Elementos de una agenda nacional de reconstrucción (VIII)- El viraje geopolítico.


El chavismo ha convertido a Venezuela en un estado paria; su opción inicial de aliarse con otros estados similares, y la constancia de las actuaciones que ha mostrado durante todo su ciclo de poder así lo confirma, y no hay forma de sospechar lo contrario, dada su alianza con gobiernos como el cubano, cuya última felonía –afortunadamente frustrada- fue el intento de contrabando de material de guerra dentro de un barco norcoreano detenido en el Canal de Panamá; la cercanía de Chávez con tiranos como Gheddafi, Saddam Hussein, Bashar al-Assad, Lukashenko, o Mugabe, además del trapicheo de influencias con países como China, Irán, y la misma Siria, con oscuros acuerdos para la exploración de mineral estratégico de guerra, ha terminado por ponernos como país en el mapa de los potenciales blancos por parte del Occidente democrático –y obviamente de los EEUU- en caso de un conflicto global. La necesidad de haber virado el gentilicio y los intereses nacionales hacia estos países, objetivamente hablando, nunca existió, puesto que solo se trató de una necedad que se derivó de la enfermiza necesidad de famoseo –y por tanto una irresponsabilidad- de Chávez para mostrar su enemistad con ese Occidente libre.

En materia de política exterior, o de geopolítica, no se trata solo entonces de que Chávez haya edificado un andamiaje basado en la renta petrolera para consolidar una red de influencias en toda la región latinoamericana y caribeña, con la consiguiente interferencia en los asuntos internos de muchos países de la región, sino de un proyecto muy claro de alianzas con países muy disímiles entre sí –en términos sociales, económicos, políticos y religiosos-, algunos de ellos con elementos que encajan perfectamente en la definición de terroristas internacionales –como Corea del Norte-, para colocar a Venezuela en esa acera de sociedades desestabilizadoras de la paz planetaria, complementado además con el consiguiente comportamiento vergonzoso de los funcionarios que representan al país en el exterior en la multitud de embajadas y misiones varias, quienes han accedido a esas responsabilidades –es un decir- luego de la destrucción sistemática por parte del régimen de la meritocracia y la muy particular y sólida cultura organizativa que existía en nuestra Cancillería, para así consolidar un cuerpo exterior constituido a partir del amiguismo y de las secuelas infantiloides que dejan los humores remanentes bajo las sábanas, luego de noches de dudosa honorabilidad; un funcionariado que ahora es célebre por su ignorancia, su ordinariez y vulgaridad, y su desconocimiento sobre los protocolos más elementales que aseguren, no solo el éxito de los objetivos en materia de política exterior, sino que sean capaces de proyectar un respeto básico hacia los interlocutores.

Las razones de dicho viraje no fueron ideológicas, como éste tampoco fue motivado por alguna necesidad especial de Venezuela para ubicarse en un contexto diferente, dada la eventual fragilidad en el futuro inmediato que el gobierno y los expertos en política exterior pudieron haber percibido en alguno de los frentes básicos de la soberanía nacional, tal como el petrolero o el de los litigios fronterizos, porque a inicios del chavismo, el país disponía de una enorme renta petrolera, y los acuerdos en materia fronteriza se podían definir como estables, dejando aplazados para el futuro algunos desenlaces; incluso en plena expansión globalizadora neoliberal, el país estaba relativamente preparado para asumir ciertos riesgos de competitividad de su industria.

No fue entonces ninguna circunstancia especial, sino el mismo egocentrismo de Chávez y por ello su deformación de la realidad, traducida o expresada en una megalomanía que se retroalimentaba con la renta petrolera que acuerpaba los apoyos de una parte mayoritaria de la población –el mencionado clientelismo-, así como la simpatía de países que optaron por explotar esa vena débil de la personalidad del barinés, cambiando petróleo a precio barato, y lapsos de pago e intereses ridículamente bajos, por su voto, a la estridencia chavista, en los diversos foros internacionales.

