Elementos de una agenda nacional de reconstrucción (IX)- El viraje económico.


El planeta vive un tiempo de globalización que, al igual que su equivalente en los distintos ciclos de la Historia, se ha consolidado por el enorme progreso tecnológico en materia de transporte y comunicaciones, correspondiéndose esta vez con el desarrollo de la electrónica. Esta densísima red de interacciones económicas siempre ha sido el campo de batalla de las sociedades que desean ser competitivas y mantener un mínimo de calidad de vida de sus integrantes.

Infortunadamente, tanto para los procesos de equilibrio social como para la salud del planeta, la economía globalizada contemporánea solo ha sido posible sobre un impulso de escala impensable en el pasado, asociado a los miles de millones de consumidores, que a su vez son producto de una explosión demográfica exitosa por los avances de la medicina y el rendimiento de las cosechas.

Inicialmente se podía pensar en un escenario con cadenas de montaje similares al de los años a caballo entre los siglos XIX y XX, donde los protagonistas inmediatos eran las personas que manualmente, y con herramientas específicas, iban agregando componentes hasta llegar al dispositivo final. El valor agregado era pues logrado de manera manual o semiautomática; pero esto, a cien años de distancia del taylorismo y de la mencionada cadena de montaje, cuyos directores de orquesta eran los obreros, ya no es así, puesto que estos están siendo sustituidos por robots, cuales entidades ensambladoras que han ido desarrollando capacidades de precisión y velocidad extraordinarias, gracias al desarrollo de nuevas aleaciones metálicas, el avance electrónico y microelectrónico que les da vida, y que junto a ellos permite disponer de dispositivos de control para resolver cualquier incidencia en la cadena de operaciones, junto a los lenguajes de programación que han ido desarrollándose paralelamente a las unidades electrónicas de procesamiento –los chips-.

Visto así, es impresionante apreciar cómo el ser humano, en pocas décadas, ha sido capaz de cambiar el concepto de diseño y producción de artefactos, junto al uso de la bioinformática, para innovar en materia de especies de cultivo, desarrollar robots para plantar y recoger cosechas; parecería que el mundo ha resuelto el problema de producción de alimentos y de satisfacción de las necesidades de consumo de sus habitantes.

Pero esta modalidad de producción con la que paulatinamente se iba configurando la economía globalizada, ha tenido como efecto colateral acabar con las relaciones laborales tales y como se habían estructurado desde hace ciento cincuenta años, por la progresiva sustitución de mano de obra humana por la robótica, porque los robots no compran alimentos, ni vehículos, ni electrodomésticos, esto es, no son consumidores, y su presencia en nada contribuye a que el mercado de consumidores crezca.

Por otro lado, sus costos de manufactura, adquisición, operación y mantenimiento son pefectamente controlables, puesto que ellos no descansan, no se organizan en sindicatos, ni se enferman, y por estas cualidades es que han ido desplazando al ser humano como protagonista en los procesos agroalimentarios y de manufactura, relegando a los trabajadores a lo que se ha llamado el sector terciario de la economía -el de los servicios-, dentro del cual se distribuyen y dispensan los bienes materiales y alimentos que llegan de esas cadenas de producción robotizadas; y esto solo mientras no se implanten transportes vehiculares sin conducción humana, ni robots que nos sustituyan en las actividades de hostelería, como ha sucedido hace poco en un hotel japonés, cuyo servicio integral está a cargo de androides de apariencia humana, bien vestiditos, para que los huéspedes no se inquieten demasiado.

Obviamente, la enorme y masiva oferta de productos a la que ha dado lugar esta explosiva automatización, debe ser colocada en un mundo de consumidores cuyas espectativas laborales y de ingresos, justamente por haber sido desplazados del campo laboral, ha estado en constante retroceso, especialmente en los países más industrializados, cuyas empresas, una vez organizados sus sistemas de comunicaciones y de transporte para las respectivas cadenas de suministro de insumos y translado de productos terminados, se han ido desplazando a los países cuyos entornos ofrecen menores costos de producción, estímulos fiscales, energía más barata, y de mano de obra para las actividades donde el ser humano aún dispone de espacios de actuación.

