No hace falta ser comunista…


ok– A inicios de los años 80 del siglo pasado, la visión de la economía y de la sociedad de Ronald Reagan se fue extendiendo paulatinamente por todo el mundo, junto a la de Margaret Thatcher, para conformar un cuadro de políticas neoliberales que ya ha condicionado las vidas de dos generaciones: el Estado es un intruso, y la iniciativa privada, sin riendas y hasta liberada de la ética protestante del trabajo duro y honesto, está destinada a ser la salvadora de la sociedad.

– Esa visión triunfó en aquel mundo aún bipolar -China todavía se desperezaba-, donde la URSS estaba ya carcomida por la corrupción de sus gobernantes y la desidia ciudadana -males que aún consumen a la misma Rusia-, y donde el crecimiento y la prosperidad de la mayoría de los países del llamado “Tercer Mundo” estaban secuestrados por estados hipertrofiados, luego de que sus élites gobernantes se limitasen a copiar los esquemas políticos de las socialdemocracias europeas, sin cuidar el sustrato social y económico que hizo posible el “estado de bienestar” o Welfare, cual milagro europeo posterior a la Segunda Guerra Mundial, creando así una enorme deuda externa e interna. Una deuda que ahora acosa a esa misma Europa, al abusar durante dos decenios de la bonanza que se derivó de esa victoria de Occidente sobre el comunismo, lo que nos recuerda el caso Venezuela, cuando aumentó súbitamente la renta petrolera durante el primer gobierno de CAP.

– Reagan y Thatcher supieron darle expresión concreta a esa ideología neoliberal, que unida a la fuerza de la potencia norteamericana, terminó de desmoronar a la URSS, e imponer las recetas económicas conservadoras tanto en Europa como en Latinoamérica, además de irse colando en el continente africano, en el Sureste asiático post Vietnam, y obviamente en una China que lo utilizó (y utiliza) a mansalva para su desarrollo.

– El predominio neoliberal ha sido denso y ubicuo, al proyectarse desde los gobiernos que lo adoptaron y las universidades más influyentes del planeta, que iban formando las élites técnico-económicas que coparían todas las instituciones internacionales. La tarea se complementó con la influencia de los lobbies de los parlamentos del mundo desarrollado, y con el martilleo de los medios de comunicación más influyentes y con evidentes vasos comunicantes con las empresas y bancas globales.

– El efecto ha sido la existencia de un discurso único en materia económica y social: el Estado es un incordio al que hay que arrinconar para que moleste lo menos posible a la iniciativa privada, mientras cada ciudadano se busca la vida como puede, puesto que ya no podrá contar con un “estado de bienestar”, que a juicio de los representantes neoconservadores, es económicamente una aberración insostenible e ilegítima, por invadir ámbitos de la vida personal -aunque las religiones de esas élites, la católica y la protestante, hagan eso mismo- y por imponer una misericordia social irreal e incorrecta.

– Los efectos de esta ideología no han sido alentadores, como la impunidad de facto de los ejecutivos financieros para colocar masivamente en todo el planeta muchos productos financieros derivados, considerados como “basura”, característica ésta ocultada por las agencias de calificación de deuda; se tiene también un aumento del racismo y la xenofobia dentro del mercado laboral, al producirse la sinergia entre esas élites económicamente neoliberales con las ideológicamente más conservadoras -algunas colindantes con el fascismo mismo, y las variantes de fundamentalismo católico y protestante-; y los recortes en materia de políticas sociales, como la educación, cuyo resultado ha sido un par de camadas de ciudadanos algo ignorantones y frívolos, que se limitan a “manifestar”, pero que son incapaces de reaccionar -por su deficiencia formativa- con líneas argumentales sólidas, en una sociedad excesivamente escorada hacia lo audiovisual breve, impidiendo así el razonamiento pleno, y por ello la crítica contundente.

– A su vez, lo del Estado como un ente incómodo -aunque imposible de erradicar por completo- ha tenido dos efectos directos y relacionados entre sí, porque al disponer su arrinconamiento reduciendo el gasto social, ya no hace falta tanto dinero para mantenerlo, y por tanto se pueden bajar los impuestos, lo cual se iba a hacer en todo caso, por aquello de la teoría del cuentagotas –supply side economics,más trickle-down effect– que establece que si hay más dinero en el bolsillo de las empresas, éste será reinvertido en la sociedad para crear más empresas, más empleo, y por tanto más prosperidad. Paradójicamente, ese desmantelamiento estadal para impedirle su intento en dotar de igualdad de oportunidades a sus ciudadanos y el haberle escamoteado la función de subsidiariedad -no solo en lo social, sino también en materia de transporte e infraestructura, así como para el desarrollo industrial de áreas que se consideren claves para el respectivo país- choca con la esa misma política neoliberal que insiste en no recortar, sino en aumentar, el gasto militar.

