El legado del chavismo (Postscriptum): Cambalache


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Nadie desea irse de su terruño, ni siquiera quienes tienen grandes riquezas, porque saben que en otro país no son nadie, aunque luego comprueben que en cualquier lugar donde las cosas funcionen medianamente bien, para vivir decentemente ni hace falta ser alguien ni tampoco hay que ser millonario; por su parte hasta los más pobres, están muy claros que en su tierra siempre habrá alguien para echarles un cabo.

Quienes tienen grandes riquezas también saben que las inversiones con las cuales adquirieron esa residencia legal foránea son justamente la medida de la dignidad humana que allá existe, mientras que hasta los más pobres saben que aun pasando  necesidad, en su propio país tienen derechos que jamás tendrían en otro lugar. Aunque no los ejerzan…

Nadie desea irse de su pueblo, porque todos conocen las historias del vacío que invadió a quienes sí se atrevieron, apenas despegó ese maldito aeroplano que los llevó lejos de su sol; un avión que con toda la tristeza que siempre transporta, representa una fortuna para cada venezolano migrante, porque a diferencia de los africanos él no tendrá que cruzar el Mediterráneo en una gabarra que en cualquier instante se hundirá -si es que los otros viajeros no lo tiran a uno al mar-, como tampoco dependerá de los coyotes para cruzar el Río Grande del Norte. Además, el tiempo de vuelo le permitirá pensar, mientras que quienes se hacinan en esas pateras solo desean sobrevivir al viaje.

Suerte pues, o consuelo de tontos, al comprobar que hay grupos que huyen de la muerte o la pobreza y son cruelmente castigados por las circustancias, tanto en el viaje como en el mismo lugar de destino; recordemos los campamentos de refugiados de los sirios, los kurdos, los africanos negros que llegan a países árabes que son frontera mediterránea donde sufrirán todos los abusos antes de arriesgar el cuero en la mar, y los centroamericanos que se montan de polizontes en los trenes del Sur de México que sufren violaciones, asesinatos, y amputaciones por accidentes del mismo ferrocarril durante su camino al Norte.

Todo sea por el sueño de una vida mejor pues, para uno y para la familia.

Por supuesto que hay de todo, como quienes con buen dinerito en algún banco mayamero o andorrano se van sin mirar atrás, se llevan la familia y de ser posible hasta las cachifas, se desentienden de todo, desahogan su indiferencia jugando al golf, y siempre que pueden despotrican de su país de origen, al tiempo que su mitomanía les hace creer que son superiores por el hecho de estar del lado de allá de la raya. Y claro está, también habrá varios de los 2.5 millones de empleados de los 32 ministerios chavistas que junto a los contratistas de turno supieron resolverse para disfrutar los beneficios de la revolución en un entorno más sereno…

Aunque ellos no son la mayoría, porque en general la diáspora venezolana se compone por empresarios que tienen un pie adentro y otro afuera al haber mudado sus bases de operaciones, mientras mantienen una porción importante de actividades dentro de Venezuela; materialmente van y vienen, y espiritualmente nunca se han ido. Exilados aparte, obligados a irse para salvar el pellejo, también está la clase media profesional, aun sin tener los papeles de residencia o nacionalidad de su país de destino -en todo caso obtenibles hasta por los más disímiles vínculos familiares-; una diáspora que debe trabajar muy duro para llegar a finales de mes, que siente en carne viva los azares del capitalismo real, que en muchos casos ha debido cambiar por completo de oficio, que sufre, por la lejanía de la familia y los amigos de siempre, una melancolía incluso salpicada por una suerte de ratón moral por haberse ido, el cual de alguna manera compensa al diariamente al comprobar que sus hijos tendrán un futuro más prometedor que el que habrían tenido en su país.

Ellos viajan cuando pueden para visitar a su gente, siempre están pendientes de las propiedades que aun tienen en Venezuela -generalmente alguna vivienda y una empresa mediana o alguna actividad comercial discreta-, y estas circunstancias los obligan a llevar una doble vida espiritual, por lo que para ellos la serenidad es un bien muy escaso.

También están los jóvenes profesionales que se van a buscar suerte a otra parte, mientras sus padres se quedan en el país, angustiados por qué les deparará la vida aunque contentos porque las probabilidades de que sus hijos puedan salir adelante, o al menos salir vivos, son prometedoras; y por supuesto están los peladores, audaces de quienes no se sabe muy bien como lograron partir ni entrar a esos países tan exigentes con las visas, para quedarse ejerciendo una diversidad de oficios, subir un escalón en la escalera de la prosperidad y desconectarse de su país, sea porque donde ahora viven encuentran un mundo de luces de neon que les hipnotiza, o porque la brega diaria llega a ser tan dura y embrutecedora que no les regala tiempo para sentimentalismos.

