Elementos de una agenda nacional de reconstrucción (X)-Hacer justicia.


Juzgar por odio hacia las personas, por torturas, por prevaricación y en general por delitos contra la humanidad, al director del penal donde se halla recluido Leopoldo López, tiene una carga moral mucho más densa que el juicio al que eventualmente deberán someterse los diversos rateros del chavismo.

Igualmente, juzgar a un par de generaciones de oficiales de las fuerzas armadas por cobardía, y por haber permitido que los cubanos viniesen a disponer de nuestros asuntos dentro de los cuarteles, contiene una referencia moral mucho más contundente que la que saldrá a la luz cuando se sometan a la justicia a quienes aplicaron el ventajismo electoral que permitió al chavismo ganar elecciones amañadas.

Por otra parte, juzgar por prevaricación a quienes estuvieron al frente de la Fiscalía, de la Contraloría, de la Asamblea Nacional y la Presidencia del país, por las decisiones que tomaron, torciendo la letra y el espíritu de la Ley, y a sabiendas que eran injustas, será el verdadero espacio ético donde los demócratas deberán probar su superioridad espiritual.

Igualmente, juzgar a quienes ocultaron la verdadera fecha de la muerte de Chávez, y a los funcionarios del CNE, por su laxitud a la hora de evaluar si Maduro cumplía –o cumple- los requisitos de nacionalidad para ser Presidente, será una obligación con el gentilicio por parte de quienes se propongan adecentarle.

Porque de todas todas habrá que hacer justicia, cual proceso indispensable, junto con la siembra de las bases de una memoria histórica capaz de poner en el correcto contexto al chavismo, apartando los mitos sobre las virtudes de su proyecto de país, si cabe el término.

Justicia no es venganza, sino un acto de reivindicación de un Estado cuyo viraje hacia la democracia liberal le obligará a una rendición de cuentas. Es muy difícil juzgar a los miles de implicados en el saqueo nacional, comenzando porque la red de complicidad es tan extensa y profunda que al final se terminaría por apresar a medio país, desde el ratero con bata blanca que roba insumos médicos en el hospital, hasta la secretaria de una oficina pública que se roba lápices y papel higiénico. A ese nivel solo queda dejar a cada cual con su conciencia.

Sería entonces imposible juzgar a millones de venezolanos cómplices, tanto por acción u omisión de la corrupción y prevaricación chavista, al igual que fue imposible juzgar a los millones de alemanes e italianos que sabían, e incluso se complacían pública o secretamente, de los delitos del nazismo y del fascismo contra la humanidad, como lo ha sido con los millones de españoles que por diversas razones, desde la ideológica hasta las asociadas con la mezquindad vecinal más miserable, cohonestaron la represión franquista.

Lo que en cambio sí será factible y necesario, es presentarle a toda esa gente los resultados de su destrucción, para que se enfrenten a la miseria material y espiritual a la cual muchos de ellos se dedicaron a cultivar con saña, mientras el resto convivía con ella con la indiferencia de los sicópatas. Por ello es importante el rescate de los símbolos, como complemento a ese contraste de memorias que debería –esperemos- hacer reflexionar a las generaciones siguientes sobre la responsabilidad que tuvieron en la ruina nacional quienes se apoderaron del Estado para su interés personal. Para que no se repita.

Será necesario entonces someter a la justicia democrática, que implica disponer de todas las garantías legales y humanas que ellos mismos negaron a sus víctimas, a quienes dirigieron el proceso chavista en todas sus facetas -la financiera, la política, la legal y la social-, mezclando corrupción, entrega de soberanía, actuaciones injustas motivadas por el odio, y envenenamiento espiritual de toda una sociedad.

Obviamente, también será parte de la justicia que el país requiere que las autoridades judiciales y policiales se encarguen de investigar los centenares de delitos de apropiacion indebida, de tráfico de drogas, de blanqueo de capitales, colaborando con las instituciones internacionales dedicadas a estas labores, aunque esta labor, muy necesaria, solo arroje resultados escandalosos y puntuales, para que a los culpables, la sociedad venezolana decente se limite a encerrarlos por delitos asociados con su avidez de dinero y riquezas. Que no es poco.

En cambio, como se ha dicho anteriormente, será muy distinto el plano moral para juzgar a quienes ordenaron a las fuerzas de seguridad reprimir con saña a la disidencia, o a aquella guardia del pueblo que con su casco quiso aplastarle la cabeza a una manifestante sometida e indefensa sobre el asfalto, porque se trata de juzgar el odio hacia el prójimo, la soberbia de saber que se actúa con poder impune, y la incapacidad de convivir con quien no piensa de la misma forma, lo cual en su conjunto constituye un delito contra la humanidad.

La actuación de la Justicia democrática, además de hacerles pagar por sus delitos a quienes saquearon la riqueza nacional, deberá entonces generar un mensaje muy claro, cual es que una sociedad libre no puede tolerar delitos de odio social, ni de odio político.

Hermann Alvino

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