Nietos y bisnietos para una guerra civil.


Hace casi sesenta años, en 1958, el Vicepresidente de EEUU Richard Nixon casi pierde la vida a manos de las turbas comunistas que pudieron romper todas las medidas de seguridad para caerle encima al vehículo que lo transladaba durante su visita Caracas, para comenzar una nueva era de relaciones entre su país y la democracia que desde hacía pocas semanas iniciaba la era post Perez Jiménez -la cual duraría cuarenta años para darle paso al régimen chavista.

Esos manifestantes veinteañeros dispuestos a linchar al visitante, eran la semilla renovada del comunismo criollo que comenzó a anidarse en el país durante la dictadura de Gómez -obviamente sincronizando ese inicio del ñangaraje criollo con el triunfo de la revolución bolchevique-. Probablemente los integrantes de aquella turba eran simple carne de cañón, autodefinidos como revolucionarios luego de un buen lavado de cerebro por parte de quienes sí sabían –y saben- aglutinar masas con consignas e ideas muy simples y directas, para que sus destinatarios actúen sin tener noción de nada.

Durante los primeros años de la democracia el engaño de aquella juventud ya de antemano descolocada, se acentuó con la ilusión castrista para que parte de ella se fuera a la absurda –y algo ridícula- aventura guerrillera, mientras que el resto se dedicaba a aprovechar el margen de acción que aquella democracia permitía para copar varias instituciones, como las universidades y muchos ámbitos “culturales”, lo que les facilitó medrar sin mayor esfuerzo intelectual ni laboral hasta los albores del chavismo mismo. Muchos de ellos, ya viejitos, aún lo hacen, y se complacieron mucho al ver como una turba de nietos y bisnietos de aquella generación perdida se dedicaba a asaltar el autobús que transladaba a los senadores brasileños cuya visita pretendía conocer de primera mano la crueldad carcelaria del régimen, y así comprobar como éste se ha ensañado con los opositores incómodos.

Esos viejitos tal vez sientan cierta envidia al percibir que sus sucesores serían capaces de activar esa caimanera general que ellos no pudieron concretar. Por supuesto que esos nietos y bisnietos, al igual que sus antecesores, tampoco tienen idea de nada -mucho menos con la atroz crisis educativa generada por el chavismo, que ha producito millones de analfabetas funcionales- y al igual que aquellos, aunque a una escala algo diferente, se sustentan en el seguir medrando a costa de los reales petroleros que el régimen le dedica a mantener ese podrido, maldito e inútil activismo: como el de los colectivos, para entendernos; unos grupos creados por el chavismo para el apoyo paramilitar callejero, que ya animalizados por la avidez de prebendas de poca monta -en contraste con las de los jerarcas que los comandan- son idénticos a las turbas divinas cubanas, también nietas y bisnietas de aquellos que engañaron a medio mundo con la revolución cubana; la diferencia es que allá –lamentablemente por una parte, y afortunadamente por otra- hay un régimen estable capaz de controlar y regular esa violencia para dirigirla y dosificarla contra los opositores, mientras que acá, la misma ineptitud general del régimen -incluso para gerenciar la represión- ha ido creando monstruos locales que no solo se han unido a la criminalidad allí preexistente sino que la han fagocitado para potenciarla con sus recursos logísticos, su armamento y sus relaciones con las cloacas de la seguridad del régimen.

Ahora el chavismo sí tiene un problema muy serio, porque por una parte esos colectivos ya no son turbas de represión política sino que constituyen una criminalidad organizada cuya pobreza conceptual de raíz es idéntica a la del régimen: solo válida para esconder su verdadera agenda y sin la solidez para para defender ninguna idea política; porque desde hace diez años el motivo fundamental de su actuación ha sido la defensa de su territorio y el control de todo el comercio y actividad criminal que allí se efectua.

Pero por otra parte, el chavismo al perder el control de ese proceso de desarticulación urbana y consolidación de grupos paramilitares decididos a lo suyo, está alimentando al germen de la guera civil armada, no ya solo entre opositores y chavistas –algo que el régimen siempre tuvo como objetivo-, sino entre el mismo régimen y esos colectivos en un vano intento para recuperar espacios geográficos y sociales, cuando no entre colectivos mismos, para ampliar su ámbito de influencia reduciendo a una que otra banda rival. El poder de fuego real y anarquizado será el combustible para ello.

Para comprender la gravedad de este asunto solo basta recordar algunas cifras en materia de asesinatos: en Japón la cifra es de 0,3 (¡!) por cada 100.000 personas, mientras que en EEUU es del orden de 5.2 -ver https://goo.gl/CdMcN0-  Se puede recurrir a las realidades de otros países, pero estas dos son paradigmáticas, puesto que en Japón es prácticamente imposible adquirir legalmente un arma de fuego, y es igualmente imposible adquirirla en el mercado negro –no solamente porque no hay armas en circulación, sino por el riesgo a una pena muy severa-,  mientras que en EEUU comprar un arma de fuego y de guerra es un proceso relativamente sencillo y expedito. Ello indica que a pesar de que en EEUU existe un mercado ilegal de armas que el gobierno federal ni siquiera intenta controlar seriamente, cuando hay un marco legal que aborde esta realidad –tanto allí como en Japón-, de alguna forma esta clase de violencia está más controlada.

El detalle es que en Venezuela no solamente no hay un marco legal real y cumplible, sino que el mismo mercado negro es promovido y alimentado por integrantes de los cuerpos de seguridad del Estado y las mismas FFAA, desde los rangos más bajos hasta la más alta jerarquía, en una espiral de corrupción que unida al desgobierno ha creado una realidad muy difícil de erradicar. Las cifras oficiales de la página web indicada son mucho menores que la realidad, puesto que los observatorios locales sobre la violencia venezolana la unican en…¡82! -http://goo.gl/QJ8SGy- sabiendo todos que la manipulación por parte del régimen venezolano no es comparable con la eventual manipulación de cifras de los gobiernos de países serios. Aun así, la cifra oficial es más que suficiente para sustentar el escenario acá presentado.

No se trata entonces de una criminalidad que por más extendida que sea y por más desgobierno que la haya descuidado responde a las causas clásicas de dicho fenómeno -pobreza, desestructuración social, desempleo y desesperanza-, sino de unos grupos paramilitares que se han ido organizando localmente por la ausencia del Estado, que han podido armarse por la corrupción y la carencias legales del mismo Estado, y a la cual ese irresponsable y superficial brochazo de barniz ideológico que les otorgó Chávez, ahora lo utilizan para legitimar su acción de barrio y esconder sus verdaderos objetivos. Un barniz ideológico que sin duda alguna será la fuente de consignas para aupar a sus gentes para lanzarse a una guerra urbana de ser necesario, y más si se entromete uno que otro loco chavista -al estilo Bernal o Rodríguez- para echarle gasolina al fuego. Eso ocurrió en distintas circunstancias y repartos del poder en países disímiles como Argentina y El Salvador, y las secuelas, luego de décadas de relativa paz urbana aún se sufren. No digamos nada sobre la realidad colombiana.

De manera que ese paraíso social que fue Venezuela ya no existe, y es bueno que quienes aspiren a gobernar al país lo asuman. La tapa del frasco del fracaso socioeconómico chavista es la violencia que quien venga luego tendrá que heredar.

Más vale entonces despojarse de mantos de inocencia y de ese filtro benévolo con el cual hemos siempre internalizado la sociedad venezolana, y complementar las propuestas economicas que andan por allí con un plan de guerra para abordar este problema.

La experiencia indica que no se resolverá solo, ni por las buenas. Avisados estamos pues.

Hermann Alvino

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