La corrupción nos come, pero se puede derrotar.


Transparency-InternationalLa corrupción se está comiendo al mundo, y no se trata de un paréntesis en la historia de los países, sino de un espejo que enseña las vergüenzas que ya forman parte del cuerpo social global, cual Estado dentro del Estado, con ramificaciones insólitas, como las de las mafias japonesas intermediarias entre el gobierno de aquel país y la multitud de trabajadores, quienes con la expectativa de un mayor ingreso, por arriesgar la vida en la limpieza de la zona contaminada con radiación en Fukushima, luego se percatan que esas mafias, mediante empresas fantasmas -pero aceptadas por el gobierno- le pagan una cantidad mucho menor, quedándose con el lomito del negocio, unos 2500 millones de dólares (http://goo.gl/4kkypF)

Otras dendritas del delito las hallamos en las mafias italianas -la siciliana, la napolitana, la calabresa, etc.- con miles de actividades comerciales lícitas que blanquean dinero de drogas, contrabando, y negocios variados, como la recogida de desechos nucleares -para simplemente echarlos al mar-, la construcción, etc., con un costo para el país de unos 80 mil millones de dólares (http://goo.gl/RlX5EX), más la percepción de impunidad absoluta en la conducta de políticos, empresarios y mafiosos, si es que cabe la diferencia.

Lo mismo pasa en la Rusia postsoviética (http://goo.gl/QWHCTa), donde los excomunistas no dudaron en cambiarse de traje para seguir con los abusos de aquel totalitarismo, y ponerse el de liberales, del gas y del petróleo, con un costo para los rusos de a pie estimado en 300.000 millones de dólares.

En Brasil, los más cercanos colaboradores de Lula y Dilma han sido condenados por una corrupción que, además de financiar ilegalmente su “Partido de los Trabajadores” con unos 60 millones de dólares (http://goo.gl/N2nr5C), le cuesta al país unos 53 mil millones de dólares cada año (http://goo.gl/brNKFu).

Por su parte, en la India, la gente afirma que “Se pagan sobornos para todo, a los policías, para obtener un trabajo o para obtener un pasaporte. Y tan irónico que el mismo J. P. Thomas, comisionado central de vigilancia, al frente del órgano anticorrupción, tiene un caso pendiente en su contra” (http://goo.gl/xN4aSP). Ese país es la democracia corrupta más grande del planeta y solo se puede tener una idea aproximada de los costos de la corrupción dentro de la desinformación y ocultamiento del delito: unos 462 mil millones de dólares, desde su independencia en 1948 (http://goo.gl/Tmmki).

Por su parte, la corrupción en China es un sistema muy bien diseñado desde el mismo Comité del Partido Comunista, cuyos jerarcas son dueños de las mayores empresas de energía, construcción o textiles, con millonarias cuentas en paraísos fiscales, a lo que se une una red de abuso que alcanza hasta los cargos más insólitos y en los lugares más remotos -enfermeros, o funcionarios de los cementerios- que se estima en unos 86 mil millones de dólares cada año (http://goo.gl/mXr0).

La más reciente expresión de la vergüenza del abordaje liberal a la gobernanza la tenemos en la Unión Europea, con sus 150.000 millones de dólares anuales perdidos en las corruptelas de países cuyas bases económicas y filosóficas son predicadas hasta la necedad por sus gobernantes y empresarios, junto a las instituciones internacionales económicas, que las imponen a los países más débiles, a costa de inmensos sacrificios, inútiles casi todos, por la desesperanza que siembran, y porque al ver los resultados del informe de la  la comisaria Cecilia Malmström sobre esta plaga (http://goo.gl/Jxhn2q), se hace patética la hipocresía de todos esos protagonistas de la Europa contemporánea, burócratas incluidos, que actuan de forma opuesta a la libre competencia que predican, a la transparencia y a un mínimo de decencia administrativa de sus instituciones, o a la necesidad de una conducta limpia de los partidos que sostienen este tinglado llamado democracia occidental. Algo muy poco liberal, claramente, y que los anula a la hora de intentar darle lecciones al resto del mundo.

Al igual que en China, India, o Rusia, Brasil, Venezuela, México, Bolivia, Argentina, Zimbabwe, Marruecos, Cuba, etc., la corrupción europea ha permeado hasta el fondo de cada institución, teniendo como protagonistas -por ejemplo- hasta los concejales de los pueblos más remotos de la geografía española, país éste donde la corrupción del Partido Popular tiene, por una parte la fachada cierta y probada del financiamiento ilegal de sus actividades, y por detrás el enriquecimiento puro y simple de muchos de sus dirigentes más prominentes, en un diabólico juego entre políticos y empresas constructoras, o gestoras, que hace parecer aquella corrupción de hace veinte años de su principal adversario político -el PSOE- como un inocente juego de intercambio de cromos.

España, Italia,  y Grecia, son ciertamente la vergüenza de una Europa impotente y cómplice frente a esta enfermedad, porque sus mismos protagonistas son parte del problema, y por tanto no son ellos quienes apreten las tuercas de la máquina judicial. Pero también la población es parte del problema, eligiendo repetidamente a estos irresponsables, para luego hartarse y darles la espalda, dejándoles además, el campo libre para que sigan gobernando por forfait.

