Elementos de una agenda nacional de reconstrucción (VII)- La estabilidad institucional.


El logro de la estabilidad institucional, y por ello política, tal vez sea, junto al viraje que conlleve el cambio de modelo económico de desarrollo, la referencia de gobernanza más importante para asegurar el éxito del proceso. Es sabido que esta estabilidad existe tanto en democracias como en dictaduras, pero por razones muy diferentes, ya que en un caso la separación de poderes y la vida autónoma de las instituciones del Estado, se sustenta sobre una muy sólida cultura democrática y administrativa, que son la esencia misma de un régimen de libertades, mientras que en entornos no democráticos, la estabilidad se basa justamente en lo contrario, esto es, en la ausencia de separación de poderes públicos, y en una única directriz que emana de la fuerte del poder.

El chavismo, basado en el poder único, en esta materia ha sido un innovador, puesto que a diferencia de otras dictaduras, que en general mantienen un control aunque sea mínimo sobre la gestión de los componentes del Estado, el desgobierno nativo le ha dado mano libre al funcionariado de alto y medio nivel de esas malogradas instituciones, esto es, una suerte de discrecionalidad para que actúen a su aire; de manera que siempre que en lo fundamental se ajusten a los intereses concretos del régimen, el resto corre por su cuenta, aumentando así el desorden e intensificando el flujo de la corrupción.

Las instituciones chavistas entonces, en los tres poderes públicos, lejos de contribuir a regular la vida pública en una sociedad contemporánea de complejidad creciente, lo que han hecho es incrementar el desorden general; y por otra parte, en vez de ser elementos de defensa ciudadana frente a los eventuales abusos del Estado o para mediar en los  contenciosos entre personas, se han convertido en un arma política contra la disidencia, como aquella actuación del indigno contralor general que inhabilitó políticamente a Leopoldo López, o las argucias no siempre legales –por la interpretación errática y caprichosa de la Ley- por parte de la Fiscalía, del CNE y del TSJ, o las autoridades impositivas, para perdujicar a todo quien no pertenezca a las filas del régimen, y más si no acepta las exigencias de corrupción. Las instituciones públicas cuando están sujetas al capricho de sus dirigentes, no pueden ser estables, y el ejemplo más patético ha sido la Asamblea Nacional, dirigida por un  militarejo mal hablado, incapaz de comprender conceptos como el de solemnidad, protocolo, tolerancia, apego a la Ley, consenso o debate duro, pero noble.

Los papelones y la ligereza protocolar del funcionariado chavista han sido una afrenta al gentilicio en todo el mundo; y faltaría por saber si realmente el nivel de ignorancia es tal y como parece ser, en consonancia con el comportamiento de esa gente. De ser así, la misión será complicadísima, porque se carece de las bases conceptuales más elementales a través de las cuales debe comprenderse el rol de las instituciones públicas, así como la defensa de su autonomía y de su estabilidad.

El reto de reestablecer unas instituciones autónomas, capaces de resolver los problemas para las que fueron concebidas por el legislador, y ajustarse siempre a lo estipulado en la Constitución y las leyes, entonces pasa por la capacitación masiva de sus funcionarios, cuando no una renovación a fondo de todas las plantillas, para permitirle un reingreso mediante concurso y ciertos requisitos profesionales específicos para cada caso, complementado con sanciones administrativas y penales muy duras, a título de factor disuasorio.

Será la reforma misma de la administración pública entonces, el elemento base para asegurar que las instituciones públicas cumplan con su objetivo.

Por otra parte, la estabilidad institucional no solo atañe a los componentes de los tres poderes, sino también al resto de organizaciones sociales que sirven de mediadores con la ciudadanía, esto es, fundamentalmente los partidos políticos, quienes en materia de democracia interna están fuera del espíritu y la letra que indica la Ley. De allí debe salir el primer ejemplo de cambio cultural para contribuir a hacer creíble todo el proceso.

Hermann Alvino

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