Francisco, Delibes, y la jauría de hipócritas conservadores.


Los políticos conservadores -o de derecha, si deseamos etiquetarlos de esta forma- tienen una peculiar forma de comprender las relaciones con la religión, especialmente con la Iglesia Católica, puesto que ellos ven con sumo agrado que las sotanas promuevan movilizaciones y salgan a manifestarse con gran energía y compromiso contra los gobiernos de izquierda –o populistas, como esa misma derecha los define- cuando éstos inexorablemente abordan el tema de un mayor margen de libertad de escogencia en materia de aborto y eutanasia, asuntos muy sensibles -junto a otros tantos- a toda la población, independientemente de su concepción ética, ideológica, religiosa, o laica.

Igualmente esos líderes conservadores aplauden que curas y obispos utilizen todo su potencial mediático –radios, tv, prensa, y por supuesto el activismo en los templos, colegios, asociaciones culturales y deportivas- para oponerse a esa apertura; pero bastó y sobró que el Papa Francisco despachase una Encíclica sobre los desmanes y efectos ecológicos de ese mismo capitalismo tan querido a esos políticos, para que por una parte éstos erigieran un muro de silencio al punto que los medios afines ni siquiera se han ocupado del asunto, y por otra el precandidato presidencial norteamericano Jeff Bush, quien en su mandato como gobernador de Florida confirmó ser un condensado muy potente del extremismo religioso de su hermano George W. y su padre George H. W., afirma que la religión debe ocuparse de hacernos mejores personas, pero no meterse en política –http://goo.gl/B6PCl0

Definitivamente Francisco abre brecha, y su andar ayuda a destapar hipocresías, aunque no se puede negarle valentía a este aspirante a Bush III por decir cosas que representan el sentir de miles de cobardones políticos de todo el mundo, quienes jamás se atreverían a contradecir al Papa –en público, claro está.

Bush y el resto de estos farsantes alaban a la Iglesia cuando ésta socorre a damnificados por ciclones o inundaciones causadas por el cambio climático, pero cuando ésta apunta a los causantes de tanta catástrofe, entonces la cosa cambia. Por ello esa valentía de Bush es incoherente, como la de todos aquellos que tienen un descarado doble rasero para medir las cosas de la vida; el detalle es que la Iglesia pre Francisco también lo ha tenido, y si a unos se les puede achacar que alaben o censuren a la Iglesia de acuerdo con sus conveniencias electorales, a los otros también se les puede condenar no solamente por el hecho de hablar de castidad desde el púlpito, mientras arzobispos y cardenales protegían a curas pedófilos –asunto sórdido que opacó en extremo los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI-,  sino que mientras predicaban humildad y pobreza, la Curia se esmeraba en aplicar todas las trácalas imaginables para aumentar la riqueza del banco del Vaticano, al tiempo que en media Europa se apoderaba de propiedades públicas aprovechando resquicios legales y gobernantes cómplices. Aún lo hacen.

Muchos olvidan que la religión católica está muy bien jerarquizada, y que dispone de un Estado –el Vaticano- con el cual todos los países tienen relaciones diplomáticas –por decir lo menos-, lo cual plantea un problema bastante serio, puesto que las opiniones de la Iglesia son por mandato de su Estado, y por más genéricos que éstos puedan ser, de facto constituyen una interferencia en asuntos de los países a quienes tocan dichas opiniones.

Por ejemplo, si el Papa, la Curia, o el Secretario de Estado del Vaticano -que viene a ser lo mismo- opinan sobre los derechos humanos, entonces se están metiendo con el régimen chavista al tiempo que con el gobierno de EEUU que promovió las torturas en Iraq o la prisión de Guantánamo; si el Papa es capaz de abrirle las puertas de la Iglesia a los divorciados y a los homosexuales, entonces se estará metiendo directamente con todos aquellos países que condenan legal y culturalmente ambas realidades; y si condena la irresponsabilidad empresarial hacia el ambiente, pues estará cargando contra toda la inmoralidad e hipocresía de quienes han destruido nuestro planeta y su biodiversidad.

Es por esa inevitable interferencia que a la Iglesia hay que tratarla -sin temor ni complejo alguno- no como una organización religiosa sino como una organización política, en virtud además de los tratados que casi todos los  países tienen con el Vaticano.

Como desde siempre religión y política han ido juntas, dependerá de gobernantes esclarecidos saberle poner los límites: en un Estado realmente laico todas las religiones deben ser un asunto personal -y quienes deseen practicarlas, pues que se lo financien-, igualmente, si una organización como la Iglesia Católica -o cualquier otra representante de alguna religión- opina sobre asuntos públicos –aborto, eutanasia, velo o crucifijo en la escuela- utilizando un poder mediático adquirido con las mismas reglas capitalistas del resto de las empresas, pues ese mensaje hay que tratarlo y valorarlo como lo que es, esto es como un mensaje político que representa determinados intereses, como cuando opinan los sindicatos, las asociaciones de empresarios, los bancos, o cualquier otro grupo social. Porque cuando de moral se trata, sea espiritual, laboral o ecológica todos tienen voz.

Corresponderá pues a los gobernantes sensatos y valientes articular todo ese flujo de contenidos en políticas para el Bien Común, sin chantajes morales, impidiendo así que organizaciones religiosas impongan objeciones de conciencia a legisladores, médicos o farmacéuticos, aunque hasta ahora pocas veces lo hayan hecho para con los economistas de la austeridad que aún ahoga al mundo industrializado europeo.

Algunos resuelven el asunto indicando que si los curas y monjas opinan sobre política pues que renuncien a los hábitos; pero ello es incorrecto, porque toda organización religiosa que se ocupe realmente de nuestro plano espiritual tiene no solo el derecho, sino el deber de opinar sobre lo que le parezca oportuno. El problema entonces no es ése, sino el tratamiento que debe dársele a esa opinión: un tratamiento no privilegiado –por parte de la derecha-, ni basado en prejuicios –por parte de la izquierda-, sino como un elemento más a considerar para articular el Bien Común.

Porque esos políticos tan beatos deben recordar que cuando hipócritamente aceptan opiniones y críticas religiosas cuando les conviene, y las desprecian cuando le pisan los callos a las empresas que les financian sus campañas electorales, estarán empedrando su propio camino al infierno. Hipocresías aparte, el Occidente liberal se ha diferenciado de las teocracias musulmanas justamente por su capacidad para separar, aunque sea de forma imperfecta, lo secular de lo religioso, lo cual ha sido el elemento que ha permitido el progreso desde la Contrareforma.

De paso, un excelente resumen de la la Encíclica LAUDATO SI’ se puede leer en http://goo.gl/NGRMNa. El texto completo está en http://goo.gl/7F4Wse

Curiosamente, hubo un escritor e intelectual español que hace cuarenta años se le adelantó a Francisco; se trata de Miguel Delibes, quien en su discurso de incorporación a la Real Academia Española abordó magistralmente la degradación planetaria por el abuso humano. El contenido se puede leeer en http://goo.gl/YoJvsB, donde igualmente se transcribe la respuesta por parte del académico y filósofo Julián Marías, un documento que debería ser parte de los contenidos de cualquier curso básico de formación política, además de los cursos de educación cívica –si es que eso todavía existe…

O al menos habría que darlo a leer a nuestros hijos, cual generación que hereda un planeta hecho pedazos, para que si no son capaces de recomponerlo al menos no lo terminen de destruir.

Hermann Alvino

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