-Más aún, la laxitud legal del neoliberalismo ha conllevado a la existencia de empresariosprósperos –que no es lo mismo que empresas prósperas-, y esa riqueza, justamente como producto del desarrollo sofisticadísimo de tantos instrumentos financieros, no ha sido reinvertida -como originalmente se proclamaba- en nuevas empresas, sino en dichos instrumentos, para reproducirla mucho más velozmente que si estuviese atada al rendimiento de la industria. En síntesis, el dinero sirvió -y sirve- para producir más dinero, y por tanto, aquello de crear nuevos empleos y expandir la actividad industrial para crear empleo no ha sido así, porque si a ello se añaden los avances de la automatización industrial, ahora hace falta menos gente para producir, y se genera más desempleo, y por tanto hay menos consumo -los robots no compran coches ni electrodomésticos- mientras el capital huye de esas empresas afectadas por esa contracción del consumo, al disponer de derivados financieros para seguirse reproduciendo y tener acceso a áreas industriales clave –y seguras- para equilibrar sus carteras de inversión, como el sector de la energía, indispensable en un mundo que va hacia los diez mil millones de personas.

– El efecto principal de todo ello ha sido que el capitalismo como tal ya no existe, al menos no en el sentido que quiso darle Marx, porque lo que ahora hay es una red de oligarquías que se han apoderado de gobiernos, de parlamentos, de instituciones financieras y supranacionales -como por ejemplo el Parlamento Europeo- cuya finalidad (diría Marx) ya no es multiplicar su capital mediante la plusvalía derivada de la explotación del obrero en las industrias, sino (decimos nosotros) mediante la especulación financiera fuera de toda referencia ética razonable. (Ver un caso típico de abuso de poder y desprecio ético en http://tiny.cc/cydefx).

– El peligro para la democracia es evidente, porque la clase política, que se ha ido plegando paulatinamente a esos postulados sociales y económicos, ha terminado por ser feliz prisionera de esas oligarquías, que completan la simbiosis financiando sus campañas electorales, en un mundo ya frívolo y superficial, donde no cuentan las ideas sino el color de la corbata y la sonrisa del candidato, dejando a la democracia como una simple fachada que se repinta en cada elección, y reforzando el temor de que aquella democracia genuinamente representativa, que nunca pudo abrirse del todo a la participación ciudadana -con excepción de Suiza y uno que otro país-, ha sido una simple anomalía histórica.

– Pero a este neoliberalismo ahora le han salido dos formidables adversarios: Mark Blyth, con su libro Austerity: The History of a Dangerous Idea, y Thomas Piketty con su obra Capital in the Twenty-first Century. El primero muele literalmente el concepto de austeridad neoliberal, partiendo desde aquella misma mano invisible, que presuntamente (auto)regula las cosas en una sociedad capitalista, para demostrar como la deuda -que supuestamente el profundo recorte estadal debía sanear- ha crecido; apunta a la falta de criterio al imponer austeridad en tiempos de recesión económica, y detalla lo sesgado que es todo ese tinglado, al contraponer la austeridad estadal impuesta por esas oligarquías, con la generosidad de las ayudas a los bancos y al sector financiero en general.

– Por su parte, Piketty se centra en el aumento de la desigualdad como producto de la multiplicación del capital con capital mismo, que al disponer de tasas de crecimiento mayores que las del producto territorial bruto, se siembran las bases para la desigualdad social, lo cual nos está retrotrayendo a indicadores típicos del siglo XIX, cuando además se era ciudadano con plenos derechos cívicos solo si se tenían propiedades, si se producía y pagaba impuestos.

– Son dos trabajos muy rigurosos y muy bien documentados; no son panfletos ni mucho menos, y sus verdades son tan contundentes que han obligado al combate frontal a los  medios conservadores como el Wall Street Journal, el Financial Times, Bloomberg, o revistas como Foreign Affairs. Curiosamente, la revista The Economist es relativamente imparcial en su crítica.

