La Política está perdiendo la batalla planetaria


chinoContenido general:

1- La Política está perdiendo la batalla planetaria. El calentamiento global y el informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU.

2- Apéndice: Las catástrofes naturales.

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1- La Política está perdiendo la batalla planetaria. El calentamiento global y el informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU.

La revolución industrial, potenciada hasta límites inimaginables por el desarrollo de la tecnología, se ha basado en los combustibles fósiles como fuente de energía primaria. Ello, unido al patrón de consumo del capitalismo, más el acelerado crecimiento demográfico, y el alargamiento de la expectativa de vida, ha generado un uso extremo de dichos combustibles y la explotación al límite de recursos renovables y no renovables del planeta. Ahora hay dos grandes problemas: el cambio climático y el agotamiento de las reservas necesarias para la civilización tal y como la conocemos.

Imponer otro esquema de consumo es difícil, ya que si las sociedades más ricas han estado “disfrutando” -valga el término- de esta forma de vida durante dos siglos, no parece sencillo que ahora se les diga a los otros países que su intento en “mejorar” su calidad de vida -esto es, salir de la pobreza- emulando ese patrón de consumo, no deben continuarlo, especialmente cuando ningún país desarrollado detiene su misma carrera consumista. Pero harían falta varios planetas más para satisfacer ese intento, a menos que por un colapso demográfico volvamos a ser unos 500 millones de personas, cosa irreal, porque incluso con la reducción de la natalidad -voluntaria o forzada, como ha sido en China- la inercia del crecimiento nos llevará a ser 10 o 12 mil millones.

Sobre este asunto planetario los gobiernos no piensan a largo plazo sino a corto término, más cuando esta situación se va complicando justamente por no hacer los deberes a tiempo; y si los problemas se dejan evolucionar por cuenta propia, la complejidad final  hará imposible resolverlos sin un cambio de paradigma (http://goo.gl/CBmJcS).

Y hacia eso vamos, porque la indiferencia ciudadana es igualmente patética: un estudio de opinión de Abril de este año, muestra que solamente un tercio de los norteamericanos se preocupa acerca del problema climático (http://goo.gl/2LfefE), lo cual es un punto menos con relación a este mismo tema, explorado en el año 1989, hace 25 años.

Esto refleja una desmotivación y desinformación alarmantes; aunque la desmotivación es comprensible, dado lo duro que es vivir en sociedades capitalistas, ahora prisioneras del neoliberalismo, donde apenas es suficiente para llegar a fin de mes, y no hay tiempo para reflexionar (por su parte, el clima tampoco es un asunto que le preocupe demasiado a los estudiantes anti régimen que luchan en las calles venezolanas). Pero la desinformación es otra cosa, y aquí es donde la Política es la mayor responsable, al permitir que multinacionales, con intereses concretos en cada caso, distorsionen el debate sobre el cambio climático, al igual que lo hicieron en el pasado con los consumos de tabaco, la talidomida, el DDT, el impacto industrial sobre la capa de ozono, o con la lluvia ácida. Distorsiones todas que al final quedaron desmontadas por la cruda realidad reflejada en las estadísticas (http://www.merchantsofdoubt.org).

La técnica de desinformación mantiene vivo el “debate”, criticando los resultados científicos con esos investigadores que optaron por ponerse al servicio del dinero y no del conocimiento como tal. También se recurre a la guerra económica de precios, para seguir enganchando a sus consumidores. Por ejemplo, hace pocos años, cuando el gobierno de España optó por aumentar el impuesto al consumo de cigarrillos, las tabacaleras procedieron de inmediato a disminuir el precio del paquete.

Esta conducta es la misma con relación al cambio climático, donde la industria del petróleo, del plástico, de productos químicos, etc., insisten en que no existe un vínculo probado entre la acción humana y el efecto invernadero, ya que los niveles de dióxido de carbono, o de metano, siempre han variado a lo largo de la historia del planeta. Conductas similares vemos en la industria del ganado vacuno (por lo del metano que genera cada animal), que por extensión ha involucrado en su defensa y argumentación a la industria de la comida rápida de hamburguesas.