Obviamente, no iban a ser los gobiernos de países como EEUU, Canadá o los de la Unión Europea, donde rendir cuentas a los electores sí es una realidad y obligación, los que iban a aceptar realizar esta clase de trueque, sino aquellos gobiernos donde la fortaleza democrática era –y sigue siendo- muy relativa en comparación con los mencionados. Así Cuba, Argentina, Ecuador, Nicaragua, Honduras, y los países asiáticos y africanos mencionados fueron el sustrato ideal para las fantasías de liderazgo de Chávez, a cambio de nuestras riquezas.

Por lo demás no es la primera vez que la megalomanía de un gobernante empeñe el futuro de un país, puesto que ello igualmente sucedió con Hitler, con Saddam y con muchos otros, comenzando a una escala mucho más inofensiva por Carlos Andrés Pérez y su megalomanía de liderazgo tercermundista durante su promer mandato –recordemos el famoso barco Sierra Nevada, donado a Bolivia, que carece de puertos de mar.

De manera que no hay que teorizar mucho sobre las causas por las que ahora el país está dentro de la familia de los felones internacionales, incluyendo lo relacionado con los temas de derechos humanos, el tráfico de drogas –con los narcosoles venezolanos como evidencia vergonzante-, o la interferencia en asuntos internos de Colombia –dada la relación íntima del régimen con la guerrilla-, y la fracasada intentona de torcerle el brazo a la democracia hondureña con la conspiración Zelaya, los vuelos de funcionarios en aviones de PDVSA llevando centenares de miles de dólares en efectivo al gobierno de los Kirchner, etc.

Esta realidad no es fácil de aprehender, dado lo denso de los acuerdos ocultos, los intercambios materiales que se concretan en vuelos fantasmas con aviones de las empresas del Estado -o los mismos vuelos regulares a países del Medio Oriente, cuya base y justificación comercial simplemente no existe-, por ser meros instrumentos para transladar armas, dinero en efectivo, drogas, contrabando de mercancías varias, contrabando de personas que al llegar a nuestro suelo serán dotadas de papeles de identidad a cambio de enormes cantidades de dinero, y por supuesto contrabando de personajes de dudosa reputación, cuando no en estado de búsqueda y captura por parte de la Interpol, y los cuerpos de inteligencia antiterrorista de los países libres.

Hay acuerdos que aun siendo algo más transparentes – muy a pesar del régimen-, el conocimiento de su sustrato no es para alegrarse ni mucho menos, como por ejemplo todo el engranaje de financiamiento chino, pactado durante años, y en etapas progresivamente más comprometedoras para todos los venezolanos, como tampoco son motivo de satisfacción los acuerdos en materia de compra de armamento militar y represivo con Rusia.

En síntesis, la megalomanía de Chávez colocó al país en el bando de los países donde ni la libertad ni los valores democráticos son en absoluto una referencia, sino todo lo contrario, una familia de países que se caracteriza por sus felonías y fechorías, su permanente intención de violar las leyes internacionales y seguir tiranizando a sus gentes. Inútil gesto el del barinés, puesto que ahora que la renta petrolera está en mínimos se percibe la fragilidad de esa opción geoestratégica, ya que la influencia del país ha caído a mínimos históricos, la OPEP no ha hecho caso al reclamo venezolano para recortar producción y así intentar aumentar los precios del crudo, la burla hacia sus funcionarios en el exterior es permanente, y el tenue apoyo que aún mantiene en ciertos foros internacionales solo se debe a la chulería de los gobiernos que aspiran a sacar provecho hasta de la última gota de petróleo, disponible y laxamente dispensada por el régimen.

Dentro de este contexto, la gobernanza seria exigiría un viraje inmediato hacia ese Occidente cuya familia Venezuela nunca debió abandonar. En este sentido bastará con expresar de manera contundente la voluntad política para realinearse adecuadamente, para abrir los espacios geográficos e institucionales a todos los protocolos de actuación y colaboración en materia de control de tráfico de drogas, de armamento, de inmigración ilegal, de seguimiento a las actividades potenciales de terrorismo, junto a un contundente gesto de firmeza hacia los países vecinos, sea con relación a las relaciones que el régimen ha establecido con guerrillas y grupos irregulares -que no son más de bandas criminales que azotan a toda nuestra población fronteriza-, como en materia de potencial escalada de conflictos de límites de territorio.

