El legado del chavismo: VIII. El ego de Chávez dejó una deuda de 50 mil millones de dólares por expropiaciones inútiles


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La vida entre países debe tener reglas básicas de convivencia; y esas normas las impone quien puede, y no quien quiere. En el reino animal eso es así, y en lo humano también, aunque con los diversos matices que se derivan de la aceptación de una Ética, o de un realista relativismo ético, que de alguna forma suavizan ese roce humano.

Esas reglas son el único recurso que tiene la humanidad para no estarse despedazando permanentemente, con todo y que a diario haya grupos matándose entre sí. El más reciente cuerpo de reglas de convivencia se fraguó luego de la Segunda Guerra Mundial, y obviamente lo impuso quien pudo: EEUU, o sea la potencia que emergió como la gran dominadora, y que se afincó a partir de 1989 con la implosión de la URSS, aunque ahora perciba la presencia cada vez más poderosa de China, quien se ha convertido en otro poderoso agente internacional capaz de imponer reglas a la comunidad internacional.

Es entonces a través de organizaciones internacionales que se van imponiendo esas líneas de proceder en todos los ámbitos de la sociedad contemporánea; organizaciones cuyas decisiones finales dependen de la aprobación y el veto de los países más importantes, sea militar, económica, y demográficamente. Una restringida familia a la que Venezuela no pertenece, y por tanto está sujeta a lo que ella disponga, tanto en la ONU como en todos sus derivados, aunque lo que interesa aquí es lo que atañe a las relaciones económicas, concretamente el Centro Internacional para el Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI), organismo del Banco Mundial creado en 1965 como mecanismo establecido para dirimir problemas entre estados e inversionistas.

Al CIADI están afiliados casi todos los países, pero a raíz de los procesos políticos en Venezuela, Bolivia y Ecuador, estos tres decidieron retirarse de esa organización en 2012, 2007 y 2009 respectivamente; ellos son ahora estados felones, que expropian pero no pagan lo que valen las industrias de las que se apoderan. Lo dijo María Corina en las mismas narices de Chávez en una legendaria intervención en la AN: eso es robar; y Venezuela es un poco más felón además, por retirarse de otras organizaciones, como la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

En tiempos anteriores a la mencionada convivencia de postguerra, a los países maula se les invadía o se les bloqueaba y asfixiaba para obligarlos a pagar; ahora no es posible, aunque esa manera de proceder siempre esté allí, al acecho. Por tanto, en materia de desavenencias comerciales, pues hay que ceñirse a la CIADI, aunque no guste, porque casi siempre sus decisiones favorecen a las empresas y no a los países, porque no tienen apelación ni consideran las constituciones de cada estado, o porque no basta denunciar ese acuerdo de 1965 y salirse del organismo en virtud de que los efectos de esa asociación duran hasta 20 años a partir de dicha salida.

Pero es lo que hay, y si se expropia y no se paga, o se paga menos de lo que el inversionista considera justo, pues el CIADI se encarga de decidir el monto final, que para Venezuela, sumando todas las demandas de los «¡exprópiese!» que aullaba Chávez en sus tertulias televisivas, pasa de los 50 mil millones de dólares.

Otro legado chavista entonces, una enorme deuda por ejercer falsamente una soberanía que, vista la quiebra a la que estos ineptos y ladrones han llevado a dichas empresas, se ha demostrado que es inexistente. Ahora Venezuela está sin chivo, sin mecate y con deuda de 50 mil millones de dólares por esas inútiles expropiaciones decretadas por el enfermizo ego del Comandante.

Es sencillo arrebatar y no querer pagar, algo más complicado es cambiar reglas de convivencia para imponer las propias en la comunidad internacional, porque ello exigiría trabajar y fajarse muy duro para hacer de su propio país una potencia planetaria, algo impensable para estos chavistas y machotes ñángaras, reblandecidos de espíritu y sin oficio conocido. Mejor seguir metiendo mano, piensan, y cacarearle al sol con expropiaciones felonas.

Y que el resto pague, incluyendo sus descendientes. Miserables.

Hermann Alvino

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