El detalle de esta denominada deslocalización de empresas es que producir más barato en esos países, que casualmente tienen menos exigencias reivindicativas laborales –para lo cual influye también que en casi todos ellos la democracia real brilla por su ausencia-, no implica vender más barato en las tiendas de los países industrializados de donde dichas corporaciones originalmente proceden, sino que allí, los precios de venta son los mismos que si dichos bienes se hubieran producido localmente, generando así ganancias a sus accionistas que contrastan con el estrecho margen del consumidor occidental para acceder a ellos.

Como resultado de la merma del poder adquisitivo, se ha ido creando un mercado planetario de productos falsos, de vestimenta y calzado que bien puede asociarse con el concepto de trapo, de mercancía desechable y de precio barato, capaz de ser adquirida por esa clase media venida a menos, siendo desgraciadamente una mercancía altamente contaminante, tanto por los procesos y componentes para su manufactura, como por el desecho frecuente y su integración a la cadena de plásticos no biodegradables. El mundo es ahora un bazar callejero, que sirve como canal de consumo accesible a los que menos tienen, y en parte como una fuente de empleo para los marginados del mercado laboral.

La globalización robotizada entonces, ha generado un desempleo que se reparte equitativamente entre las capas de profesionales y obreros, y ha activado un proceso de generación de ganancias de corporaciones multinacionales tan colosal, que la reinversión industrial ya no es tan atractiva en comparación con la especulación financiera en el mercado de derivados, sean éstos constituidos por materias primas, alimentos, energía o desarrollos inmobiliarios. Este fenómeno, detectado por el académico francés Thomas Piketty, es justamente la confirmación de la avería del mecanismo que regula la teoría del goteo, y el de la mano invisible del capitalismo, mediante las cuales, a la larga, la riqueza permea al resto de la población para ir igualando las cargas sociales. Si es que ese mecanismo alguna vez funcionó a cabalidad.

Los alarmantes datos de desigualdad en los países industrializados confirman que el dinero ya es un fin en sí mismo, y que ahora es capaz de multiplicarse sin entrar en el circuito productivo clásico. Esta desigualdad, cuyo efecto es la paulatina desaparición de la clase media, se complementa con la ya estructural desigualdad de los países pobres, cuyas causas históricas son muy distintas, como la posesión de tierras que se han ido heredando por las élites pre y post independencia de dichos países, unas élites que siempre tuvieron acceso directo a los mecanismos de poder y de gobierno, y que cuando eran desplazadas por nuevas camadas de protagonistas –casi siempre autodenominadas como “revolucionarias”-, estas al igual que los cerdos de la Rebelión en la Granja de Orwell, de inmediato procedían a actuar de la misma forma de quienes desplazaban del poder, para convertirse así en las élites expoliadoras de turno. Como hizo el chavismo y su rémora simbiótica, la boliburguesía  para entendernos.

Por otra parte, la generación de empleo enfocada a los espacios dejados libres por los robots, para que las personas dispongan de medios para subsistir, ahora también se corresponde con los criterios de productividad más extremos para estructurar la cadena de suministro más eficiente, con ello el trabajo fijo y la contribución empresarial para financiar la red de seguridad social se ha desdibujado casi por completo, dejando el campo libre a la subcontratación a destajo para casi todas las actividades, para que cada cual se busque la vida en lo relativo a la seguridad social, la asistencia sanitaria, y el eventual ingreso de  dinero una vez jubilado, o incapacitado total o parcialmente para seguir trabajando, recordándonos todo esto el entorno de los cuadros sociales brutales que existían en la era victoriana, y que magistralmente nos describió Dickens.