En Europa, pareciera que ni ciudadanos ni políticos comprenden el alcance de sus actos, la inmoralidad y el daño que le hacen a un sistema (re)construído sobre los escombros de dos guerras, y permanentemente asediado por el fantasma del (neo)fascismo y (neo)nazismo, cuales esponjas capaces de (re)absorber el hastío y el enardecimiento social, cuando éste fragüe.

La diferencia entre todos estos países y otros como EEUU, o Canadá, es que si allí se caza al tracalero, se le saca esposado de donde esté, se le juzga y se le envía a la cárcel, mientras que en la Europa que abusa del concepto de derechos humanos, se le invita a pactar una ley electoral, como hizo el secretario del partido de gobierno italiano con el condenado Berlusconi, jefe indiscutido del principal partido del país; o se acepta como si nada, aunque se le haya enviado a la cárcel, la cándida afirmación de la expresidenta del Consejo Insular de Mallorca – Maria Antònia Munar– “Tener a la gente perdiendo parte de su vida (en la cárcel) y no hacer nada por la sociedad no me parece el mejor sistema”, o “por temas económicos nadie debería ir a la cárcel”, o “y, como alternativa, debería haber otros sistemas como devolver el dinero” (http://goo.gl/3r09Og). Por supuesto que lo “económico” es un eufemismo de la declarante, aunque seguramente estaba convencida de lo que dijo, como muchos otros millones de europeos, aunque el dinero robado casi nunca se devuelva, ni siquiera en una mínima parte.

Los venezolanos saben como terminan estas cosas: con el fin del sistema. Aunque con lo que vino después, si estimamos en un 30% la mordida de todos los negocios derivados de la renta petrolera chavista, nos montaríamos fácilmente en unos 300 mil millones de dólares. Una cifra inmensa, que junto a las comentadas anteriormente, podría resolver casi todos los problemas de un planeta cuyos gobernantes piensan algo así como “deja que yo me acomode primero, para luego pensar en arreglar las cosas”, lo cual indica que una sociedad no debe fiarse de sus gobernantes; pero para ello debe haber una conciencia colectiva capaz de expresarse en instituciones públicas que ciertamente eduquen e inculquen esos valores que hacen posible superar las tentaciones del poder, pero que también investiguen, condenen y hagan cumplir cada condena, además de darle significado al  estigma moral que implica haber robado el dinero de todos, estigma éste que hasta debería afectar con bochorno a todos los familiares que sabían se beneficiado por tanta iniquidad.

En la Venezuela democrática prechavista, hubo un tiempo en que todo lo malo se le atribuía a la corrupción, aunque objetivamente, y sin negar su existencia, las fallas del país respondían a muchos otros factores. Pero fue esa percepción la que terminó sepultando a todo el sistema, lo cual lleva a pensar que también en una parte importante de la población de algunos países europeos, o en Brasil Argentina o México, en algún momento podría fermentarse simultáneamente la misma sensación, para arrasar con todo el sistema y entregarse a los salvadores de la patria que estaban esperando su momento.

Pero en aquella Venezuela también había personas que se dedicaron a frenar esa descomposición, apostando a que en tiempos más adecuados se pudiera revertir la tendencia,  y retomar el rumbo de la sana administración. Mencionamos solamente dos de ellos: uno desde el frente parlamentario -Paciano Padrón- y otro desde el frente de la gestión de gobierno -Antonio López Acosta.

El primero, con la Ley por delante, y los instrumentos de control parlamentario, se encargó de detectar y denunciar corruptos, incluyendo los del mayor nivel institucional, como el Fiscal General de la República cuando Lusinchi, Hector Zerpa Arcas; además de promover la expansión del marco legal adecuado para esta misión; mientras que el segundo, ya con la experiencia de haber sido Contralor del Distito Federal, se dedicó desde sus labores de gobierno, al cultivo de una cultura administrativa orientada a la ética y la eficiencia, no solo a través de su conducta personal, sino imponiendo prácticas administrativas muy claras, dentro de las cuales cada iniciativa debía tener un sustrato técnico, de factibilidad económica, y sobre todo de controles administrativos previos y posteriores, que enlazaban esa función administrativa con la respectiva institución contralora presente, e independiente.

Ambos frentes se complementaban magníficamente, y esa la cultura de la buena práctica administrativa, junto al control político, le ahorraron al país muchos millones, y demostraron que las cosas se pueden hacer bien, aun en entornos relativamente volátiles y desordenados, como aquellas instituciones públicas venezolanas, porque todo era cuestión de voluntad política, capacidad gerencial, y por encima de todo, honestidad y deseos de ser útil, a pesar de que el grueso de aquella casta política no supo, o no quiso, ni canalizar su voluntad política hacia el combate a fondo de ese mal, ni profundizar la formación de funcionarios en institutos creados al efecto, como aquella Nacional de Administración y Hacienda Pública presidida por Elías López La Torre.

Son referencias muy concretas, que prueban que a la corrupción sí se le puede vencer, si hay gente capaz y dispuesta. Y más vale recordarlo, contra la desmemoria de los viejos y el desconocimiento de los jóvenes, a quienes le tocará la misión de sanear el gentilicio, sacándolo de estas inmundas estadísticas, dándole paz y prosperidad dignas y decentes.

Hermann Alvino

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