Gasolina


imagesEl precio de la gasolina en Venezuela, aun creyendo firmemente en un Estado que puede y debe subsidiar a ciertas áreas de la vida ciudadana, es un crimen financiero y político, además de constituir un delito, ético y cultural.

Todos sabemos que Venezuela lleva un siglo dependiendo casi exclusivamente de esta  renta, y aunque durante la democracia dicha dependencia iba disminuyendo poco a poco, con el chavismo se volvió al pasado, pero ahora con un colapso general de alternativas industriales y agropecuarias que sugiere que, al golpear financieramente a la industria petrolera, literalmente no habrá comida para quienes dependen de esa maldita renta. O sea, a nosotros mismos, para entendernos.

Malgastar los beneficios de un subsidio puede catalogarse como irresponsable, o inconsciente, pero golpear a la entidad misma que genera ese dinero, es una estupidez. Y éste es el caso del chavismo hacia PDVSA y a la gasolina.

Vale así recordar la eterna muletilla aquella, cual paradigma que reza “el petróleo es de los venezolanos”, y por tanto que hay una suerte de derecho de nacer, que implica acceso preferencial a esa riqueza mineral. Pero el hecho de que la Providencia le haya dado tanta riqueza a esta tierra no supone que haya que regalarla, ni siquiera a sus propietarios –nosotros-, ni obviamente tampoco a los cubanos, ni a los nicaragüenses, ni a los argentinos, sirios, ecuatorianos, libios, iraníes, chinos, ni a los vecinos de Harlem. A nadie, pues: porque cualquier bien de consumo hay que ganárselo: los de fuera pagando el precio de mercado de esa –nuestra- mercancía, y los de dentro, produciendo para también pagarlo a esos precios, aunque eventualmente apoyados por un Estado que se dedique a crear las condiciones que permitan a todos tener igual oportunidad para prepararse, trabajar, y properar. Y son esas condiciones las que constituyen el eventual subsidio selectivo, para que todos, al final tengamos la opción de nivelarnos por arriba, y no por abajo, como está haciendo con el país esta gentuza que gobierna.

Con ese criminal criterio “subsidiador”, y considerando que el mineral de Hierro guayanés también es autóctono ¿por qué no regalar las cabillas, o venderlas a precio irrisorio? ¿y por qué no subsidiar la cerveza, que viene enlatada en recipientes de Aluminio, cuyo mineral también es autóctono? ¿Y por qué no subsidiar la madera de las plantaciones de pino Caribe de Uverito?. ¿Y la electricidad que se genera con las aguas nativas del Caroní, por qué no regalarla también? Total, la lluvia que engrosa ese inmenso caudal de agua, también es nuestra.

A nadie se le escapa lo absurdo de este razonamiento -aunque la CVG, y el resto de empresas hayan colapsado por razones diferentes-, y de que si no se aumenta la gasolina a su precio adecuado, se le estará dando otra vuelta de tuerca al garrote que asfixiará PDVSA, pero que de aumentarlo a ese nivel que la salud financiera corporativa exige, la pelotera que se armaría en este país sería muy inquietante…aunque encarar esta realidad debería ser parte de la responsabilidad de quienes aspiran a gobernar con sensatez, y no a golpe de encuestas, ni de ideologías caducas y preñadas de infelicidad para sus destinatarios.

El debate en esta materia es real, y tiene consecuencias, cualquiera sea su desenlace –si CAP II hablara…-; pero el problema es que la base misma del dilema que le sirve de sustrato, es falsa, al asentarse sobre ese paradigma que se viene arrastrando desde que en Venezuela comenzó a salpicar oro negro del pozo Zumaque, no solamente por ese supuesto acceso preferente al petróleo –o a la gasolina, que es lo mismo- sino porque ni siquiera roza el asunto de la ética sobre el uso de los recursos no renovables, esto es, su optimización para preservarlos, impactando en la menor escala posible al clima y al ambiente en general.

Recordemos que un dilema no es tener que decidir entre dos opciones -éticamente válidas- beneficiosas para todos, o entre una beneficiosa y otra perjudicial, porque en estos casos la solución es obvia. Los dilemas verdaderos son entre dos opciones éticamente válidas, pero que ambas causan daño, sea porque la vida a veces es injusta, o por consecuencia de haber estado corriendo la arruga durante largo tiempo, esperando que las cosas se arreglasen solas, para que al final, e  inevitablemente, alguien termine presentando la factura a pagar. Y éste es el caso, aunque los políticos de la democracia aun se nieguen a reconocerlo, y los de esta dictadura anden loqueando en su intento de evadir públicamente el asunto, culpando al pasado –cierto en parte, por lo demás-, o prometiendo orientar los eventuales recursos adicionales a ayudar a la gente, cual mentira descarada, porque esos ingresos solo servirán para pagar la monstruosa deuda financiera creada durante estos quince años.

El dilema entonces es escoger entre el exterminio de PDVSA –con las consecuencias de hambruna mencionadas- y el despelote que significará la rebelión de todo un país muy mal acostumbrado a gastar gasolina –y energía, y agua, etc…- sin límites.