Esta modalidad de trabajo precario y mal pagado es la única salida por la que los países con gobiernos neoliberales y las grandes multinacionales han optado, dada la necesidad de competir en un planeta globalizado, por la dificultad y los límites que las políticas de devaluación de sus monedas imponen, como es el caso del dólar norteamericano, que entre otras cosas es la divisa de referencia petrolera y de la deuda externa monumental de EEUU; por tanto, propiciar una devaluación significativa para que las exportaciones norteamericanas sean más baratas no es tan sencillo, dados los efectos colaterales sobre esas dos realidades, que son solo dos entre muchas más. Por su parte, países de la zona euro, como España o Grecia, cuya productividad comparada con Alemania es mucho menor, al no disponer de la autonomía que les otorga tener su propia moneda, no pueden devaluar el mismo euro al que están asociados para ganar competitividad, suponiendo además que la calidad de sus productos sea igualmente alta.

En consecuencia, al no poder devaluar la moneda, se opta por devaluar al trabajo, disminuyendo no solo los salarios, sino las indemnizaciones por despido, enfermedad, incapacidad permanente, contribuciones a la seguridad social. y las pensiones, como primera etapa para eventualmente migrar al modelo norteamericano, muy codiciado por los neoliberales que tomaron el poder político y financiero luego de la implosión de la URSS; un poder basado en criterios que ya venían tomando posiciones desde los gobiernos de Reagan y Thatcher, y cuya entrada formal, para configurar el mundo tal y como lo conocemos actualmente, se produciría casi veinte años después del período de esos dos mandatarios.

Sin duda que el motor de la actual globalización, esto es, el enorme capital disponible para invertir por parte de las multinacionales, no habría podido arrancar sin la presencia de países dispuestos a absorber esas inversiones, como China, cuya opción de capitalismo de Estado, pero de partido único y de libertades personales y políticas muy controladas, permitió el desarrollo extremo de sectores de su economía, mientras producía a costos ridículamente bajos en comparación con Occidente, al punto que sus exportaciones de productos de mediocre calidad, y mercancía basura, copaban el mundo entero mientras envenenaban el aire de sus ciudades, el suelo con desechos que durarán decenas de miles de años, el agua de sus ríos, lagos y mares, se expoliaban los océanos, y se creaban inmensas ciudades fantasmas, con el expolio planetario que ello implica, para poder sumar una par de dígitos en la contabilidad de ese país que indica el valor de su PIB y pretender así acuerpar el prestigio internacional de ese sistema de partido único y capitalismo de Estado.

Por su parte, el modelo norteamericano dentro del cual cada uno debe buscarse la vida sin protección social alguna, se ha impuesto por la fuerza conservadora que esgrime el argumento de que la única manera de desatar la iniciativa y el talento personal es desempeñándose en un entorno de libertad absoluta. Los indicadores muestran que esa opción, que ha sido lo opuesto al empuje social del New Deal de Roosevelt, a la larga ha configurado una sociedad hemipléjica, donde en general, quien dispone de cierto capital, toma una ventaja irrecuperable con relación a quien ni tiene esa base, ni dispone de oportunidades de vida, porque el sistema así está diseñado.

La desigualdad de la sociedad norteamericana ahora se está exportando a la Europa que históricamente ha defendido su red de protección social; y por supuesto, la introducción de criterios que a la postre terminan pulverizando la solidaridad social y el contrato de cada ciudadano con el Estado, se ha justificado por parte de neoliberales y socialdemócratas por la necesidad de ser competitivo, dentro del entorno global de producción comentado.

Es natural entonces que en los países más desarrollados, haya millones de inconformes que exploren alternativas, especialmente si esos ciudadanos han vivido durante un par de generaciones en un entorno de protección social y de bienestar lo suficientemente sólido como para sembrar la convicción de que cada generación estaría mejor que la anterior. Ello ya no es cierto, y la inquietud ciudadana, tanto en EEUU como en Europa, está llevando a una polarización cada vez más preocupante de la sociedad, que a veces se manifiesta por una extrema izquierda, a veces por un peligroso nacionalismo, y a veces por una total indiferencia frente al hecho político.

