Una perogrullada olvidada


Michael Ignatieff es un académico canadiense que hace unos años se propuso ser primer ministro de su país, apartando por un tiempo su cátedra de Harvard para entrar de lleno a la campaña electoral para ser candidato del Partido Liberal de Canadá.

Claramente, eso del rey filósofo –o del filósofo rey- que deseaba Platón no es posible en un mundo donde la imagen y la forma prevalecen sobre el resto. Difícil entonces es que se vote por gente decente y preparada en estos tiempos de inmediatismo donde los medios insertan contenidos entre la publicidad y no al revés; y donde los mismos sistemas educativos han programado la mente de al menos tres generaciones en el razonamiento con píldoras, apartando los contenidos largos y densos, y cambiando la reflexión pausada y serena por el impulso mental insertado en entornos cuyo ruido, a pesar incluso de expresarse en melodías que nos penetran a través de sofisticados audífonos, para efectos de dicha reflexión, sigue siendo ruido.

Ignatieff perdió la elección, al igual que Vargas Llosa algunos años antes en su Perú natal; puede que haya sido por una estrategia electoral errada, o porque dada la situación socioeconómica de su país, sus ciudadanos no estaban para darle gobierno a los liberales canadienses. Tampoco hay que olvidar que ese candidato tenía más de tres décadas fuera de su país –aunque cerca, en Boston- y que nunca había realizado actividad política alguna en Canadá, al punto que a su rival del Partido Conservcador le bastó con una consigna electoral muy certera y letal: Michael Ignatieffjust visiting.

Afortunadamente Ignatieff -como buen profesor- escribió un libro describiendo su vivencia como candidato, haciendo un balance de los puntos débiles de su discurso y sus errores de manual básico de campañas electorales, por ejemplo esas sus opiniones expresadas de manera poco convencional y sujetas a una literal carnicería por parte de los spin doctors del equipo rival.

El libro en cuestión se titula Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política, y lo que allí realmente debería interesarnos a los venezolanos opositores –al margen de la adecuada gestión de todos los aspectos vitales para abordar una campaña electoral con alguna posibilidad de éxito- es lo referente al imaginario colectivo llamado a interaccionar con el mensaje básico de todo candidato, esto es, que un político -o candidato- debe imponer su propia narrativa: su historia personal, sus motivaciones personales para ser candidato y su visión de país, y manipularlos –en el sentido técnico del término- para que se le perciba como alguien dispuesto a servir a la colectividad, o a rescatarla de sus actuales opresores, o simplemente a romper lo establecido, para abrir nuevos horizontes –que vaya uno a saber cuales serían…- para toda la sociedad.

Logrando ese objetivo, el cuánto hay pa’ eso del electorado viene por añadidura…

En otras palabras: que se imponga el impulso sobre los valores y el razonamiento; y allí justamente estuvo el éxito del Chávez como candidato: su conquista del imaginario popular, cuyo empuje fue lo suficientemente fuerte como para seguir viviendo políticamente de éste incluso después de muerto. En su caso no se trataba de servir a su pueblo –nunca dijo tal cosa-. sino de quebrarlo todo, canalizando así electoralmente un odio que millones de venezolanos fueron acumulando durante décadas.

Parece increíble que ello haya sido posible, dadas las banalidades y barbaridades que contenía su mensaje, tanto en forma como en fondo. Pero si vamos al caso, en entornos democráticos también asombra cómo logró imponerse Berlusconi, los mediocres políticos españoles de derecha e izquierda, los políticos argentinos –de parte y parte también-, Evo Morales, el payasote ecuatoriano que allí es presidente, George Bush hijo y padre, sin dejar de mencionar el otro de la familia  -o sea Jeff- como gobernador de la Florida, los fundamentalistas del Tea Party norteamericano, etc.

La diferencia obviamente es que aunque los votantes de esa gente hayan decidido voluntariamente convertirse en descerebrados, ellos siempre podrán votar y echar del poder a tanto ignorante y mediocre. Pero con el chavismo la cosa no es tan sencilla, por aquello que desde hace años muchos aun se resisten a creer que existe: el ventajismo y la trampa electoral.

Pero independientemente de esto último, y de la evidente incapacidad de Maduro para pensar y estructurar un discurso capaz de emocionar a ese chavismo ahora huérfano, el problema es que tampoco se le ve el contenido -mucho menos la forma- al liderazgo opositor…justamente el punto débil que Ignatieff supo identificar como candidato, aunque sea con retraso.

Estas elecciones pues son rueda libre, donde el imaginario ni es colectivo ni es homogéneo, sino que es anárquico y fragmentado. Como el de todos los candidatos chavistas, y el de casi todos los opositores, excepción hecha de uno que otro que se ha tomado el trabajo de presentar algunas propuestas en materia económica y legislativa más o menos sensatas.

El problema es que la incapacidad de los actuales protagonistas políticos venezolanos en imponer su propia narrativa no solo es la causa para que tengamos una campaña electoral parlamentaria vacía, sino que dicha limitación es el germen permanente para salidas políticas diferentes.

Allí es donde realmente reside el peligro. Una perogrullada que se olvida con frecuecia.

Hermann Alvino

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s