Trampa


Junto a aquella profesión que se dice es la más antigua del mundo, la trampa le ha acompañado desde su mismo inicio como artificio de supervivencia o predominio, a veces presentado como una virtud -Homero incluso basa gran parte de su Iliada y Odisea en las vivezas de su héroe Ulises-, y otras veces como un talento del oficio –como el de los magos –o ilusionistas-, presentando los hechos de la forma que convengan al pícaro, o distrayendo la atención del incauto para que aquel lleve a cabo sus propósitos.

Electoralmente se trata de que si quien tiene la sartén por el mango –esto es, fijar las reglas del juego- es un tracalero, pues éste justificará legalmente –o mejor dicho, blindará- esa clase de actuaciones para ganar a como de lugar mientras hace gran alharaca para marar la audiencia. Por ejemplo, desde el mismo padrón o registro electoral, en los partidos venezolanos de antaño se trataba de hacer desaparecer los datos de militancia de quienes podían votar de manera diferente a la que convenía al grupo que controlaba al árbitro nacional, regional o local; por su parte el chavismo se ha encargado de manipular el registro de votantes, enredando los datos de quienes viven en zonas claramente opositoras, cedulando centenares de miles de extranjeros, (re)cedulando con datos falsos -pero incorporándolos al registro del CNE- a otros tantos para que voten más de una vez, tanto con su identidad verdadera como con la falsa(s); adicionalmente se ha cambiado el centro de votación de los votantes presuntamente incómodos sin que éstos se hayan enterado a tiempo, o a un lugar imposible para llegar a tiempo, o cerrando consulados como el de Miami para que los paisanos deban irse muy lejos a ejercer su derecho, minimizando así la paliza electoral que de otra forma le darían al régimen.

Antiguamente, si todo eso fallaba, los partidos que se respetaban en materia de trampa hacían leyenda para impedir el voto en uno que otro proceso interno -más que todo local o estatal- con secuestros de militantes incómodos; unos secuestros no siempre forzados sino derivados de oportunas fiestas y acompañantes que hacían trasnochar a los incautos para que se perdieran la votación del día siguiente, o si llegaban a despertarse a tiempo se consiguiesen que ésta ya se había efectuado, o que mientras ellos estaban en otra cosa, alguien decidió cambiar dirección de la sede de votación -por razones técnicas-, y se conseguían un local vacío, o cerrado. Cosas de la democracia. Pero eso era solo con relación a los votantes, porque dificilmente partido alguno se habría atrevido a impedir la candidatura a un cargo interno a alguno de sus miembros, incluso siendo públicas sus probables –o probadas- fragilidades espirituales y fortalezas bancarias de oscura procedencia. En este sentido, las inhabilitaciones políticas para candidatearse que el chavismo ha impuesto a líderes opositores han sido una innovación en nuestra historia contemporánea que se añade a los abusos mencionados.

Pasando al acto mismo de votación y de escrutinio, aun no se sabe bien si las trampas en las elecciones de Chávez y la de Maduro incluyeron cambios de resultados en tiempo real o si previamente había un paquete de resultados que sustituiría en su momento a los verdaderos. A lo mejor fueron ambas cosas, además del ventajismo por intimidación del malandraje motorizado y armado; de cualquier manera, el comportamiento del régimen durante estos meses –Maduro, Cabello, CNE, Contraloría, TSJ, etc.- debería convencer en retrospectiva hasta los más tercos que aun insisten en que no hubo trampa.

Esos paquetes de resultados ya cocinados y listos para aplastar a la oposición solo son posibles por el avance de la informática contemporánea, porque antaño uno no se podía presentar ante el árbitro electoral con un acta de resultados electorales salida de la nada, incluso con el árbitro parcializado a favor. Ello obligaba al menos a realizar una elección –o convención, le llamaban- paralela, y del resultado de la pelotera que se armaría en la respectiva comisión electoral iba a depender si se aceptaba el acta(s) de un bando o del otro. Acta mata votos, se decía.

Por supuesto, nada de esto es necesario cuando el dedo de quien manda impone candidatos y cuenta con su aritmética particular, como el actual PSUV.

Y asi, sumando todas esas cosas de nuestra democracia, ésta dejó de serlo.

Hermann Alvino

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