Venezuela ha vivido al margen de estas realidades, y lo ha hecho desde el mismo inicio de la era petrolera, puesto que la renta que esta generaba le permitió gastar y malgastar en una imperfectísima red de protección social y en un sistema de derechos laborales fuera de la realidad planetaria. Ello creó y consolidó un mercado clientelar que abarcó a todo el país, el cual, al sufrir repetidos retrocesos en el reparto de prebendas por los vaivenes de los precios del crudo y por el despilfarro de las élites gobernantes, que generó una deuda con intereses imposibles de pagar sin pulverizar el cristal de la fachada clientelar, fue sembrando la inconformidad popular y abonando el terreno para el chavismo; porque recuperar cierta soberanía financiera implicaba arreglar las cuentas del Estado, lo que a su vez imponía medidas de austeridad, o al menos de mejor administración de recursos. Y de allí el Caracazo.

Lo paradójico de este proceso es que frente a un Estado que de facto controlaba gran parte de la economía del país, con un contexto legal laboral, y sindical –otro elemento indispensable para el andamiaje del clientelismo político- que hacía imposible superar ciertos niveles mínimos de productividad, y por ello de competitividad en ese mundo al cual el país seguía empeñado en darle la espalda, surge un chavismo cuya tesis fue una mayor influencia del Estado en la vida de todos.

Dentro del contexto nacional y global comentado, ese modelo de desarrollo escogido por Chávez, en el cual el Estado profundizaría su influencia, aparece como una opción conceptualmente tan absurda que inevitablemente ha dado lugar a una sólida sospecha, cual es que dicho modelo intervencionista, si bien muchos chavistas creyeron –y siguen creyendo- en él por una irreversible suerte de deformación conceptual marxista, ya obsoleta en esta época, fue cuidadosamente escogido para controlar todos los mecanismos del poder, por ser este el objetivo primario del chavismo, o mejor dicho, su único objetivo.

Lo anterior se confirma con las conocidas afirmaciones de algunos jerarcas del régimen en cuanto a la necesidad de mantener los necesarios niveles de pobreza y de escasez que permitan perpetuar el control sobre la vida de cada ciudadano.

Con base a estos dos elementos, el modelo económico de Venezuela no solamente hay que verlo en cuanto que la renta petrolera le permitió a las élites de entonces configurar un Estado que se daba el lujo de vivir a espaldas de las realidades globales que se iban turnando durante el siglo XX, sino también a la luz de que, para el chavismo, el extremar dicho papel invasor del Estado no solamente fue una opción económica, sino política, para controlar y perpetuarse en el poder.

Un viraje en esta materia implicará el desmantelamiento de estructuras conceptuales, culturales y jurídicas, tanto para liberar al Estado de una carga que ni le corresponde, y nunca supo ni pudo gestionar a cabalidad, como para que esa transferencia hacia el sector privado promueva su dinamización, y pueda así liberar la energía innovadora y de creación de riqueza que le caracteriza en todas las democracias liberales donde se le deja actuar adecuadamente.

Por supuesto que un viraje hacia una democracia liberal, caracterizada por las libertades económicas, no expulsa al Estado de la dinámica económica, puesto que su rol regulador y subsidiario, si realmente se desea gobernar en función de un bien común, es indispensable.

Se trata entonces de abordar dicha economía liberal con sensatez y realismo, sin dogmas neoliberales, ni socialdemócratas, ni marxistas, porque el país, en esos momentos estará empeñado en varios frentes: en primer lugar a la realidad de los precios del petróleo, ahora a la baja, pero aun si el mercado se revirtiese al alza, hay que recordar que gran parte de esos ingresos deberán ser destinados al pago de la deuda chavista, y a los intereses; una deuda cuyos recursos ingresados han sido gestionados de manera criminal, alimentando la burocracia clientelar del régimen, sin invertir en infraestructura –los apagones son la prueba del desgobierno en esta materia-, invirtiendo más de la cuenta en armamento para reprimir la disidencia, perdiéndose parte de los recursos por apropiación indebida de los jerarcas del régimen, e importando bienes y alimentos al mínimo para seguir controlando a la población, y obviamente, sin dedicar un céntimo a la promoción de la industria nacional.

