Los dueños del circo


head coachAlguien tenía que ganar, porque el deporte es así, aunque el fútbol esté pasando a ser más un espectáculo que un deporte propiamente dicho, lo cual no excluye una inmensa condición atlética, como la de quien trabaja en un circo.

El verdadero deporte ya se definía hace 2300 años en los juegos olímpicos de los griegos: más alto, más fuerte, y más rápido, aunque se haya impuesto la frase en latín, y no en griego antíguo citius, altius, fortius.

Deporte es el atletismo, la natación, el descenso con esquís, las carreras sobre hielo con patines, el ciclismo, y cualquier otra actividad, que incluso utilizando artefactos como las raquetas del tenis, o la garrocha para saltar, permita a los jueces, jurados, o árbitros, medir objetivamente las diferencias entre los resultados de las respectivas actuaciones de los participantes, utilizando un reloj, una vara de medir, o una balanza, para comparar tiempos, distancias, y pesos, que son las tres magnitudes fundamentales en estos casos. Y eso incluye la esgrima, donde la luz que delata cada touché es el transductor de esa distancia que fue necesaria para tocar al adversario. Por su parte, el golf no mide distancias, sino número de intentos para meter la bola en un hoyo, y como eso también es objetivo, pues también lo convierte en deporte.

Deporte, entonces, no es la actividad donde hay una valoración subjetiva por parte de un árbitro. En este sentido el fútbol no lo es, como no lo es del todo el mismo boxeo, porque cuando no se produce un knock-out,  el resto es valoración de los jueces que asignan puntos (por eso hay varios jueces, para compensar, si cabe el término). Tampoco lo es la natación sincronizada, o el patinaje artístico, o la gimnasia artística, porque ganar o perder depende de un jurado que evalua subjetivamente cada ejercicio obligatorio establecido en el torneo. En todo caso estas actividades son un espectáculo que equivale a un torneo de música clásica, donde compiten concertistas con piezas acordadas de algunos autores, para que un jurado decida quienes se expresan con una mejor calidad técnica, y lo más importante, con una sensibilidad que subjetivamente se asocia con la intensidad de los sentimientos del autor de cada pieza.

En Brasil y Argentina, o Uruguay, el fútbol -desde la perspectiva del fanático- más que un deporte a seguir, o un espectáculo –de acuerdo con lo expuesto acá- es una enfermedad, y ello está intimamente relacionado con una combinación histórica de factores, como el ver con gran satisfacción a un vecino de pobreza jugando en un equipo importante, cual testigo de haber podido salir del ghetto, o inventarse un “alma” nacional que permita desviar esa porción de frustraciones colectivas de los países subdesarrollados -cuya causa éstos le asignan a las potencias imperialistas o colonialistas-. Es una enfermedad impensable en la Europa seria, capaz de generar grandes disturbios sociales, e incluso decidir la suerte de una elecciones presidenciales.

En Italia, por ejemplo, un país que desde hace décadas está virtualmente fuera de control, el fútbol ha pasado a ser un simple espectáculo que representa un enorme negocio para sus gestores, como Berlusconi,  cuya acción antideportiva ha sido comprar estrellas ya hechas y desdeñar por completo las canteras de jugadores, cargándose así cualquier posibilidad de relevo a futuro. El problema en Italia durante este mundial no fue su selección nacional, sino la licitación para la retrasmisión de los partidos de liga: se los repartieron dos grandes cadenas, y no con el criterio de la mejor oferta para la liga –esto es, quien ofrecía más dinero- sino “equilibrando” a los grupos televisivos. Así de simple (http://goo.gl/zZ3LqD).

España va por el mismo camino -con eso de las adquisiciones-, porque la cantera del Real Madrid no es considerada seriamente por el equipo principal, quien compra estrellas ya hechas, y eventualmente las revende con grandes pérdidas, disfrutando aun con la plusvalía de ciertos arreglos inmobiliarios permitidos por gobiernos locales y nacionales amigos de ese grupo empresarial (http://goo.gl/3DwXEy). Por su parte, el Barcelona, que sí tiene un sistema sociodeportivo propio y exitoso, también compra estrellas internacionales, y con ellas hace trampas fiscales (caso Neimar http://goo.gl/rqYLsN). Y para remate de todo esto, la complicidad del gobierno con el circo para los electores es tal que los equipos en general no le pagan a la Seguridad Social los aportes a los que le obliga la Ley, como a cualquier empleador (http://goo.gl/eN7Fwb).

