Tanto estudiar para nada.


Durante la década de los años 70 del siglo pasado, la escuela de Ingeniería Metalúrgica y Ciencia de los Materiales también sirvió de repositorio de estudiantes dedicados a un activismo de extrema izquierda que a la postre los llevaría a insertarse en la misma corriente de la Causa R guayanesa, y con el paso de los años pasar a las filas chavistas para así vivir y liderar lo que el Comandante definió al (re)nacionalizar nuestra industria siderúrgica como su recuperación por parte del gobierno revolucionario.

Aquellos estudiantes y profesionales, cuya misión es extraer y refinar metales, vivieron extasiados la escena de izado de la bandera nacional sobre el Cerro Bolívar, cuando al poco tiempo del primer período de Carlos Andrés Pérez –en 1975- se estatizó la industria extractiva del mineral de Hierro…los hijos de Bolívar rescatan su Hierro, decían por el canal del estado mientras se consumaba el acto.

De allí en adelante, entre nacionalizaciones, actuaciones clientelares de la entonces predominante estructura sindical adecopeyana –más adeca que copeyana, ciertamente-, junto al crecimiento geométrico de la Causa R guayanesa –un partido inicialmente antisistema- y la dispendiosa y casi eterna gestión del zar de la CVG Sucre Figarella –un macro gerente con gran talento pero que gastaba a manos llenas dinero que era de todos los venezolanos- la industrias estratégicas guayanesas no se orietaban precisamente a optimizar su productividad.

Con todo, el crecimiento y la riqueza de esas empresas pesadas y estratégicas conllevaron un obvio progreso para toda Guayana y Venezuela, pero ello se basó en fundamentos frágiles, como la componente política y partidista inmersa en esas empresas de enorme alcance socioeconómico, a la cual los mencionados profesionales progresistas de aquella década de espectacular expansión de nuestra escuela de metalurgia se sumaron con entusiasmo.

Hasta allí pues más o menos bien, con el matiz de la optimización fallida de la productividad, que siempre podía abordarse poniendo en su lugar a esas fuerzas vivas que todo lo invadían…pero llegó Chávez justo cuando el país y sus políticos comenzaban a entender que el mejor camino de ese conglomerado industrial era equilibrar una parte importante de su gestión a través del sector privado. Así se privatizó SIDOR, y con ello esa empresa alcanzó la máxima producción anual de toda su historia –alrededor de 4.5 millones de toneladas de acero-. Hacía treinta años que esa meta era perseguida por el plan 4 diseñado durante aquel gobierno de CAP I.

Chávez no solo revirtió el proceso, sino que hasta cambió el nombre de nuestro SIDOR añadiéndole el de Alfredo Maneiro, fundador de la Causa R, y no precisamente experto en procedimientos metalúrgicos.

La gestión del Estado hasta la privatización de SIDOR constituyó un inmenso marco de desarrollo profesional para toda esa gente; trabajar allí, al igual que hacerlo en todas las demás empersas de la CVG era un modo de vida, duro pero agradable, lleno de retos profesionales y con la certeza de que se estaba contribuyendo al progreso del país. Y así era.

Pero cuidado, la gestión privada también significó lo mismo para nuestros profesionales guayaneses, y durante la misma jamás se maltrató a nadie ni se le negó oportunidad alguna a quien deseaba trabajar y dar lo mejor de sí, lo cual nos insinúa una suerte de ingratitud de todo ese talento acumulado –especialmente por parte de esos progresistas que ya pintaban canas- al sumarse con entusiasmo a ese rescate revolucionario chavista que a la postre terminó arruinando a toda la CVG y a toda la región.

El tratamiento siguiente que el chavismo aplicó a la atribulada región y a sus empresas fue la militarización de la gestión, combinando así varios factores nefastos que asegurarían la descomposición total de todo el conglomerado: poder absoluto en manos de militares ineptos y corruptos combinado con un sindicalismo chavista cuyos abusos y mafias clientelares han hecho parecer el poder sindical de la cuarta república como un convento de monjas.

Por supuesto, SIDOR –nos resistimos a llamarla como Alfredo Maneiro- ahora produce menos de la cuarta parte de lo que salía de sus instalaciones antes de rescatarla. Y como no hay producción suficiente, o sea cabillas –entre otras cosas- pues las mafias lo tienen servido.

Ciertamente, la acción criminal de Chávez y la de sus militarejos es ya evidente para todos. No así la pasividad de esos miles de profesionales que se plegaron plácidamente al proceso; muchos de ellos aun creen en ese sórdido proceso, como creen en la revolución cubana.

Tanto estudiar para nada, porque desgraciadamente, por más calidad que pueda tener una universidad, cuando uno quiere ser históricamente ignorante el asunto no tiene remedio.

Ello nos lleva a preguntarnos para qué sirven nuestras universidades, y para qué sirven nuestros militares. Pero eso será otra historia.

Hermann Alvino (Ingeniero metalúrgico)

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