El segundo frente, tal vez el más complicado de abordar, será la expectativa de millones de venezolanos acostumbrados al goteo de las prebendas que el chavismo les ha ido dosificando durante todos estos años, porque una terapia de shock en materia económica lo único que traería, al igual que el Caracazo, serían revueltas, dado que el cambio cultural que impone pagar el agua que se consume, la electricidad, los peajes de las autopistas, la gasolina a precios realistas, y las tasas por servicios varios que existen en cualquier país medianamente serio, no será aceptado en el corto plazo. En este sentido, el mencionado agujero financiero no podrá ser ni siquiera parcialmente compensado con esos improbables ingresos.

El tercer factor es la descomposición de la infraestructura física nacional, esto es, carreteras, edificaciones públicas, represas, puertos, aeropuertos, etc., lo cual obliga, por lo menos desde el inicio, a la modalidad de gestión privada, quedando por aclarar los matices que puede adquirir la eventual propiedad de las instalaciones.  Pero al igual que el punto anterior, los servicios que de esa infraestructura emanan, hay que pagarlos, tanto para poderlos rehabilitar, como para que sean rentables y se pueda ir reinvirtiendo en su mejoría.

El detalle es que la experiencia privatizadora venezolana en general no fue exitosa, puesto que esta, iniciada a finales de los años 70 del siglo pasado, fue concebida para el logro de varios objetivos, entre otros el liberar al Estado de una carga que no le corresponde, mejorar los niveles de servicios, y democratizar el capital; pero la forma como se procedió a privatizar, esto es, sus términos comerciales, a la larga consolidaron una relación precio-valor de los bienes y servicios dispensados escorada exageradamente a favor de los nuevos propietarios y administradores de aquella infraestructura, además que dicho proceso en absoluto sirvió para democratizar capital, esto es, que la clase media invirtiese parte de sus ingresos para constituirse en accionista de alguna de esas múltiples empresas. Queda por aclarar para la Historia, si el fracaso de la versión criolla del “Consenso de Washington” se debió a la típica laxitud con que el país acostumbra desde siempre a gestionar proyectos de cambio social de esta magnitud, o porque las mismas bases conceptuales de aquella versión de neoliberalismo estaban, y siguen estando fuera de la realidad.

Hay dos temas muy sensibles dentro del realismo liberal que tendrá que poner en marcha quien gobierne este país, el primero es la libertad de cambio de divisas, y el segundo el tratamiento que habrá que darle tanto a PDVSA como a las empresas básicas de Guayana.

Con relación a la libertad de cambio, que incluso muchos dirigentes opositores ven con hostilidad, argumentando que el pobre Bolívar se iría devaluando hasta límites inimaginables, dado que los factores financieros mencionados han hecho de la escasez de divisas una realidad crónica. Siendo cierto que el país, salvo la escuálida renta de estos precios del crudo actualmente a la baja, no es capaz de generar divisas extranjeras por su incapacidad histórica de diversificar su economía, y eventualmente convertirse en exportador competitivo de múltiples bienes, también es cierto que el control de cambio, en todas sus modalidades y tramos nunca servirá para contribuir a la recuperación económica, puesto que esta dependerá fundamentalmente no solo de un importantísimo protagonismo del sector privado nacional, sino del foráneo, y ambos requieren libertad cambiaria para adquirir los insumos de otros países, que puedan suministrarlos al mejor precio, incluyendo sus filiales en el exterior, y para repatriar capitales, junto a esa parte de las ganancias que consideran innecesario reinvertir en el país para darles el uso que mejor les parezca a sus directivos y accionistas.

La libertad cambiaria es el símbolo del viraje venezolano hacia una economía liberal, sin esta no habrá inversión extranjera, y por tanto no entrarán divisas ni se podrán hacer planes para una futura exportación de la producción nacional, intentando penetrar mercados nunca abordados por nuestra estructural economía monoproductora, aprovechando, aunque sea por una vez en la historia moderna venezolana, la siempre cacareada posición geoestratégica privilegiada, cual pivote entre el Caribe, el Atlántico, Centro, Norte y Suramérica.