Los resultados italianos están a la vista, y los españoles delataron el espejismo que vive ese país con el fútbol. Pero los resultados latinoamericanos también, puesto que de allí nacen estrellas como Maradona o Messi, y otras algo menos brillantes -pero igualmente grandes-, que solo saben jugar genialmente sin ser parte de un colectivo, porque el sistema mismo es inexistente, y allí está la diferencia con Alemania, Holanda, y Francia -y otros países europeos, aunque aun no madurados como para ser protagonistas de primer orden en un mundial de ese deporte-, porque en Alemania, por ejemplo, los accionistas son los propios aficionados, quienes deciden en el consejo directivo de cada equipo; incluso si éste es propiedad de una gran empresa como la Volkswagen, hay reglamentos muy estrictos sobre sus márgenes de libertad gerencial. Allí es obligatoria una determinada inversión en la cantera a partir del fútbol organizado para chicos de 12 años de edad, hay un sistema educativo que armoniza la práctica deportiva como futuro oficio con una preparación cultural que será determinante cuando ya no se pueda ser un jugador de élite, hay un merchandizing inteligente que compite con los mismos ingresos de la televisión, etc.

Todo ello ha constituido una máquina humana y organizativa que hace que el fútbol, tanto en Alemania, como Holanda, Bélgica, o Francia, logrando o no un campeonato mundial –que depende de tantos factores, incluyendo la suerte-, haya estructurado un entorno útil a la sociedad en general, además de un entretenimiento masivo y la generación de muchos empleos (http://goo.gl/rtjV2q).

Tal vez la mejor representación de un sistema serio y eficaz la tengamos en las fotos del equipo técnico holandés, que a lo largo de cada partido se ha visto sentado, sereno, bien vestido, tomando notas y comparando estadísticas (http://goo.gl/6mPAUN), al punto que el entrenador Van Gaal, basado en esos números, en una tanda de penalties sustituyó al portero titular por el segundo suplente de esa posición -a cuenta de ser unos 10 centímetros más alto y por tanto más capaz de parar o desviar tiros extremos.

Ganó el partido, aunque pudo perderlo, dado lo azaroso de estos lances de pena máxima. Pero en el partido siguiente, no pudo hacer el mismo cambio, y perdió. Y con ello le ha dado un insospechado empuje a la credibilidad de las estadísticas.

Y todo esto a pesar de la FIFA, un Estado dentro de los Estados, al cual los gobiernos permiten y alcahuetean decenas de irregularidades y de delitos, incluyendo el tráfico de influencias para ganar votos de los delegados miembros de la organización en cada país, para votar la escogencia de las sedes de los campeonatos mundiales, europeos, africanos, asiáticos y suramericanos, y la misma reventa de entradas con empresas testaferro; porque el negocio de la FIFA, gracias a la televisión, las marcas comerciales, y los financiamientos oficiales, ha adquirido un volumen tan grande que ahora es imposible limitar sus influencias y deformaciones al involucrar a los mismos sistemas políticos y comerciales globales. A lo descarado de la escogencia de  de Qatar y los rumores sobre el mar de fondo que hubo en ello (http://goo.gl/n73kT3), se une el latrocinio en la construcción de la infraestructura del campeonato reciente (http://goo.gl/LHA5k9) y el escándalo de la reventa de entradas (http://goo.gl/2Rv9fU); todo ello como elementos de un mosaico coherente con todo lo que se sospecha y se sabe de esta organización semimafiosa.

Tal vez la única cura frente a tanta indignidad sea que de repente, un país importante se retire de la organización, para iniciar una cadena de limpieza. Quien sabe.

Mientras tanto los estadios se llenan con gente honesta que compra las entradas por la vía legal y gente más desesperada –y muy estúpida- que se gasta lo que no tiene comprándoles a revendedores; y en países determinantes para este deporte, el consumo ciudadano disminuye por las cada vez más frecuentes crisis económicas, y por tanto las empresas tienen menos recursos para publicidad televisiva, lo cual a su vez repercute en los montos de los paquetes económicos a ofrecer para retransmitir los partidos, y con ello los equipos y las federaciones tienen menos recursos para sus correrías. Quien sabe pues, si también una crisis económica global pueda ser el agente limpiador de tante porquería.

Pero como éstos son solo escenarios, la realidad concreta es que hay reglas y procedimientos que se podrían cambiar si no fuese por la mediocridad conceptual y la avidez de los bolsillos de la dirigencia futbolística. Ejemplo de ello es la selección de las sedes de los campeonatos mundiales, cuya época del año coincide con altas temperaturas que deforman al deporte mismo -por algo las ligas de esos países no se juegan en esa época-, al transformarlo en un simple evento de condición atlética frente al vapor, la humedad y la temperatura, en vez de lo que realmente debería ser: una competición de habilidades concretas, individuales y colectivas.