Ciertamente, los dirigentes de la democracia debieron ir ajustando el precio de la gasolina a medida que la realidad operativa y económica lo iba imponiendo, y debieron educar a todo un pueblo –comenzando por ellos mismos, y cambiar obviamente su propio comportamiento personal-, pero no lo hicieron, transmitiendo íntegramente esa matriz cultural al régimen que los sucedió, y al pueblo chavista, quien siendo igualmente tan irresponsable como el anterior pueblo democrático, ahora está consciente de su poder como tal, aunque al igual que los jerarcas chavistas, sigue incapaz de siquiera sospechar el alcance de su ignorancia económica y malos hábitos de consumo energético.

Esto hace casi imposible resolver el dilema por las buenas, porque ahora, toda la dirigencia política del régimen y (casi toda) la opositora, no solo están secuestrados por ese paradigma del trato preferente de la riqueza nacional para con los conciudadanos, sino por el temor de la reacción popular, que ya mostró sus dientes en el Caracazo, y que perfectamente lo volvería a hacer, pero esta vez dirigida por “colectivos” y “milicianos”.

Las consecuencias de atarse a un paradigma pueden causar risa y tragedia; por ejemplo, durante el gobierno de LHC, para disminuir los atracos, a alguien se le ocurrió prohibir la circulación de motos con asiento “parrillero”, lo que recuerda la anécdota de quien vendió el sofá sobre el cual su pareja le era infiel, o quien rompió el termómetro para combatir la fiebre, lo que a su vez se asocia con las medidas y estructuras que crea el régimen para mantenerse dentro de paradigmas conceptualmente ridículos y probadamente fracasados, como el control de cambio (error ya arrastrado desde la democracia y creador de un inmenso entorno de corrupción), o el cierre de fronteras para evitar el contrabando de gasolina, en un diabólico suceder de complicaciones adicionales para todos los venezolanos decentes (más no para los corruptos y vivarachos, que se aprovechan de estas barbaridades), que en el futuro harán casi imposible la gobernanza para quien intente salir de este laberinto estatal, que nos recuerda El ogro filantrópico de Octavio Paz.

Claro que estamos refiriéndonos a esa parte del régimen que cree en esos paradigmas, no a los que los han consolidado para controlar a la población y perpetuarse en el poder (eso es otra historia), y a aquellos políticos demócratas que nunca se atrevieron a avanzar para entrar en este cruel siglo XXI, dentro del cual, querrámoslo o no, hay que actuar con reglas de juego adecuadas para sobrevivir como país y como sociedad próspera (hacerlo como estado fallido es muy fácil, puesto que basta seguir como estamos).

La gasolina, en síntesis, debe venderse al precio que ésta vale, esto es, la suma de los costos de producción, mantenimiento, distribución, marketing, más lo necesario para reinvertir en tecnología, ampliación, etc., quedando claro que el debate sobre el destino que los farsantes que gobiernan este país dispondrán para esos ingresos adicionales es otro asunto, muy serio sin duda, pero de otra índole.

Hasta aquí seguramente los liberales y neoliberales estarán totalmente de acuerdo. Pero a ellos hay que recordarles que en el mundo entero su prestigio está muy deteriorado, por los carteles de precios que han creado, por la farsa en materia de adjudicación de grandes obras, por producir en China -a precios chinos- y vender en Occidente -a precios occidentales-, y en general por haber secuestrado a las instituciones políticas, por estar permanentemente recordando la necesidad de preservar esa mano invisible -y supuestamente autoreguladora- de la economía mientras ellos andan con un garrote, no solo para defender privilegios -que gracias al poder que ya tienen son autosustentables- cuyo origen legitimador es solo producto de sus fantasías, sino para golpear a esa mano, cuando de vez en cuando a ésta se le ocurre encarnarse en instituciones que quieren equilibrar cargas y oportunidades de vida.

Porque también hay otro debate, cual es determinar -entre otros sectores de la actividad ciudadana- las áreas donde el Estado debe subsidiar para que ese impacto energético no aumente la brecha social, y la desigualdad, que en todo el mundo esos personajes “libertarios” han contribuido a ampliar a límites intolerables.

La gasolina es un bien de consumo que además hay que pagar a su precio real por el bien de la industria petrolera, por el ambiente, y para cambiar hábitos de consumo energético; y todo indica que si el régimen sigue sin resolver el dilema real mencionado, las consecuencias serán cada vez más graves, mientras que la legítima desconfianza de quienes creen sinceramente en el ajuste -pero no lo aceptan sin una definición previa y clara del destino de esos eventuales ingresos- tampoco ayuda, aunque en justicia, hay que apuntar que éstos últimos no tienen poder alguno de decisión. Su sospecha es sólida: las cuentas del régimen son inauditables, la deuda total se estima en 200 mil millones de dólares, y nadie puede explicar cómo se ha llegado a un déficit fiscal que para el 2014 será de 14.7% del PIB (http://goo.gl/U6pO6n) -una monstruosidad comparado con el techo del 3% en la Unión Europea.

Demasiado dinero maula pues,  como para no desconfiar, mientras PDVSA se hunde diariamente cada vez más, e infortunadamente, salvo algunas iniciativas para desarrollar un genuino y sano Principio de Subsidiariedad del Estado –como las de la plafatorma Punto de Encuentro, entre otras-, en este aspecto decisivo para su desarrollo integral, el país no se da por enterado.

Y para no echarle gasolina subsidiada al debate dentro de la oposición, mejor dejar las cosas hasta este punto, y sobre lo que allí se dice y se propone en esta materia, que cada uno saque sus propias conclusiones.

Hermann Alvino

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