Elementos de una agenda nacional de reconstrucción (V)- La estabilidad financiera.


– Desde la misma entrada al poder del comunismo soviético, el debate económico ha adoptado diversas formas de bipolarismo; por ejemplo, con los mismos comunistas en el poder –caso Cuba–, se habla de comunismo o libertad, mientras que con formas más democráticas por parte de quienes le otorgan más importancia al trabajo, y a lo social en general, que al capital mismo, el contraste ha sido entre socialdemocracia, democracia cristiana, o de progresismo, y la visión permanentemente conservadora de quienes le dan al capital prioridad absoluta sobre lo social.

– En economía entonces, el debate democrático en el fondo no consiste en que se debe producir riqueza, puesto que todos están de acuerdo en que ésta es indispensable para el progreso general de cualquier sociedad, sino en su eventual reparto; por un lado están los más reacios al reparto per sé –entendiéndose por éste la inversión social del Estado, cuyos recursos son los impuestos al capital y a la renta, en proporciones perfectibles y consensuables–, porque para ellos vale la teoría del goteo, donde el peso de la riqueza acumulada por unos pocos es tan significativo que al final termina permeando al resto de la sociedad. Se trata de ese 1% que posee casi toda la riqueza planetaria, con sus variantes libertarias y neoliberales que se oponen a cualquier rol significativo del Estado.

– El goteo sin duda funcionó en parte, hasta que –como afirma Piketty– ellos descubrieron que se podía tener una tasa de acumulación de capital mayor que la de la economía productiva –con dinero se puede generar más dinero–, escorándolo todo hacia una economía de derivados financieros, que su vez profundizó la desigualdad.

– Por otro lado están quienes piensan que en efecto, algo de riqueza habrá que repartir, pero primero hay que producirla; faltando por saber cuando, y cuanto, además de cómo se debe generar dicha de riqueza, esto es, el modelo de producción a adoptar.

– En toda democracia el debate siempre será el mismo: producir riqueza y repartirla, y por tanto, cuál sería el papel del Estado. Es evidente que a partir del derrumbe soviético, la imposición global del llamado “Consenso de Washington”, y el hartazgo de la ineficacia estatal, la desregularización general, del crecimiento desmesurado de las multinacionales, y de la intención clara y descarada del sector financiero de acceder directamente al poder sin intermediarios, el reparto de riqueza ha sufrido serios retrocesos en todo el mundo.

– Obviamente que algunas sociedades estallan, no siempre con toda la razón, pero sí con una base legítima de indignación frente a castas políticas que durante décadas los maleducaron haciéndoles creer que el dinero era gratis, despilfarraron recursos, crearon leyes ad hoc para protegerse de sus correrías y sus corruptelas, para luego someter a la población a esos programas neoliberales de austeridad para sanear las cuentas públicas, cosa que para esas élites es sencillo hacer, una vez adquirida y colocada en Suiza, o en paraísos fiscales, además, una riqueza que les asegura su futuro por generaciones.

– Éste es precisamente el caso de Grecia, y  de allí el triunfo de Syriza y su líder Tsipras; una realidad que perfectamente podría llevar a Podemos al gobierno de España, pero que en Francia o en Italia está cobrando formas de ultraderecha, dada la mezcla del factor inmigración y de los vendedores nacionalistas de fritangas ideológicas envenenadas.

– Por supuesto que cada caso es diferente, lo que obliga a buscar explicaciones sobre las razones que indujeron al suicidio a países con relativo bienestar, que en su momento ni siquiera tenían mayor presión demográfica, con enormes riquezas propias, como la Argentina preperonista, el Chile preallendista, o incluso la misma Venezuela prechavista. Pero al margen de dicha búsqueda, el caso es que lo hicieron y se hundieron, y por el camino contribuyeron a reforzar la cantilena con la que todo partidario de políticas de derecha –si cabe el término– califica a cualquier movimiento alterno a la realidad neoliberal: populistas, les dicen.

– Hace pocas semanas, y de manera populista, pero impecablemente sólida, el líder español de Podemos rompió la baraja de ese debate entre izquierda y derecha, socialdemocracia o derecha, afirmando que de lo que se trata es si gobernar para los de “arriba” o los de “abajo”, volviendo así a los orígenes del debate: cómo, cuándo y de qué forma debe producirse y repartirse la riqueza. A raíz de esa afirmación, vale la pena recordar una de Ledezma realizada hace ya algún tiempo, en la cual resaltaba que el debate no era entre chavismo u oposición, sino entre “buenas” o “malas” políticas.

– En otras palabras, quienes afirman que las ideologías ya no valen, ni tampoco etiquetas como derecha o izquierda, al final descubrirán que dichos elementos en el fondo lo que intentaban decir es para quien hay que gobernar, siempre que tengamos presente que para unos, las “buenas” políticas consisten en gobernar para los de “arriba”, y que las “malas”, o “populistas”, son aquellas que gobiernan para los de “abajo”. Y viceversa.

– Dado el envenenamiento mental del chavismo, unido al pozo sin fondo de la ignorancia de sus bases y dirigencia media y alta hasta en las materias cívicas más elementales –no digamos entonces con relación a un elemental debate económico–, el diseño de un consenso económico nacional es complicadísimo, porque la desorientación llega hasta lo más profundo del mundo obrero organizado dado el insulso legado chavista que se puede resumir en que “ser rico es malo” -lo cual claramente no se aplica a sus jerarcas.

– Por todos estos elementos internos, entonces, adobados con esas realidades globales que influyen tan directamente como para haber desestabilizado por completo la dinámica petrolera, centrar con precisión el debate económico, y establecer las políticas adecuadas para superar los problemas, será dificilísimo, porque los elementos conceptuales son demasiado disímiles, y porque la prosperidad, aun suponiendo que se escoja la vía correcta, y que ésta sea compartida por una mayoría, tardará más de lo deseado.

– Es en este punto donde hay que recordar que la clave del éxito puntofijista, especialmente durante la primera década postdictadura, estuvo en que de aquel consenso se derivó la estabilidad financiera necesaria para transformar al país; por tanto, el postchavismo requerirá de un amplio consenso sobre el modelo liberal a adoptar, para producir riqueza, y sobre el papel estatal, para repartirla; éste será entonces el campo de confrontación, porque por ejemplo, la única forma de rehacer a PDVSA y a la CVG será con inversión y propiedad privada, mientras el Estado se dedica a lo suyo, que es captar impuestos y reconstruir instituciones; y la mejor forma de reestablecer la confianza y estabilidad empresarial es devolviendo lo expropiado –y lo robado– a sus legítimos propietarios, para que contribuyan a reconstruir la industria nacional. Quedaría solo por resolver el elemento clave de la estabilidad económica: un cambio de divisas libre, no solo como símbolo de confianza en el proceso, sino también como factor indispensable de todo el proceso.

– Por supuesto que todo ello debe ir sustentándose sobre una Ley del Trabajo sensata, y sobre un sólido acuerdo nacional que acepte que en un país en emergencia, el camino de reconstrucción será muy difícil y frágil, el producir y repartir riqueza son fases que no siempre irán paralelas, que a veces tocará más una que la otra y viceversa, pero que se puede salir de abajo siempre que el modelo económico consensuado sea capaz de durar  muchos años sin ser objeto de ataques de los oportunistas que aparecerán por el camino.

Hermann Alvino

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