El círculo de presión se cierra con los lobbies con las que estas corporaciones han penetrado los parlamentos de los países más influyentes, haciendo casi imposible no sospechar sobre la existencia de vasos comunicantes con quienes legislan y gobiernan, mediante el financiamiento generoso de las campañas electorales de quienes aceptan servir esos intereses, renunciando al principio básico de la acción política, cual es el Bien Común. Sumemos ahora el factor consumo, derivado de una ética de éxito personal, que en los tiempos modernos, a través de la publicidad y a la carencia de valores educativos, ha asociado el tener más con el ser mejor, reflejando así otra de la fallas de la Política, al permitir que la educación se deforme hasta ese punto.

Otro factor es el ideológico neoconservador, con su expresión económica neoliberal, que predica un libre mercado autoregulable a ultranza, que sabrá resolver este asunto, porque cuando los niveles sean ya lo suficientemente críticos, la ciencia que se derivará de esa demanda nos dará las soluciones. Mientras tanto, ellos siguen manteniendo el pulso para que la legislación no imponga mejores condiciones fiscales, más los aportes a la investigación y desarrollo de energías limpias.

Recordemos que el cambio climático se deriva del paulatino calentamiento global, cuando un 35% de radiación solar que llega hasta la superficie, debería rebotar, devolviéndose así al espacio; pero no puede hacerlo, porque los gases de la actividad humana se lo impiden, quedando su calor aprisionado en la atmósfera,  rebotando a su vez de nuevo a la superficie terrestre a causa de las moléculas de gas metano, dióxido de carbono y vapor de agua que saturan nuestro aire. En otras palabras, el planeta acumula  permanentemente un 30-35 % más de calor de lo que debería.

El reciente informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU, con fecha 14 de Abril de 2014, alerta sobre la cercanía del punto de irreversibilidad de este proceso, lo que conllevaría un claro riesgo al andamiaje de la actual civilización (la perspectiva de este informe se puede apreciar en http://goo.gl/W6gCBa y en http://goo.gl/BTtFmZ). El informe es muy claro sobre la próxima irreversibilidad del cambio climático y los efectos desestabilizadores sobre la sociedad, y también lo es sobre la certidumbre de que la actividad humana es la causa de ello, pasando esta hipótesis de lo “muy posible” -con un grado de confianza del 90% en 2007-, a lo “extremadamente posible” -con un porcentaje actual de confianza del 95%; esto implica que mantener el promedio de la temperatura terrestre solamente 2 grados centígrados sobre la temperatura previa a la revolución industrial, para el año 2030 las fuentes de energía limpia deberán ser el 25% del total, y del 60% para el año 2050.

El clima extremo -inundaciones, olas de calor, huracanes, lluvias fuera de temporada y sequías prolongadas- será un factor estratégico de primer orden, incluso para las políticas de defensa de cada país, ya que se conjuga con el agotamiento dentro de algunas décadas de las fuentes de agua potable en muchas regiones, causando inevitables fuentes de conflicto. Incluso los conflictos de Siria, Dafour, y la “primavera árabe”, tienen vínculos con la escasez de agua y alimentos. La misma China, con escenarios de escasez extrema dentro de sus propias fronteras, y con intereses muy concretos en varios países de África, podría entonces actuar allí con más profundidad, abriendo múltiples posibilidades nada prometedoras. Los efectos climáticos podrán causar un enorme aumento del precio de los alimentos, al ser éstos más escasos, dada la indisposición de grandes superficies cultivables por la degradación de los suelos, con el impacto inmediato en la desigualdad social, lo cual, sumado a nuevos flujos de refugiados inducidos por la perdida de áreas urbanas cercanas al mar, generará muchas tensiones entre países.