Son historias que se repiten desde siempre, y que han sido el motor de civilizaciones y costumbres, como el caso de la migración drusa, que desde el Líbano llevó consigo la yerba mate a la Argentina, para que allí, al igual que en Uruguay y el Sur de Brasil, la hayan asumido como suya desde siempre. Quien sabe si dentro de algunas décadas el pabellón, la empanada de cazón, la pisca andina, los patacones, o la simple arepa, manjares cuyo origen ya estará perdido en la memoria de quienes pueblan algún país exótico, puedan ser asumidas por ellos como propias de toda la vida.

Los venezolanos son muy novatos en esta materia de migrar; muchos aun miran por encima del hombro a los nativos de los países que los acogen, pero la vida les irá enseñando como son realmente las cosas: como aprender a plenitud a ser más formales y distantes, y a equilibrar el contacto entre paisanos y las gentes de donde ahora viven, para integrarse a plenitud lo más rápidamente posible al nuevo medio social. También tendrán que aprender a vencer el temor natural de perder las raíces y a gestionar la impotencia y el dolor que sienten al contemplar el inexorable hundimiento de Venezuela, así como a superar el sentido de culpa por querer seguir adelante sin mirar para atrás, además de lo que les decían quienes se han quedado: ¿Es que nos vamos a ir todos para dejarles al país entero a ellos?

De seguro que los hijos de la diáspora se criarán en esos países con un chip muy distinto al de sus padres, porque harán suyos esos lugares, y tendrán mucho éxito, lo cual dificultará muchísimo una eventual vuelta a Venezuela, porque cuando se tiene ya la red social consolidada –amores, amigos colegas, trabajo, ocio, etc.-, se habla el idioma con sus jergas y acentos, pues se requerirían circunstancias muy especiales para que ello sea posible, por una parte porque a esos chicos el seis por derecho, el golpe tocuyano, o el golpe estribillo le dirán poco o nada, ya que en su mayoría serán roqueros, y solo algunos escogidos podrán asociar a la Venezuela desmigajada con alguna de las letras que tararean sin pensar, como la de Little Talks del grupo Of Monsters and MenYou’re gone, gone, gone away / I watched you disappear / All that’s left is the ghost of you…y por otra, se requeriría que se venga abajo ese mundo donde han vivido toda o casi toda su vida, que allí haya enormes matazones y pobreza, y que a su vez Venezuela levante cabeza, o al menos represente de nuevo el porvenir, para que se produzca esa vuelta en la que todos piensan pero en la que nadie cree cual suerte de contradicción que ahora le quita el sueño a cada venezolano que vive en otra parte.

Las probabilidades pues, de que los hijos y nietos de nuestros migrantes repitan –o reviertan, si cabe el término- la experiencia de sus abuelos y bisabuelos que llegaron a Venezuela buscando futuro para su descendencia, son mínimas; además, con esta diáspora el chavismo ha logrado el cambalache más absurdo de nuestra historia, al cambiar miles de estrellas en potencia y en plena floración por una legión de cubanos mandones, chulitos, o desdentados, a quienes Venezuela les importa un pepino, salvo para comprar las neveras que aun quedan en el inventario, respirar por primera vez en sus vidas un poco de relajo y libertad, echarse unos buenos polvos con las nativas aun encandiladas por el mito del macho cubano que sembraron en Caracas durante aquellos Juegos Panamericanos de los años 80, y eventualmente volver a su isla con historias de indignidad relatando lo pendejos que han sido los venezolanos(as) al permitir una invasión de ese calibre, con gente y armas, con militares y espías -comenzando por el espía Maduro-, y más tontos(as) aun -podríamos agregar sin ningún rubor-, alguno de los ahora perseguidos dueños de medios de comunicación, quienes durante un tiempito fueron los tontos útiles de Chávez, al proclamar su espíritu democrático y renovador.

Hemos perdido una generación de padres pues, y otra -o tal vez dos- de hijos, compuestas tanto por quienes saben patear la calle como por los poseedores de títulos universitarios y experiencia profesional de alto nivel, hayan o no resuelto el rollo de la residencia en la Florida, en Texas, California, y quien sabe donde más en esos inmensos EEUU y Canadá, mientras quienes logran internalizar el choque estético entre la arquitectura caraqueña contemporánea y lo viejo de Europa se han ido a Londres, Madrid, Barcelona, Galicia, Oporto, Aveiro, Ginebra, París, o a lugares de estética y cultura intermedia –o si se quiere, más cercanos aunque no siempre geográficamente- como Colombia, México, Chile, Argentina, o Brasil, al tiempo que a otros se les ha ido la mano al optar por Australia y Nueva Zelanda.

Faltaría por preguntarse quién habrá sido el primero que pensó en emigrar a Panamá, un lugar insólito cual mezcla de aquella arquitectura guaireña, coriana o marabina de las buenas, y la mayamera actual.

Es lo que hay: una Venezuela humanamente amputada, espiritualmente hemipléjica.

Hermann Alvino

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