También hay detalles como la selección de árbitros y jueces de línea, descaradamente ciegos y disimulados, o insulsamente ineptos, por aquello de haber sido escogidos de todos los países que participan en un campeonato. Ineptitud pues de la dirigencia, y complicidad de ésta para ganar votos.

Esa humedad y vaporón son factores tan importantes como para incluso ahorrarse la prórroga de dos cuartos de hora para pasar directamente a los penalties, aunque estos últimos sean una solución repugnante -pero inevitable, puesto que sería imposible realizar otro partido- si persiste el empate, aunque si realmente se asume como repugnante el recurso de los penalties, también se podrían cambiar las reglas del campeonato, para que al final del partido, de persistir el empate, pueda recurrirse a otros parámetros que cada equipo haya forjado durante el campeonato, como goles a favor y en contra, puntos, etc, de forma que habrá que hacer buenos partidos desde el mismo inicio del torneo, minimizando así ese factor suerte, al cual apeló “Messi” mientras explicaba la derrota argentina.

Se puede hablar también de la ceguera arbitral sobre el fuera de juego, y lo sencillo que resultaría que la jugada se completase, para luego ver la repetición y eventualmente anular el gol, si éste llegara a producirse. La ridiculez de la FIFA se confirmó con el anuncio entre bombos y platillos del llamado “ojo de halcón” para detectar los “goles fantasma”, pero solo hasta allí, porque de que los árbitros rectifiquen luego de ver una repetición –ahora incluso presente en el béisbol de las Grandes Ligas y desde hace décadas en el fútbol americano-, nada de nada.

Los cambios de jugadores lesionados, por su parte, están al mismo nivel que sus victimarios, porque si el árbitro no expulsa a quien lesiona un rival, y el equipo de este último ya había completado tres reemplazos, pues se queda con uno menos. Y eso no tiene sentido alguno, ni deportivo ni moral. El baloncesto puede enseñarle mucho al fútbol en esto de los reemplazos, y los árbitros podrían ver jugadas de apelación –reglamentadas con sentido común- para decidir una expulsión en segunda instancia, y sin perder mucho tiempo.

Son entonces necesarios cambios de paradigma para un deporte degenerado en espectáculo, y por tanto con cada día menos honra histórica que defender, y por tanto fácilmente implementables. Espectáculo sin duda, pero con una rápida evolución atlética que ha conllevado la necesidad de decidir acertada e inmediatamente sobre incidencias cuya rapidez y contorno milimétrico superan al ojo humano, de allí la necesidad de la tecnología –hasta el más tradicional deporte como el tenis la ha adoptado- para apartar la necedad esa de que “el error es parte de este deporte”.

Son cambios que podrían contribuir a mejorar la desidia y mediocridad gerencial de tanta dirigencia deportiva, incluso los entrenadores y médicos deportivos, cuyas vacilaciones se delataron con el caso del delantero estrella del Atlético de Madrid, lesionado días antes de una final importantísima para su equipo, pero que insistió en jugar -porque decía que estaba capacitado para ello- para recaer al poco de empezar el partido, y transtornar con ello toda la estrategia de un entrenador y unos médicos que se la dejaron colar. Para darle el toque cómico a la tragedia el jugador insistió días antes en tratarse con líquido amniótico de la placenta de una yegua (http://goo.gl/Ry6JBq).

Lo mismo puede decirse de la evidente conmoción cerebral de un jugador alemán en la misma final del campeonato, a quien, en claro estado de mareo y desorientación, el entrenador y el médico le permitieron seguir jugando varios minutos, arriesgando así su propia vida. O el más reciente caso del ciclista Contador -que en una etapa del Tour de Francia, se dio un tortazo en plena bajada y a toda velocidad- a quien el médico le permitió seguir pedaleando con una fractura en la tibia, cosa que a los pocos minutos lo inutilizó por completo.

Es imposible que en estos episodios no se sospeche de la influencia de las grandes marcas comerciales que patrocinan equipos y jugadores, y que a veces hacen el ridículo, como es el caso de la entrega a Messi del trofeo como mejor jugador del mundial frente a las narices de la misma FIFA, del mismo Messi, y de quienes le “aconsejan”, que bien lo podían rechazar. Pero el dinero pesa demasiado en sus cabezas.

Pero es lo que hay; ojalá fuera tan sencillo cambiar paradigmas, sacudirse tanta mediocridad y avidez, y desmigajar tanta complicidad y cobardía, porque el mal viene de muy atrás, cuando se mezcló el deporte, el dinero y la política –o el poder-. Dentro de un par de años vendrán los juegos Olímpicos, y ya habrá mucho que hablar de ellos en esta materia, y se repetirá la historia del latrocinio impune, hasta que se termine, o hasta que la gente escoja otro circo, con otros dueños, para inevitablemente volver a repetirlo todo.

Hermann Alvino

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