Para el año 2050 se estima se habrá producido la extinción de varias especies marinas, actualmente sujetas a una sobreexplotación que sobrepasa cualquier posibilidad de recuperación. Esto será un drama para la biodiversidad y un enorme problema social, al afectar a miles de comunidades, cuya vida y sustento depende de la pesca. Otros efectos colaterales del calentamiento global, y lo errático del clima, serán las enfermedades, por la nueva distribución de vectores que ampliarán su área de influencia, mientras que los países más generosos con la ayuda internacional verán que esos costos alcanzarán niveles altísimos, dificultando esa actividad, que no solo sería de suministro de alimentos o medicinas, sino de reconstrucción de grandes áreas urbanas barridas por algún mega huracán, en caso de que el nivel del mar, por efecto del calentamiento global, y por tanto del consecuente deshielo, llegase a aumentar un metro o más.

Frente a esta falla enorme de la Política como mecanismo de prevención y ajuste, lo que hace falta es comprometerse como ciudadano, y castigar electoralmente a quienes desean mantener este estado de cosas; elegir a quienes se comprometan a cambiar los patrones de consumo por medio de una educación que rescate conceptos como el de austeridad, para obligar a esas mismas corporaciones a perecer, o a redireccionar sus actividades hacia esa exigencia ciudadana; elegir a quienes desean aportar esfuerzos y leyes para migrar firmemente hacia las energías limpias; y a premiar a quien está dispuesto a interactuar con firmeza frente a las potencias que sigan contaminando: porque es muy fácil defender el libre comercio a ultranza -como hace cualquier neoliberal que se respete-, aceptando importar sin aranceles productos casi regalados de industrias chinas cuya inversión en protección ambiental es nula, al igual que lo es remuneración laboral, y que marcha paralela al ojo avizor estatal, que impide cualquier movimiento organizado que rechace  ambas cosas. En esto, neoliberales y comunistas chinos se entienden a la perfección, tanto en lo del clima como en sus ataduras a los trabajdores.

El informe del IPCC precede la conferencia sobre cambio climático de Octubre 2014 en Lima, orientada a un protocolo realmente efectivo, pero faltará por ver si cada ciudadano del mundo será capaz de comprometerse para detener esto e impedir que el mundo del futuro sea un lugar espantoso para vivir en él. Mientras tanto personalidades como Al Gore y muchas ONG’s lo siguen intentando.

Aunque, si al mencionado estudio de opinión, le sumamos el vandalismo de los turistas chinos en los monumentos egipcios, reflejando un absoluto desdén por todo lo que le rodea, no hay muchos motivos para ser optimistas. (ver figura 1- http://goo.gl/LNOjKN)

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2- Apéndice: Las catástrofes naturales.

– El 26 de marzo de 1812, jueves santo, y en plena guerra de independencia venezolana, hubo un terremoto que destruyó a la capital y a medio país, dejando miles de muertos. De aquel evento, cuyos efectos directos sobre el estado de la guerra no son objeto del presente trabajo, destacan los dos mensajes que debería recordar todo venezolano que haya estudiado historia patria en la secundaria: uno es el de los curas realistas de entonces, quienes afirmaron que esa desgracia era un castigo del Cielo a los patriotas, por su empeño en sacudirse el yugo real español, ungido éste –naturalmente- por la gracia de Dios; y el otro el de Bolívar, con aquello de que “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

– Por supuesto que no hace falta profundizar en aquella manipulación clerical, que por su interés político directo hasta fue capaz de arriesgar la imagen de su Dios, presentándolo como un ente cruel y vengativo. Pero lo del Libertador sí vale la pena verlo con detalle, no desde el ángulo político, ya que sus palabras tenían como objetivo mantener la fuerza y la esperanza en el pueblo que creía en su causa, sino desde el error en el que todo ser humano cae incautamente, incluso él, al pensar que puede dominar ciertas fuerzas naturales.