El otro factor que requerirá lucidez y coraje para romper paradigmas es el tratamiento que habrá que darle a la industria petrolera y minerometalúrgica, porque sabida es la ruina a las que el chavismo las ha llevado, por descuidar la tecnología, las constantes inversiones que ellas requieren, por utilizar los ingresos en políticas sociales que no se correponden con su misión industrial, por incrementar su burocracia hasta niveles absurdos, por utilizar su infraestructura en actividades políticas del régimen, y por despedir generaciones de técnicos que costó años capacitar y formar dentro de una cultura organizacional basada en el mérito y la profesionalidad.

El problema con esos dos segmentos industriales de industrias básicas del Estado, no solamente consiste en recuperarlas financiera y físicamente, sino en recuperar mercados internacionales; claramente, si el Estado insiste en la propiedad y en la gestión, pasaría mucho tiempo antes de lograr siquiera parcialmente dicho objetivo, el cual además, debería labrárselo con precios muy inferiores al resto de la competencia internacional, con lo cual el problema no se resolvería, sino todo lo contrario.

Por tanto, la única forma de que dichas empresas puedan seguir operando satisfactoriamente, es traspasándolas a inversionistas privados internacionales del sector, para que éstos las inserten en su estrategia global de conquista y defensa de sus respectivos mercados. Sería cuestión entonces de ponerle cifras, no a la venta de la infraestructura, sino a la oportunidad de negocio que ello implicaría para los interesados, y establecer la fiscalidad respectiva.

Increíblemente, la destrucción de las empresas del Estado por parte del chavismo, obligará a retroceder en el tiempo y volver a modalidades muy anteriores a la nacionalización del petróleo, o a aquel 50/50, pero valdrá la pena, porque al menos el Estado dispondrá de un volumen significativo de ingresos fiscales, y se acabaría con la sangría para mantener esas empresas. Solo con la faja bituminosa se crearían miles de empleos directos e indirectos, y las materias primas nacionales recuperarían mercados para reinsertar al país, aunque sea mediante manos privadas, dentro de un contexto de comercio internacional con inmensas posibilidades a futuro.

Hay otras empresas del Estado, como todo lo referente a producción y distribución de energía eléctrica, así como las comunicaciones en el amplio sentido del término, que también habrá que privatizar, duela a quien le duela, ya que los apagones y el lamentable estado de las comunicaciones, unido a los altísimos costos de operación a causa de factores muy similares a los mencionados para el petróleo y demás minerales, así lo imponen.

Por supuesto que la resistencia sindical y obrera frente a un futuro que por ser tan distinto a la realidad vivida hasta los momentos será altísima, especialmente porque las condiciones laborales, si el país desea realmente insertarse de manera competitiva en el mundo real, serán tan severas como las que se han impuesto en los otros países.

Infortunadamente para todos, luego de un siglo de laxitud en materia de diseño de un Estado y un modelo de desarrollo económico sólido, ahora tocará recuperar el terreno perdido, una labor que, dada la deuda, y la descomposición general de nuestra infraestructura y cultura del trabajo productivo, tal vez pueda lograrse durante la vida productiva de una generación.

Eso es lo que hay, y negarlo, o no abordar este asunto con realismo, será terminar de colocar al país a la cola de los países más pobres, los que no tienen qué comer, los que queman leña porque no producen energía eléctrica, y los que viven de la ayuda internacional, porque la geografía, las escasas riquezas naturales, las creencias religiosas absurdas y los gobernantes malignos así lo han impuesto.

Es más que evidente que en Venezuela se dan condiciones múltiples para convertirse en un país próspero y respetado, un objetivo cuyo impedimento para su logro solo radica en su gente y en sus gobernantes. Ojalá fuese al revés, disponiendo de un pueblo dispuesto al sacrificio, unos gobernantes sensatos, a cambio de suelos pobres. Tal vez seríamos como Japón.

Hermann Alvino

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