La presencia venezolana en los diversos foros que evidencian si se está a favor o en contra de la libertad exigirá funcionarios comprometidos con la democracia. Los hay en activo, y los habrá a medida que vayan egresando de las escuelas especializadas de nuestras universidades, para complementar su formación en materia de procedimientos varios y valores en los cuales creer para defenderlos con comportamientos ejemplares y administrativamente impecables. En este sentido, todo indica que con el potencial funcionariado internacional, siendo un área crítica a corregir, se dispone de una situación algo más sólida que con el resto del funcionariado nacional.

El viraje geopolítico -o geoestratégico- es un elemento fundamental para asegurar que Venezuela dispondrá del Occidente libre como aliado en los diferentes frentes de batalla, como el terrorismo y las drogas, o el blanqueo de capitales, así como el eslabón que habrá que forjar para recuperar el respeto al gentilicio y la capacidad de negociación en materia de deuda y de acuerdos comerciales.

El chavismo ha aislado a Venezuela de los entornos globales de libertad, y la debilidad opositora, junto a sus errores estratégicos del pasado, han mostrado la soledad internacional de quienes promueven la democracia dentro de nuestras fronteras. Solo el extremismo represor del régimen chavista, y sus enredos internacionales, que comienzan a incomodar a varios países, han sido el motivo por el cual se comienza a notar una leve tendencia en la opinión internacional para criticar los desmanes del gobierno, evidenciada en la presencia en el país de expresidentes latinoamericanos, y de un que otro funcionario de alto nivel de países importantes, que recibe en su respectivo país a representantes de la oposición.

Esa soledad es justamente el derivado de haber estado tres lustros del lado de los enemigos de la libertad. El viraje hacia nuestro entorno natural de países libres será el gesto con el que se quiebre esa soledad, se reinicie la inversión extranjera, e incluso se estabilicen las relaciones con la diáspora venezolana, cuya mayoría, lo sabemos todos, no volverá, pero cuya importancia social, comercial, profesional e incluso política de las generaciones de nacerán en otras latitudes, será un factor indispensable para que Venezuela disponga de gran influencia y prestigio como país en todo el planeta.

Por otra parte, quienes se propongan con seriedad realinear al país hacia un camino muy distinto al del chavismo, tienen el deber de indagar las razones por las cuales el chavismo se pudo fraguar con un apoyo inmenso, no tanto por las razones indicadas al inicio de estas notas, sino para comprender mejor la esencia del adversario político al que éste venció, puesto que la sospecha de que no se trata solo de la estulticia del bipartidismo de entonces, es legítima, ya que vista la aceptación que algunas variantes del chavismo han tenido en otros países, también podría tratarse de un contexto político que ha fracasado no solo por su propio comportamiento, sino porque éste es la prolongación de una raíz mucho más profunda, cual es la naturaleza del actual Occidente como representante el mundo libre.

¿Es Occidente una referencia válida para cumplir ese objetivo de redignificar el gentilicio y concretar alianzas para abordar las realidades mencionadas? La respuesta inicial es afirmativa, a pesar de que los males sociales del planeta, así como su envenenamiento, han sido generados por ese entorno del mundo libre, entendiéndose como tal aquella definición de Churchill sobre la Democracia, esto es, el peor sistema excluyendo todos los demás; y por supuesto tomando en cuenta todo el pensamiento que desde el Renacimento ha impulsado el valor más importante, como es la vida, en su sentido más amplio, que ha ido incluyendo la dignidad de cada ser humano, la defensa de derechos humanos que con el tiempo se van añadiendo a esa lista básica que nació con la Revolución Francesa, y hasta la protección y dignidad para la vida animal y vegetal.