– No hace falta entonces ser comunista, para detectar la hipocresía de estas élites financiero-religiosas, ni para descubrir errores de base en sus planteamientos, aunque haya que soportarlo todo desde el dominio que éstas imponen, hasta la próxima revolución social, que al igual que otras pasadas, como la francesa, constituirá una ruptura. Ya veremos si para bien o para peor de lo que hay ahora.

– La solución por supuesto que no es no sencilla ni a corto plazo, ya que el crecimiento demográfico obliga a producir masivamente de todo, para que exista un mínimo de prosperidad y calidad de vida; pero la globalización de las comunicaciones, la robótica, y las tecnologías del transporte condicionan esa producción a ser extremadamente competitiva, a riesgo de cerrar empresas en un país y acentuar sus propios problemas.

– Los indicadores muestran que se ha progresado en calidad de vida en todo el mundo, pero nadie se ha preocupado en establecer hasta que punto ese avance ha sido consecuencia de esas políticas neoliberales, o hasta que punto se ha producido a pesar de ellas.

– Lo que sí sabemos es que en América Latina sigue la tentación populista que se expresó en tantas dictaduras militares, y que en democracia penetró tanto a la socialdemocracia como la democracia cristiana, para que al final éstas no fuesen “ni chicha ni limonada”. Y han sido las frustraciones de la región las que cíclicamente han abierto las puertas al marxismo y al castrismo, o al chavismo; y éste es un efecto latente en todos los países de la región afectados por esos contrastes sociales.

– En Europa la Democracia Cristiana hace una década que tiró la toalla, y ahora, junto a la socialdemocracia, es simplemente neoliberal. Allí, ahora reviven los nacionalismos y los extremismos de derecha e izquierda, y lo hacen con las mismas viejas respuestas a problemas ya obsoletos. El analista Juan Ignacio Crespo es muy claro al indicar que en pocos años se recuperará el empleo en la región, pero éste será de bajo nivel (http://goo.gl/ySE6iJ), puesto que no todos pueden ser inventores ni diseñadores industriales, y las empresas deben competir con países con mano de obra de muy bajo costo, y bajo una permanente represión política que impide la más mínima organización laboral que luche por más beneficios.

– La hipocresía de los gobernantes de los países desarrollados es el escudo protector de las oligarquías neoliberales que se han apoderado de sus sistemas políticos. No hace falta ser comunista para denunciar que en Alemania hay miles de ancianos que deben trabajar en los llamados microjobs -empleos inestables y con temporalidad a capricho del cliente, además de muy mal pagados-, para poder llegar a fin de mes. Tampoco hace falta ser marxista para fijarse en que una pieza de ropa, o cualquier otra manufactura realizada en China, a precios de miseria, es revendida a un precio equivalente como si esa pieza hubiese sido producida en esos países, ahorrándose los altísimos costos de producción y transformándolos en ganancia neta. Ni hace falta ser un terrorista internacional para darse cuenta que la mayoría del dinero que se les ha dado al sector financiero, para salvarlo de su propia avidez -dinero respaldado por cada país, esto es, por los impuestos de sus ciudadanos-, no contribuye a la recuperación económica al no ser reinsertado en el circuito industrial mediante préstamos, sino que se recircula comprando bonos del Banco Central Europeo, para ganar intereses, mientras la pequeña y mediana industria se ahoga por falta de liquidez.

– Y esto es en una región desarrollada donde supuestamente hay un mínimo de justicia social; porque África, aunque desfasada medio siglo, ya evoluciona de forma similar a Latinoamérica (a excepción de Venezuela, con su africanización retro de los años 60); el Sureste asiático se escora con entusiasmo hacia el capitalismo salvaje, luego de décadas de control gubernamental y guerras; y China escogió el desarrollo extremo para sacar de la pobreza a centenares de millones de personas, destrozando el ambiente, y restringiendo las libertades individuales. Y de las desigualdades en la India mejor no hablar.

– La formación que el neoliberalismo le ha proporcionado a los jóvenes es tan mala que ya repercute en la vida misma, y un efecto de esto puede verse en la referencia que hace Moisés Naim sobre un estudio del analfabetismo financiero, cuyos datos no son solamente alarmantes, sino difíciles de creer (http://tiny.cc/eghefx). Y si una sociedad ni siquiera sabe sacar las cuentas más elementales, difícilmente podrá liberarse de políticos farsantes y ávidos oligarcas; mucho menos si el poder que algunos de ellos detentan, está amarrado a intereses criminales, sean financieros o de los carteles de la droga, porque siempre habrá muchísimo dinero para el bombardeo mediático enfocado a condicionar a una voluntad ciudadana débil, desinformada y  que mal razona.