– En efecto, los miles de eventos naturales que se generan en el planeta son absolutamente indiferentes a lo que existe en su superficie, sea vida o paisaje mineral. Esos eventos se vienen produciendo desde la misma compactación por efecto de la gravedad de ese polvo y piedras que al final constituyeron la Tierra; y que, igualmente por efecto de la gravedad, se iban acumulando alrededor del Sol, para conformar el sistema planetario que conocemos. Como episodios adicionales, podemos recordar los choques entre los mismos protoplanetas, que despredieron grandes masas, para ir formando satélites naturales, como fue en caso de nuestra Luna, al ser ésta un trozo de la Tierra original -conclusión a la que se llegó luego de haber comprobado que ésta contiene los mismos isótopos de nuestro planeta.

– Claro que estas cosas son muy antiguas, y hablar de miles de millones de años, o incluso decenas de millones, no tiene mayor sentido para nosotros, incapaces de visualizar lapsos mayores que pocos milenios, y siempre tentados a sentir que todo lo que nos rodea existe desde siempre tal y como es en la actualidad. Esa creencia impulsada, claro está,  por la inmediatez de nuestra rutina de vida, la intentan consolidar aún más en la cultura popular los predicadores fundamentalistas, o los creacionistas norteamericanos, que nos dicen con extremo fanatismo que la Tierra solo tiene pocos miles de años, y que el hombre convivió con los dinosaurios -al menos aquellos cuyos fósiles vemos en los museos-, aparte obviamente de los actuales cocodrilos, los dragones komodo, pájaros e iguanas, que también lo son en cierta manera.

– La dificultad en percatarnos de la exacta medida de los cuatro mil millones de años terrestres, incluso nos hace pasar por alto que tampoco la actual concentración de oxígeno atmosférico ha sido constante, ya que ésta ha ido cambiando con las eras geológicas, desde su completa ausencia -hace 3.85 millones de años-, pasando por una concentración casi vez y media de la actual -hace unos 300 millones de años-, para terminar luego estabilizándose en la actual, condicionando la evolución de las especies, y naturalmente también la nuestra, dotándonos de tamaño, capacidad pulmonar, fisiología de los intercambios alveorales, etc., acordes con esa concentración de hoy día del 20.95% del aire que respiramos (sobre esto hay un excelente libro del recientemente fallecido Heinrich Holland, Oxygen: The Molecule that Made the World).

– Las catástrofes del planeta las podemos dividir en dos clases: las naturales y las provocadas por la acción del hombre. Las primeras son inevitables, las segundas no lo son, o no deberían serlo; y frente a los espontáneos caprichos geoplanetarios, lo máximo que podemos hacer como sociedad organizada es minimizar sus efectos, por ejemplo construyendo plantas nucleares algo más lejos de la que montaron a la orilla del mar en Fukushima, para que un maremoto como el que asoló esas costas,  no llegue a afectar instalaciones tan sensibles ni causar contaminaciones nucleares radioactivas y terribles para la vida, que durarán décadas y siglos en ser inertizadas, si acaso. Esa catástrofe pudo evitarse de haber asumido otro nivel de riesgo, como pudo evitarse la de Chenobyl.

– Con relación a las catástrofes causadas por la mano humana, además de los errores de criterio como el mencionado para el caso Fukushima, podemos referirnos a la erosión de las costas, al construir tan cerca del mar como para desproteger la orilla de esa barrera natural y autorregulable que mantiene a raya la erosión y protege a los manglares; o la deforestación amazónica –sea para criar ganado, extraer maderas, para sembrar, explotar minas, etc.– sin reponer inteligentemente lo arrasado, lo que creará un ciclo autosustentable de erosión y empobrecimiento irreversible de los suelos; y por supuesto, la actividad industrial que genera lluvia ácida –esto es la mezcla del agua de lluvia con gases derivados de las industrias varias, como los dióxidos de azufre y el óxido de nitrógeno para formar ácido sulfúrico y ácido nítrico, que luego terminarán cayendo sobre nuestras cabeza y sobre los árboles-. La misma industrialización genera a su vez gases clorofluorocarbonados -CFC- que deterioran la capa de ozono que se ubica en la estratósfera: una molécula de dos átomos de Oxígeno, esto es, dicho gas en su estado natural, al recibir luz ultravioleta se rompe en dos átomos invidivuales, cada uno de ellos a su vez reaccionará con otra molécula de dos átomos de dicho gas para forma una nueva molécula, pero con tres átomos de oxígeno, o sea el ozono. Pero si hay gases CFC, éstos reaccionarán con dicho ozono, descomponiéndolo y eliminando así este valioso filtro natural, que impide la entrada de rayos ultravioletas que deterioran la vida, y de paso nos causan cáncer cutáneo.