Las potencias de Occidente no es que tengan un baremo moral muy elevado, al fín y al cabo fueron ellas quienes ensartaron al mundo en los dos últimos conflictos mundiales, han configurado fronteras y realidades artificiales que le han arruinado la vida a casi todas sus excolonias, y han cedido espiritualmente a un capitalismo salvaje gestionado por élites neoliberales cuyo arrojo –y ventajismo, cuando lo tienen- ha sido superior al de los defensores de los valores básicos mencionados.

Igualmente, los intereses políticos y económicos de esos extremistas conservadores, guiados desde el poder, fundamentalmente desde Reagan, pasando por Thatcher, por Bush padre hasta llegar a Bush hijo, Aznar, Blair, Chirac, y hasta joyitas socialdemócratas como el alemán Schröder, estando la visión  del mundo de algunos de ellos incluso inspirada por erráticos raptus religiosos, han sido los elementos que han configurado nuestro mundo contemporáneo, un mundo casi amoral, donde el mal menor ha sido el relativismo ético, mientras éste se plegaba políticamente al realismo ético de las postguerras mundiales, y se aceptaba cobardemente que cada persona fuese tasada por nuevos ídolos, tales como la competitividad, la factibilidad económica, y el consumo como un fín en sí mismo.

Infortunadamente, los pilares ideológicos del neoliberalismo no han podido superar la confrontación argumental frente a lo planteado por Spengler sobre la entrada de Occidente en su fase final, la decadencia como referencia de civilización, ni el aprisionamiento al cual el alma humana ha sido sometida por la Técnica, tal como plantean filósofos como Emanuele Severino, o el mismo Günther Anders.

Infortunadamente también, todo indica que Occidente, justamente ahora que se ahoga en contradicciones, se enfrenta a la tercera Jihad musulmana, con lo cual hay que recordar que luego de la primera jihad, que se desarrolló entre el 622 a.C. y 759 a.C., y luego de la segunda, durante el lapso 1071 a.C. y 1683 a.C., aun con las derrotas a cargo de Carlos Martel en Tours, la reconquista española, y la derrota musulmana a las puertas de Viena en 1683, el avance neto de ese monoteísmo fue enorme.

La conquista de nuevos espacios para el Islam es un objetivo permanente, existen decenas de publicaciones que abordan el asunto, incluso obras de ficción de escenarios a futuro tan creíbles como la del escritor francés Houellebecq. Frente a esta realidad, Occidente no ha podido sacudirse las fuerzas sociales y económicas neoconservadoras que lo constriñen, y le impiden mostrarle al Islam una base de civilización con todo el cuerpo de valores heredado por sus pensadores, que defiende la dignidad de la persona, la libertad de conciencia, la libertad religiosa, la primacía del Bien Común, el laicismo como elemento integrador de una sociedad, y la concreción de un Estado solidario y tolerante, pero firme cuando se trata de defender esta concepción del mundo.

Una argumentación similar también puede establecerse con relación a China, cuyo capitalismo de Estado, constreñido por un sistema de partido único y un profundo control estatal sobre los espacios potenciales para que la libertad de pensamiento se manifieste, ha sido apreciado y admirado por las multinacionales de Occidente como ejemplo de organización orientada a la productividad extrema, percatándose seguramente, aunque disimulando con descaro, que esa alianza entre capital occidental y control político asiático constituye la base de la alienación de los trabajadores, cuyas condiciones de vida, en muchos casos y para muchos millones, tanto dentro de aquel país, como en los centros clandestinos de maquila esclava en los mismos países de Occidente, son idénticas a las que existían en plena Revolución Industrial durante los siglos XVIII y XIX.

Occidente pues, no parece ser el mejor ejemplo para disponer de éste como referencia hacia la cual Venezuela debe virar. Sin embargo, volviendo a Churchill, es el mal menor, un mal dentro del cual, con todo y que las élites económicas han cerrado el círculo del poder al acceder directamente a sus formalismos, puesto que ya no se sabe si se trata de políticos-empresarios o de empresarios-políticos, al menos aun queda la posibilidad electoral para intentar periódicamente mejorar las cosas; y aun quedan muchas organizaciones internacionales que se resisten a capitular.

Occidente sigue siendo entonces un entorno mejorable por el que vale la pena luchar, y aliarse.

Hermann Alvino

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