– Para el político que lo intenta, hablarle de economía al ciudadano es aburridísimo y crea rechazo en éste, por tener que seguirle en razonamientos enrevesados a contrapelo del entorno inmediatista y simplista que nos rodea. Por ello es que los mensajes se condensan en frases cortas, que en absoluto reflejan concepto alguno, y que por su ambigüedad le permitirán al gobernante hacer una cosa, u otra, o todo lo contrario. El paquetazo de CAP II es consecuencia de ello.

– Si al discurso económico de los políticos -movedizo y aprendido al caletre-, le añadimos el referido analfabetismo financiero del ciudadano, se hace comprensible la aceptación de ciertos mensajes que de partida ya son oscuros o contradictorios, como por ejemplo lo de bajar impuestos y administrar bien el gasto público; porque no se dice en qué áreas esa buena administración eliminará el despilfarro, ni se muestra la verdadera intención, cual es recortar dicho gasto, independientemente de que éste se administre o no con sensatez. Tal vez el mejor ejemplo de mensajes absurdos lo tengamos documentado en la campaña de Bush padre contra Reagan en 1980, al definir aquel “reaganismo” como “economía vudú”.

– No es sencillo, entonces, disponer de una receta universal que permita disminuir la desigualdad social creciente, el desempleo, la deuda de cada país, y encima preservar el ambiente, aunque evidentemente cualquier receta y sus variantes siempre deberá tener bases liberales, esto es, alternancia pacífica de un poder político condicionado por la voluntad ciudadana -llámese o no democracia-, y un inteligente balance entre la acción privada y la del Estado, sin ataduras ideológicas ni dogmas adicionales. El problema de esa suerte de “realismo económico” es obviamente la gente, los dirigentes, su voluntad ciudadana para formarse y ser cívicamente activos, para mantener a raya los excesos programáticos, y la corrupción  misma.

– Por eso es importante comprender que la economía no es algo solitario, sino que está imbricada en las leyes sociales que escojamos para gobernarnos, porque si éstas no ofrecen el sustrato adecuado, aun teniendo un buen modelo, todo terminará deformándose.

– El caso Venezuela sigue siendo patético, porque con todo y la dictadura de facto del castromadurismo, la prensa diaria es un desierto en materia de elaboración económica por parte de los políticos. En este país, la tribuna económica la tienen solamente los economistas, quienes pueden estar o no acertados, o al servicio del bien común o de intereses muy mezquinos, pero que en todo caso, casi ninguno de ellos se mete en la candela para conquistar el poder político, dejando al ciudadano en el aire, puesto que lo que por un lado ellos le dicen con cierto fundamento y lógica, no tiene ni réplica ni mucho menos propuestas de programas concretos por parte de la dirigencia política, la cual se limita a las perogrulladas que todos conocemos, como la de subir el salario mínimo.

– Los políticos criollos, pues, incluso aquellos que aún no han sido seducidos por ese poder financiero, no hablan de economía; y si no lo hacen, tampoco podrán hablar de la visión postchavista del país que desean. Del análisis de prensa de los últimos meses, solo un político activo, Pedro Pablo Fernández, ha escrito sobre estos temas (ver por ejemplo http://goo.gl/5v6XuF) y ha presentando su perspectiva, intentando ver más allá del fragor diario, desarrollando conceptos que van más allá de lo inmediato -y con los cuales se puede o no estar de acuerdo-, buscando salidas, y recordando las raíces del andamiaje del bien común; esfuerzo éste meritorio en el caos conceptual reinante.

– Es esa ausencia generalizada, salvo excepciones, lo que hace sospechar que ellos  confunden lo urgente con lo importante; y que si por carambolas de la vida llegaran al poder, en poco tiempo volverían a perderlo, al enfrentarse a la realidad nacional caótica que representará el legado de Chávez, sin una concepción elaborada para superarla, creando una desilusión que se multiplicará ente las bases chavistas que estarán esperando su fracaso, y sus propios seguidores defraudados luego de tantos años de oposición.

Avisados estamos entonces.

Hermann Alvino

 

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