Tarde, y mal.


late-to-work-300x197La unidad opositora venezolana –llamada MUD, para entendernos- difiere de otras organizaciones similares que en otros países se desempeñaron en el pasado frente a sus respectivas dictaduras. Lo primero que hay que resaltar es que acá no hay una dictadura clásica al estilo gorilista, sino una suerte de dictablanda, donde los militares, teniendo un poder más o menos similar al que disponen en un régimen tradicional dictatorial, se presentan de otra forma como producto de sucesivas elecciones en las cuales siempre triunfan –sea por amaño o por el enorme poder discrecional que otorga el uso inescrupuloso de la riqueza estatal, más la presión del Estado, para comprar voluntades, y que por el mismo hecho del acto electoral, la opinión pública interna y externa tiende a desacoplar a dichos militares de la conocida imagen gorilista.

Como consecuencia de permitir elecciones, inevitablemente se genera cierto margen de acción opositora, que culmina en triunfos en alcaldías y en gobernaciones, y aunque ciertamente esos éxitos puedan deberse más a descuidos y a pésimos candidatos del régimen, el hecho es que la oposición venezolana ocupa tribunas institucionales que les dan presencia, fuerza política, e influencia tanto social como económica. Todo hace pensar, entonces, que la presencia opositora es bienvenida por el régimen, porque refuerza su imagen de gobierno permisivo y democrático; sin embargo hay que acotar que la influencia opositora necesariamente debe ser limitada, y en caso de necesidad, controlada y redimensionada, porque de lo contrario el oficialismo comenzaría a desmoronarse exponencialmente, especialmente si por circunstancias determinadas el nivel de vida llegase a deteriorarse por debajo del umbral de aceptación del ciudadano medio que le apoya.

En el caso venezolano, esas circunstancias ya se están produciendo, sea por la bajada de los precios del petróleo, por el impacto que tiene sobre la renta petrolera el pago de la deuda externa contraída durante más de una década, por el modelo cubano adoptado para arrasar con la iniciativa y la industria privada, por la ineptitud generalizada para gobernar, y por la corrupción masiva, cual puntilla a la escasez de recursos necesarios para reflotar el nivel de calidad de vida.

Es desde esta perspectiva que se comprende el arrope del régimen hacia los diversos medios de comunicación, asfixiándolos o adquiriéndolos mediante testaferros, para imponer su versión de la realidad, y se hace cristalina la política del insulto, del desprestigio y de la falsificación de pruebas para deshacer cualquier imagen favorable de algún opositor incómodo, además de llevarlo a la cárcel por largo tiempo.

Con todo, la oposición institucional venezolana sigue viva, realidad muy diferente a la que existiría en una dictadura clasica, que prohíbe los partidos, para que sus miembros deban actuar durante varios años en la clandestinidad y estar sujetos a ser pillados y acusados por actos penados por leyes sancionadas a conveniencia; unas leyes que sin embargo ya existen en Venezuela, convenientemente mal redactadas, y por ello sujetas a la interpretación de la inefable Fiscal, del cínico Cabello o por cualquier funcionario malévolo. De ello se tiene como ejemplo el caso de Leopoldo López, de Siminovis y todos los detenidos políticos.

La MUD, por tanto, se corresponde con la existencia de partidos opositores, algunos con muchas décadas encima, y otros más recientes y que son conocidos por todos. Esa conjunción partidista, junto a su relativa fuerza institucional, hace que dicho frente común sea radicalmente diferente a los que existen en las dictaduras clásicas, porque allí dichos frentes, o coordinadoras democráticas, no pueden constituirse con partidos -proscritos como se dijo anteriormente, y por tanto sin poder actuar púlblicamente-, por lo que la tribuna opositora está en manos de personalidades diversas, profesores o rectores universitarios de gran relevancia, intelectuales, editores de medios, empresarios, voceros estudiantiles y obreros, etc.

En esos contextos, la selección de representantes y voceros del mundo opositor es un largo proceso que dependerá de la trayectoria personal de cada uno y no del peso político o partidista; y de ese selecto grupo eventualmente saldrá un candidato único apoyado por toda la oposición, para enfrentar al régimen cuando toque, como única forma de derrotarlo electoralmente, porque allí la oposición sabe muy bien que ir dividida al primer evento electoral, o incluso a un plebicito, que suele ser decisivo para el destino tanto de ella como del régimen, es perder de antemano.