– A su vez, las catástrofes naturales las podemos dividir en dos tipos: las extraplanetarias y las intrínsecas de nuestra Tierra; y ambas han condicionado el destino de la vida.

– Con respecto a los eventos extraplanetarios, en primer lugar se pueden mencionar esos miles de asteroides que andan sueltos por el sistema solar, y cuyas órbitas de vez en cuando se entrecruzan con la de los planetas. En nuestro caso, al pasar demasiado cerca, la Tierra los atrae tan irresistiblemente como para hacerlos penetrar en la atmósfera, para incendiarlos con el oxígeno presente en ésta –el asteroide entonces pasará a llamarse meteorito-. Pero no todo se quema para convertirse en gas, puesto que si esa masa extraterrestre es demasiado grande, una parte será capaz de llegar como cuerpo sólido a la superficie terreste, y ese peñonazo será capaz de acabar con especies enteras, como el que cayó en lo que es el Yucatán actual, que hace unos 70 millones de años, que contribuyó activamente a acabar con la especie dominante de entonces –los dinosaurios- y abrirle así el camino evolutivo a los mamíferos (y aquí estamos). Hay otros meteoritos célebres, y algo menos nocivos, aunque con efectos importantes, como el caído en Siberia en 1908 -el Tunguska-, o el que cayó en Flafstaff, dejándonos un hermoso cráter, que todo turista que visite el cañon del Colorado por ese lado de Arizona, debe acercársele.

– Otros eventos extraplanetarios de calado son las radiaciones de las tormentas solares, frente a las cuales no podemos hacer absolutamente nada, ya que el Sol, como toda estrella con caprichos y reacciones nucleares, es capaz de generar tormentas electromagnéticas que alcanzan nuestra atmósfera, colapsando las comunicaciones, lo cual no sería grave si estuviésemos en la edad de piedra, pero lo es en estos tiempos de civilización única, dependiente de la electricidad para todo, y por ende sumamente frágil cuando el flujo de energía e información se interrumpe.

– Por otra parte, el Sol  mismo, dentro de unos centenares de millones de años, entrará en la tercera edad, y se expandirá y tragará a varios planetas, incluyendo al nuestro, pero eso no nos concierne como especie, puesto que para esa fecha ya nos habremos extinguido, o evolucionado y saltado a otros mundos de la galaxia (aunque lo primero sea una certeza evolutiva, y lo segundo es, al menos por ahora, ciencia ficción).

– Otra catástrofe extraplanetaria es la onda electromagnética que puede envolver al planeta, como producto de una explosión de alguna estrella tan masiva como para que en su etapa final de vida ascienda a la categoría de supernova, y que por estar lo suficientemente cerca pueda arrasar con la vida.  Es una posibilidad de baja probabilidad, pero mayor que cero.

