Tres libros contra el optimismo.


800px-6336_P.Z._Francis_Joseph_Quay,_Vienna,_Austria-Hungary,_1890s

¿Se imaginan a Josip Broz Tito -el extirano yugoeslavo, a Hitler, a Lenin, a Trotsky, y a Sigmund Freud, viviendo en la misma ciudad, y frecuentando la misma cafetería?, ¿O Stalin y Hitler paseando en el mismo parque?. Pues esos episodios no son literatura de ficción, sino que se dieron en la realidad: en la Viena de 1913, cuando todos esos personajes, que terminarían moldeando el mundo del siglo XX, coincidieron en esa hermosa ciudad, unos porque estudiaron y se establecieron allí durante muchos años (Freud), otros porque estaban de paso entre un exilio y otro (Stalin y Trotsky), mientras que Hitler también pasó su juventud en la ciudad pintando acuarelas y Tito paseaba por esos predios, luego de ser reclutado como soldado del ejército Austrohúngaro.

Por supuesto que ellos no se conocían entre sí, salvo los dos rusos; y lo único factible de imaginar es que, de haberse cruzado sus miradas mientras tomaban café o cerveza en mesas cercanas o de cruzado durante algún paseo dominical, hayan procedido a saludarse cortésmente tocándose la punta del sombrero, como era costumbre en todo el mundo.

Solo podemos entonces especular qué habría pasado si alguna de estas personas, que en esos momentos llevaban una vida austera, rodeada de problemas y necesidades no satisfechas, aunque intelectualmente muy intensa a la manera de cada uno de ellos, se hubiesen conocido, intercambiado ideas, planes, desilusiones, etc..

Estas vidas, que podemos asociar con las órbitas de cuerpos celestes, que sin llegar a colisionar en cierto instante coinciden en el tiempo en una región del Universo, es parte de las anécdotas que nos compila el periodista alemán, y experto en historia del arte, Florian Illies en su más reciente libro 1913. Un año hace cien años. Se trata de recordarnos lo más resaltante que iba sucediendo en el día de aquel año que precedió la gran tragedia de la Primera Guerra Mundial que estalló al año siguiente. Unos eventos en pequeño, cuyos protagonistas no podían sospechar la importancia que ese aleteo de mariposa iba a tener en el futuro de sus vidas -y en la de todos nosotros-, como por ejemplo la decisión de Marcel Proust de publicar, con dinero propio, la primera parte de En busca del tiempo perdido, al que tituló Por el camino de Swan y que era rechazada por todo editor al que se la proponía. O la ruptura personal y profesional entre Freud y Jung, la pelotera que se armó en un concierto dirigido por Schönberg cuando el compositor Oscar Strauss (que no era pariente de la conocida familia de músicos con el mismo apellido) se sube al escenario y le propina una bofetada, bautizando así esa velada como “el concierto de las bofetadas”.

Leer esa serie de pequeños hechos, algunos de ellos sin duda divertidos, puede parecer monótono, como cuando se leen las anécdotas diarias de los almanaques, y hay que ser muy conocedor de la historia del siglo pasado para poder amarrar esos flequillos de episodios personales con la gran historia que vendría a continuación, para ponerlos en perspectiva y completar la explicación sobre el porqué ciertas cosas se desarrollaron de una manera y no otra.

Pero este libro se puede juntar con otros dos, no solamente para disfrutarlo a plenitud, sino para percatarse de la seriedad del sustrato que lo compone; uno es del mismo autor Illies, pero escrito en el 2001 –Generación Golf– y otro es el de Philipp Blom –Años de vértigo.

Generación Golf es el relato de la camada hija de los protagonistas de las revueltas de los años 60, o más concretamente de 1968. Estos chicos, que nacieron en la década de los 70, nunca se caracterizaron por las inquietudes de cambio de sus padres, y éstos contribuyeron a su letargo cívico malcriándolos con toda clase de bienes y diversiones, cosa incluso comprensible y explicable, dada la bonanza que en Occidente se iba consolidando en los tiempos previos a la caída soviética en 1989. De allí viene lo de Golf, que es el modelo de la marca Volkswagen, vehículo éste de compra obligatoria cuando esos niños tuviesen edad para ello, junto a la ropa de marca y todas las frivolidades que la globalización iba insinuándole a quienes serían sus esclavos consumistas. A esos jóvenes, en EEUU se les catalogó como “Generación X”, esto es, como algo indefinido, anticipando esa “modernidad líquida” detectada por Zygmunt Bauman, que luego de vivir dentro de un sistema que se lo ha dado todo, se percata de que al final alguien deberá pagar la factura de esa bonanza financiada, y que al carecer de referencias pasadas para orientarse a futuro, pues estira la arruga hasta que no se pueda más.

La similitud entre esa generación “Golf” y la vida a todo vapor de los inicios del siglo XX es inmediata, y nos la cuenta Blom en su libro Años de vértigo, con sus adelantos técnicos, la Exposición Universal y las vanguardias artísticas que marchaban paralelas a la pelea por ampliar las fronteras de los imperios, al antisemitismo, al nacionalismo, o el ver de reojo las “razas orientales” y su paulatina expansión y presencia global.

Demasiados parecidos como para no inquietarse, visto que en 1914, aquella generación que deseaba vivir a tope siempre en su Carpe Diem de la frivolidad y el gozo, no se le ocurrió otra cosa que destrozarse entre ellos, marchando alegremente hacia la guerra y la tragedia, dispuesta a aniquilar cualquier ser humano con otro uniforme, en un vano intento para obtener respuestas de aquella angustia interior que se la estaba comiendo en vida.

Ya estamos en el 2014, y a la generación Golfo Xse le ha sobrepuesto una más reciente, que no parece tampoco muy dada a la introspección, sino a la acción concreta, puntual, y al consumo inmediato.

Veremos que pasará; y qué forma escogerán todos ellos para buscar e intentar obtener las respuestas a las preguntas con las que inevitablemente se toparán, más aun en esta antesala donde todos estamos disputando a cada paso con las secuelas del neoliberalismo, de los monoteísmos fundamentalistas, y de unos orientales con un concepto de egoísmo individual, que nos obligan a leer con atención estos tres libros, para intentar comprender por qué, de repente, comienza la matanza.

Hermann Alvino

 

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