Por estar compuesta por partidos –y no por personalidades. ni por movimientos sociales-, en el frente opositor venezolano, de partida no existe una solución realista para resolver el liderazgo y disponer de alguien que aglutine y armonice en una política común a dicho zoológico partidista. Hay que recordar que un rector marxista puede ponerse de acuerdo con un presidente de una confederación de empresas, y que un cura activista de barrio, o un dirigente sindical, pueden actuar conjuntamente con un propietario de medios de comunicación, porque sus planos de acción son y seguirán siendo diferentes, aun dentro del objetivo común de defenestrar a una dictadura; pero imaginarse una conjunción de esfuerzos entre dirigentes de la Causa R, de AD, o de Primero Justicia, ya no es tan sencillo, especialmente si ellos deben actuar en función de un candidato –sea Capriles, o como lo fue Rosales- ajeno a sus propias vivencias e intereses.

En otras palabras, paradójicamente, la existencia misma de los partidos venezolanos, solo posible por la rara configuración de la dictablanda chavista, ha complicado mucho la posibilidad de conformar un frente unitario.

La MUD lo intentó nombrando un “secretario ejecutivo” en la persona de Ramón Guillermo Aveledo, quien además de conocer a fondo la evolución del régimen, también vivió a plenitud la democracia prechavista desde cargos de altísima responsabilidad, y a quien se le consideraba ajeno a los intereses partidistas de los integrantes de la organización. Aveledo además mantuvo un altísimo nivel de debate y de imagen pública de la MUD, al punto que sería muy mezquino negarlo, incluso por parte de sus detractores radicalizados a partir de los intentos de diálogo con el régimen. Para algunos, dado el estilo Aveledo, la MUD perdió contundencia, aunque para otros ganó elegancia y prestancia, además de disponer de un enorme poder de convocatoria de esas otras personalidades institucionalmente indispensables, pero que por la misma naturaleza partidista del frente opositor, son excluidas o autoexcluidas de antemano.

La presión interna y externa, como producto del fracaso del diálogo y del claro distanciamiento hacia la MUD por parte de María Corina y López provocaron la salida de Aveledo, pensando que el problema era él, y olvidando que el problema está en la misma esencia de la MUD, porque resolver el liderazgo de la misma forma en que han procedido los frentes opositores comentados para otros contextos, acá no funciona, menos aun nombrando un activista de barrio que en un colegiado partidista no representa a nadie, y mucho menos si éste proviene de un entorno de izquierdas, cuando es evidente que los integrantes de la MUD mayoritariamente no lo son –aunque ello no le quite en absoluto su esencia popular- y que cualquier solución para sacar al país adelante pasa por una inteligente y equilibrada aplicación -tanto en lo político como en lo económico- de los postulados liberales.

Lo que en cambio habría que reconocer de partida es que cada partido hará lo que le vendrá en gana de acuerdo a sus legítimos intereses, como nadie sensato puede esperar que María Corina obedezca a las directrices de una organización que más bien parece un ornitorrinco político, o que Leopoldo López haga lo mismo, o que el mismo Capriles sea capaz de armonizarlos a todos -en dos oportunidades, ya se vio que eso es imposible.

De manera que haber nombrado a un nuevo secretario ejecutivo fue un doble error; primero por la esencia misma de la MUD, y segundo, por el elegido para el cargo.

Con relación a lo primero, esta MUD, constituida de esta manera,  debería disolverse, dada la imposibilidad que supone entregarle desde ahora el liderazgo político –el que cuenta frente al país nacional a la hora de tener una referencia- a un candidato presidencial, y lo irreal que tambien supone que los partidos más pequeños cedan el liderazgo organizativo al que actualmente es el más grande, o tiene más poder institucional en alcaldías, o el que obtuvo más votos en las últimas elecciones. Visto lo visto, los partidos deben actuar libremente para mostrarse al país sin un frente político que los condicione o mediatice. Y repetimos, otra cosa sería si los partidos no existiesen, pero dado que existen y no cederán, pues que actuen , pues, y luego vemos.

Con relación a lo segundo, la MUD, ya asumido el error de seguir existiendo como tal,  ha cometido un error al designar a Torrealba como secretario ejecutivo y vocero unitario, puesto que no se trata acá de asegurar de que extrañaremos la elegancia y el alto nivel impuesto por Aveledo, sino de que ese nombramiento refleja, por su tardanza además, lo denso de una madeja de intereses y contradicciones que le han quitado altura de miras a esa mesa, cerrando la puerta a personalidades cuya imagen de estadista y prestigio personal serían mucho más compatibles con las raíces mismas de la mayoría de esos partidos., si es que éstos realmente se corresponden con sus respectivos estatutos.

En este sentido, a Torrealba nadie le quita lo activista –su compromiso con los barrios-, ni lo “popular” –dada su presencia mediática en ciertos estratos sociales-, aunque todos sabemos que la popularidad es asunto de marketing político, y que el activismo es lo que deben hacer los cuadros partidistas.

Lo que parece que se nos ha olvidado es que en esa mesa unitaria, de aceptar su existencia, lo que debería privar es la visión de Estado que se nos perdió hace más de tres lustros.

Hermann Alvino

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