– Con relación a los caprichos mismos del planeta, tenemos los volcanes, decenas de ellos activos, y que de vez en cuando disparan miles de toneladas de polvo y gas tóxico a la atmósfera, mientras escupen lava durante días o meses, con un efecto letal doble: los pueblos cercanos se asfixian con esos gases sulfurosos, y las toneladas de polvo fino se esparcen por todo el planeta, oscureciendo al Sol, e iniciando un ciclo de extinción que comienza con la muerte de las plantas, luego con la de sus consumidores herbívoros, para luego terminar con las especies ubicadas en la cúspide de la pirámide: los carnívoros. Hubo incluso una revival volcánico en en Sur de Asia, en lo que actualmente es el lago Toba en Sumatra, que se estima ocurrió hace unos 70 mil años, que causó un invierno volcánico durante una década y un ciclo de enfriamiento de un milenio. Ese evento casi nos extingue como especie, puesto que, por sus efectos, solo habían quedado 15000 seres humanos (de los cuales provenimos todos, quedando así explicadas las causas de nuestra relativa poca variedad genética entre toda la especie, al margen de la enorme complejidad misma de nuestro ADN).

– La falta de luz solar es decisiva entonces, sea como consecuencia del polvo superficial, que puede levantarse y regarse por vía de los vientos a todo el planeta luego de que un enorme meteorito nos impacte, o por todo lo que desde las entrañas del planeta sale disparado a través del cráter de un volcán, para difundirse igualmente por toda la atmósfera. Y esto sin contar los efectos de las llamadas supercalderas, como la potencialmente letal ubicada en Yellowstone, cuyos chorros de vapor encantan a los turistas, pero que dan una idea de lo que puede ocurrir si llegara a despertar.

-Otro evento planetario propiamente dicho es la deriva de los continentes, puesto que la Tierra sigue viva por dentro, con un núcleo de hierro sólido rodeado de miles de kilómetros de material viscoso y fluido -el manto- que llega hasta la plataforma sólida de cada continente -la Litósfera- y que hace que ésta se desplace permanentemente. La hipótesis fue desarrollada en 1912 por el alemán Alfred Wegener, y confirmada en la década de los 60 con la teoría tectónica de las placas (ver demostración en http://goo.gl/ORGuab). Baste ver los mapas de cómo era la Tierra hace millones de años para comprender la sorpresa de los paleontólogos al conseguir fósiles idénticos en áreas tan lejanas como la costa oriental de Sur América y la occidental africana. Los continentes se mueven, se unen, se rompen, y la topografía cambia, y aunque sea cierto que los grandes cambios tardan millones de años, tambíen es cierto que, milímetro a milímetro y año tras año, cuando los bordes de esas plataformas se rozan intensamente para que uno de ellos se hunda debajo del otro, se generan terremotos y maremotos cuyos efectos son conocidos por todos.

– Hay otro evento planetario al cual jamás le hemos hecho el menor caso, y es la aparición cíclica cada diez mil años de épocas de hielo, que cubren la superficie terrestre durante 100 mil años, para luego retraerse (http://goo.gl/6i45LT). Ese hielo, o glaciar, alcanza dos o tres kilómetros de altura, y cubre dos tercios del planeta; su última aparición aplanó por completo casi toda Norteamérica, cubrió por completo Europa (los neardentales y los sapiens sapiens, por ejemplo los Cromañón, lo vivieron completo). Aún quedan los glaciares suizos como testigos de esa última época que terminó hace unos 8 mil años, hasta que nos los carguemos por completo con el calentamiento global, y por supuesto, la misma Antártica, que constituye un continente propiamente dicho, solo que está aplastado por ese hielo, al menos durante varios millones de años más.

– El Homo Sapiens Sapiens se estima emergió hace unos 200 mil años, por tanto solo ha podido conocer al máximo dos edades de hielo. Recordemos que durante la última edad de hielo, al bajar el nivel de los mares –puesto que el agua hay que sacarla de alguna parte- entre el extremo oriental de Siberia y la parte más occidental de Alaska, afloró un puente terrestre que permitió al ser humano llegar a América. Tanta “nueva” tierra para caminar sobre ella era un estímulo irresistible para que nuestra especie, junto a al resto de animales y plantas, fuesen cubriendo todo lo que su tasa anual de expansión le permitía.

