones religiosas y sociales de su preferencia, el papel de los medios masivos de comunicación y las redes sociales, y en general la creciente complejidad social de la sociedad global –con su dureza, pobreza, desigualdad, guerras frecuentes y sectoriales de inquietante crueldad, y un materialismo expresado en un consumismo espiritualmente esclavizante-, han sido razones para impulsar la búsqueda de explicaciones al sentido de la vida y a todas las contradicciones que hoy se viven, así como ese consuelo que muchos no pueden obtener en soledad.

La consecuencia inmediata de todo esto ha sido un renacer religioso en un mundo materialista, el cual al combinarlo con la explosión demográfica le da incluso a la más pequeña agrupación religiosa cifras impresionantes de seguidores que a la postre se transforman en un poder social que hace obvia la obligatoria imparcialidad del Estado. En este sentido todavía hay enormes problemas por resolver, como por ejemplo el uso del velo de alumnas de creencia islámica o la presencia del crucifijo católico en escuelas públicas, lo mismo puede decirse con relación a funcionarios en oficinas del Estado, o lo referente al uniforme de policías británicoa de religión Sikh.

De igual forma se tiene el problema del financiamiento con dinero público de actividades religiosas, que por más beneficiosas que éstas puedan ser para la comunidad esos recursos provienen de los impuestos de todos los ciudadanos, pertenezcan o no a esas religiones; sin dejar de mencionar a farmaceutas objetores de conciencia que se niegan a dispensar píldoras anticonceptivas, médicos que se niegan a practicar abortos de acuerdo a lo establecido por la Ley, funcionarios que se niegan a casar homosexuales con una ley vigente sobre esta materia, y a quienes presionan para que sus hijos reciban educación religiosa en centros de educación públicos en vez de una educación cívica para convertirlos en ciudadanos con una perspectiva social más amplia por ser ésta posible de ser compartida por todos.

O se complace entonces a todo el mundo o no se complace a nadie; y éste es un problema muy complejo a la hora de redactar leyes. De allí la necesidad de una laicidad que no pretende que cada creyente -y no creyente- renuncie a principios éticos -puesto que a éstos, sean los que sean, ninguna religión que los profesa les otorga grado alguno de relativismo-, sino de establecer que el desarrollo de dichos principios sea solo dentro de sus templos, porque fuera de éstos un creyente se convierte en ciudadano, esto es: en alguien que acepta unas reglas de juego sociales y políticas comunes para todos.

Comprendiendo entonces esta particular sinergia que Democracia y Cristiana generan al combinarse en la frase que nos ocupa, una conclusión consistente podría ser que esta manera de concebir el término Cristiana perfecciona a la Democracia a tal punto que con hablar solamente de Democracia sería más que suficiente.

Pero como ello puede parecer algo radical, mejor dejar la frase como está, con ambos componentes, una frase que justamente representa una eventual alternativa a lo que hay actualmente en el mundo, cuya desigualdad evidencia que no funciona.

Pero ¿realmente la Democracia Cristiana es conceptual y políticamente una alternativa válida para los tiempos actuales?

Esa pregunta se intentará responder en el próximo post.

Hermann Alvino

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