Ni juntos ni revueltos


123Las críticas hacia la MUD por parte de los más impacientes son comprensibles. Pero esos críticos también deben comprender la lógica en la estrategia del diálogo, porque de lo contrario, la brecha opositora crecerá a expensas de la posibilidad de salir de este régimen corrupto y represivo.

Todos sabemos que este gobierno es ilegítimo de raíz: Maduro nunca debió encargarse de la presidencia -aunque visto en retrospectiva, el escenario de un Cabello como presidente encargado es espeluznante-, tampoco debía ser candidato, y además perdió las elecciones. Pero el mundo, y el poder, no se mueven por lo legal, sino por los hechos cumplidos, sean o no legales, y por tanto la realidad no se puede eludir, aunque sea un absurdo condicionado por el CNE y el TSJ.

Por tanto, el interlocutor de la oposición es el régimen castromadurista, por la sencilla razón de que es lo que hay allí, en el poder.

Ya de partida estaban las sospechas de muchos, y el convencimiento de otros, de que cualquier intento de diálogo, o mejor dicho, de lograr que el régimen ceda de forma pacífica y voluntaria en algunas cosas, iba a ser en vano, en virtud de su misma naturaleza totalitaria. Pero ese intento de haberse sentado con esa gentuza para que confirmase su intolerancia, unido a su frontal represión en las calles, ha contribuido de manera irreversible a desenmascararlo ante el mundo civilizado, desmontando también toda la argumentación de la intelectualidad de la izquierda internacional, desde la del hipócrita uruguayo Mujica, hasta la izquierda europea que ha apoyado al régimen desde sus mismos inicios hace tres lustros, aunque éste no sea del todo incondicional, dadas las prebendas de las que ha disfrutado derivadas de la diplomacia petrolera.

En ese desenmascaramiento, guste o no, desde sus propios frentes han contribuido -y se han complementado- tanto dialogantes como revoltosos.

Y este evidenciar -una vez más- de la verdadera esencia del régimen, para un país ahora apátrida, aislado de las instituciones internacionales que defienden derechos humanos, o de millones de gentes que lo único que saben de este terruño es que es un mero exportador de petróleo, es un punto muy importante.

Tiene sentido pensar que tal vez la MUD dialogante asumió que la progresiva debilidad del régimen lo había puesto en una situación de relativa necesidad que lo obligarían a negociar y ceder, aunque sea un poco. Después de todo, el descontento derivado de la escasez de alimentos y otros bienes de consumo básicos, la criminalidad, el colapso productivo, y en general el caos por falta de gobernanza sensata, también toca sufrirlo a las bases chavistas. Y es de libro que obligar a alguien a dialogar es un acto de fuerza, aun siendo éste de naturaleza pacífica, que puede derivarse tanto por una mayor fortaleza adquirida por una parte, o como es el caso por una debilidad adquirida por la otra, porque la posición no controla prácticamente nada significativo en el andamiaje del poder nacional, y el régimen se ha debilitado hasta el punto de tener que recurrir a represión extrema en las calles, mientras apaga los fuegos de su propia disidencia interna.

La impresión opositora sobre esa debilidad era la correcta, el problema es que el régimen no es único ni monolítico -y allí falló en algo la apreciación-, porque Maduro no es un líder indiscutido, sus ministros lo son menos aún -todos ellos son prescindibles al no tener ningún liderazgo-, Castro domina la administración pública, más no todas las fuerzas armadas ni toda la Asamblea Nacional, y Cabello sigue suelto, desbocado en un radicalismo que siempre busca desbaratar cualquier eventual intención por parte del gobierno en acordar algo con la MUD. Porque él tiene sus propios planes a futuro.

Visto pues que es prácticamente imposible resolver nada en esa mesa del trasnocho, tampoco vale hacia la MUD eso de que “se lo dijimos”, porque incluso los más radicales callejeros saben que los intentos de diálogo con los dictadores son un rito necesario, y saben que en parte son una apuesta que a veces logra ciertos avances. De forma que con sentarse a escuchar las tonterías del régimen no se perdía nada, y sí se podía ganar algo -dada la debilidad comentada- al menos en materia de libertad para los detenidos, o incluso en materia económica. Tampoco se perdía tiempo, porque la revuelta callejera no está en condiciones de tumbar a ningún gobierno, al menos no sin un compromiso más generalizado del pueblo opositor y parte de las bases gobierneras, y que la MUD dialogante se sumase a esa revuelta no iba a hacer ninguna diferencia decisiva -el pueblo adeco, por ejemplo, que aún es mucho, no iba a salir a la calle porque Ramos Allup así se lo indicase, sino que lo hará cuando su hartura alcance un umbral determinado, como el de todo el país en general.

Lo que en cambio se ha perdido es liderazgo, ante la opinión pública, ante los enfermos desatendidos o los dolientes de tanto preso y muerto, que no tienen por qué entender estas sutilezas; al no haber logrado avance alguno, al menos hasta ahora. Pero esa pérdida de liderazgo también afecta a los impacientes, porque desde la calle tampoco se han logrado avances. Incluso asumiendo la buena fe de unos y otros, y no basándose en apuestas futuras de poder, sabiendo también que hay opositores disfrazados de MUD y de revoltosos, que tienen vasos comunicantes con el régimen -negocios e intercambio de información política-, al punto que hasta es creíble que algunos de ellos se hayan dirigido a la Subsecretaria de Estado de EEUU para la región, intercediendo para que no penalicen en aquel país a los corruptos y represores que más destacan en estos tiempos.

Hay que partir de esa buena fe, porque al final será inevitable que dialogantes y radicales se pongan de acuerdo en el frente común -electoral, o quien sabe de que otra naturaleza- para derrotar a esta gente. El problema del diálogo es que va en contra de la tendencia de estos tiempos -Rusia en Crimea, China en los mares que la rodean, EEUU en Irak, Israel en los asentamientos dentro de Palestina, etc.-, porque el siglo xxi ha entrado con mal pie, cuando quienes deberían servir de referencia diplomática, no utilizan ese instrumento para resolver conflictos, o cuando quienes presuntamente son ejemplo de libertad y democracia, no se someten a las cortes internacionales que ellos mismos han contribuido a crear, etc. Volvemos, si se quiere, al siglo xix; y eso, Chávez lo percibió de inmediato.

Estos son los tiempos en que vivimos, y los venezolanos no escapamos a esa centrífuga que nos proyecta con violencia a esa realidad de los hechos cumplidos. Por tanto, se requiere sensatez y sentido de la realidad de parte y parte, porque si bien el tiempo sigue pasando, y algún día llegarán las elecciones, no es menos cierto que la calle sigue viva.

Tal vez sea hora propicia para que los verdaderos -y disímiles- protagonistas de esta oposición, se reúnan para sincerarse y resolver estas contradicciones de una buena vez.

O para decidir -y anunciar- que cada uno irá por su lado. Al menos así cada uno de nosotros sabrá qué hacer.

A lo mejor ya lo han hecho, y no nos hemos dado cuenta, y por eso no estamos ni juntos ni revueltos.

Hermann Alvino

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