– Esta historia del hielo puede parecer ociosa, al menos para efectos prácticos de la civilización global contemporánea, si no fuese por el detalle que ese ciclo de retiro del último contingente de hielo está tocando a su fin; y solo es cuestión de algunos siglos, o un par de milenios, para que ese fenómeno se reinicie. Y claro, esto también podría parecer ocioso, como podía serlo para un egipcio del año 2000 antes de la era cristiana pensar o visualizar el mundo miles de años a futuro. Pero ya han pasado cuatro milenios, desde entonces, y acá estamos; por tanto, sí es pertinente suponer que acá seguiremos dentro de otro par de milenos, cuando de repente nos conseguiremos con que el hielo volverá a reclamar ese tercio del planeta; solo que esas tierras estarán urbanizadas, y llenas de gente (o en ruinas, si antes hubo uno que otro conflicto nuclear).

– Hay otros cambios en camino, como la dirección de los ejes terrestres, uno de ellos es el eje imagiario alrededor del cual se equilibra la masa terreste, que puede variar con un terremoto de grado 9 como el de Japón, que alteró en 17 centímetros la posición de dicho eje. El terrmoto de Chile igualmente afectó este eje. Los efectos para la civilización son relativamente insignificantes.

– El otro eje es el de inclinación de la Tierra -torcido 23.4 grados respecto al plano de rotación alrededor del Sol- es, entre otras cosas, el responsable de las estaciones. Este eje puede cambiar gradualmente, porque la tierra gira y oscila a su alrededor como lo haría un trompo, y por tanto, dentro de algunos miles de años la estrella a la que apuntará será otra. Pero lo que tal vez sea lo más importante es el cambio de inclinación de dicho eje, y no su oscilación, que solo podría ser causado por la influencia de la gravedad del Sol, de la Luna, o por una colisión con un gran cuerpo. Lo cual es altamente improbable una vez que se ha estabilizado un sistema planetario, como es el caso. (Más o menos…).

-Por último, al rápido paseo de esas dos categorías de fenómenos naturales -los ajenos al planeta y los instrínsecos a su misma dinámica geológica- hay que sumarle la combinación de ambas. Por ejemplo, en pleno verano del año 536 la luz del Sol no pudo penetrar por completo hasta la superficie terrestre, oscureciéndola durante una década, generando nevadas veraniegas y clima errático en todo el mundo, junto a hambrunas, plagas y colapso de imperios: el imperio Bizantino perdió un cuarto de su población, -allanando así el camino hacia su caída- debido a la llamada plaga de Justiniano, que fue una variante menor -si cabe el término- de la peste bubónica; la dinastía china Wei se agotó en ese tiempo, muriendo además las tres cuartas partes de la población, mientras que en Teotihuacán se quemaban los templos por haber perdido de fe en los dioses.

– Esos eventos produjeron cambios sociales importantísimos, tanto en Centroamérica como en el Mediterráneo y el lejano Oriente (por referirnos solamente a las áreas con historia documentada), condicionando la evolución geopolítica de los siglos siguientes; y lo más probable es que se hayan desencadenado al combinarse los efectos de un meteorito que impactó en el golfo de Carpentaria, en el Norte de Australia, con los de la erupción del volcán centroamericano Ilopango, eventos éstos que aun ocurriendo con años de diferencia, sus efectos a largo plazo permitieron su combinación y magnificación.

–  En síntesis, los efectos derivados de la ocurrencia de eventos, sea de origen ajeno al planeta, los derivados de sus entrañas, o la posible combinación de ambos, tienen un enorme impacto en la biodiversidad, lo cual, analizado a través de la óptica de nuestra actual civilización global, y de la presencia humana en cada rincón de la Tierra, puede significar daños enormes en vidas y en infraestructura, además de un cambio cualitativo en la civilización misma; esto es, el fin del mundo tal y como lo conocemos. Una idea de la fragilidad de nuestra civilización y de las interconexiones que la caracterizan puede apreciarse en la Figura 2- http://goo.gl/ddVppj

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