La guerra, o la paz del rebusque


dialogo violencia

Las grietas en la oposición ya son notorias, y se reflejan en el peloteo entre Capriles, que dice “No voy a acompañar atajos que nos lleven a callejones sin salida” (http://goo.gl/6Sc4sr), y López, cuando declara que  “Estamos en una callejón sin salida” (http://goo.gl/kB8xjG), o Aveledo, quien afirma “Es un reto de la unidad lograr una ruta de cambio en paz” (http://goo.gl/D1kS6c), y Franceschi, con eso de “Si lo exigimos en mayoría, el cipotazo va” (http://goo.gl/oKSLUe).

También hay grietas dentro del régimen, donde la inquietud de los más radicales (expresada en aporrea.org) crece en la medida en que Maduro y Cabello no se atrevan a radicalizar más las cosas, apretando un poco más -si cabe- el nudo de la economía y de las libertades, para no provocar un pronto colapso del país, que los llevaría a profundizar la represión, ante el enardecimiento de sus propias bases. Porque a ello hay que sumar también el delicado equilibrio que, para mantenerse en el poder, deben lograr entre las crecientes prebendas a las FFAA y las ataduras en corto con las que los Castro tienen secuestrada a la riqueza nacional, más los compromisos internacionales para que varios gobernantes, ablandados con petróleo, dinero en efectivo, y masivas exportaciones hacia Venezuela, sigan hablando maravillas del régimen.

Ni régimen ni oposición lo tienen fácil -aunque no es lo mismo ejercer el poder abusivamente, que oponerse a éste democráticamente-, y ambos comienzan a sentir la presión de sus propias bases: por un lado, la paciencia opositora se termina, y se apaga la esperanza de cambio, al percibir que no ha habido avances reales, ni que habrá elecciones en largo tiempo; y por otro, el régimen tiene tantos problemas de abastecimiento, criminalidad, y corrupción, que por más que quiera ocultarlos con verborrea mediática, sus propia gente los vive a diario, y el dorarles la píldora con eso de la herencia burguesa, o del saboteo imperialista, ya no funciona.

Los escenarios posibles son diversos, pero ninguno parece bueno, porque el régimen no cederá; aunque curiosamente, el diálogo también sea el desideratum  de quienes prefieren seguir alargando su tiempo en el poder, amparado por una que otra reunioncita en Miraflores con los opositores más light. El problema es que esa fachada choca frontalmente con el (re)sentimiento de muchos otros opositores que creen que con eso no se llegará a nada: gente que antes callaba, esperanzada en abrir electoralmente espacios de libertad, y que ahora siente y expresa que de esto no se saldrá gratis.

Por su parte, el régimen percibe ese llamado al diálogo como un impulso para seguir abusando de su poder, al suponer que esa oposición conciliadora pagaría cualquier precio por la paz social; además estima que los halcones opositores siempre estarán en pie de guerra, y por tanto se legitima la represión y la profundización del proyecto castromadurista. Ambos posicionamientos opositores, por tanto, son tomados por el régimen para no cambiar en nada.

Visto lo visto entonces, lo que puede ocurrir se puede resumir en:

– Golpe seco, al estilo 23 de Enero, si los oficiales golpistas le dieran salida factible a sus colegas del régimen, para así compactarse e impedir que se desborden los paramilitares cubanovenezolanos, el malandraje de barrios y la misma guerrilla fronteriza. Esta salida  “pacífica” implicaría convivir con muchos de aquellos que hasta ese momento se ubicaban en el bando adversario. Pero eso es parte del amoral realismo político.

– Golpe cruento, sin acuerdo integral en las FFAA, donde a los oficiales del régimen que se atrevan a mover tropa, se sumarían paramilitares, guerrilla, y los armados para ser carne de cañón, con plomo cerrado de parte y parte, más el bombardeo mediático de los defensores globales del régimen, que clamarán por la libertad perdida (y por sus prebendas) junto los gobernantes hipócritas de la región, y sus representantes en la OEA.

– Colapso del régimen, por la escasez, la criminalidad, la inflación, y la inquietud de sus bases, al no disponer ya de las prebendas misionarias, aunque países de los cuales depende la vida misma del régimen, como China o Brasil, seguramente sopesarían si dicho colapso se podrá compensar con la nueva realidad, porque de no ser así, no sería descartarble que éstos acudan al rescate de Maduro, a cuenta de más petróleo, y tierra -esto es, de soberanía-, para mantenerlo en el poder el máximo tiempo posible.

– Constituyente, siempre que por supuesto se pudiesen recoger las firmas, realizar la consulta, ganarla, para luego elegir los constituyentes; pero esto llevaría tanto tiempo que casi valdría la pena esperar las próximas elecciones parlamentarias. Además, el CNE es el mismo, y no habría ninguna garantía de nada, porque éste, aunque los dialogantes opositores se enojen, no es confiable, como tampoco lo es el mismo padrón electoral.

– Referendum revocatorio presidencial, para el cual valen los mismos argumentos que para la Constituyente, que son un problema de fondo que enfrenta dialogantes y halcones, al creer unos que electoralmente se podrá ganar algún día, mientras que los otros afirman que las elecciones no son una opción, a menos que no se cambie de árbitro y se depure el registro electoral. Y nada de esto ocurrirá, porque Maduro y los Castro saben que con un árbitro independiente no ganarían.

– Que no pase nada, para seguir con una deuda creciente y una escasez crónica, recurriendo todos a las técnicas cubanas de supervivencia y rebusque. Con la soberanía en retroceso, porque en parte pasaría al control directo de los países acreedores, y con un régimen cuyos protagonistas irán cambiando, pero no su control sobre el país. Hasta que algún dia, a pesar del fraude, su propia gente se harte y sume sus votos a la oposición.

Éste último no es un escenario imposible ya que lo hemos estado viendo en Cuba desde hace medio siglo, por tanto, los opositores dialogantes, y los que se están radicalizando, deben saber que este escenario también es considerado factible por aquella población que siempre los ha apoyado, pero que ahora exige resultados, antes de llegar al punto de no retorno, a partir del cual creen que de nada serviría ganar unas elecciones en un país cuya soberanía ha sido cercenada irreversiblemente y que ha pasado a engrosar la lista de estados fallidos.

Infortunadamente para los que más desean la paz social, la mayoría de los eventos que relata la Historia con relación a este tipo de situaciones no invita al optimismo. Ellos deben recordar, por ejemplo, que la mañana siguiente al golpe de estado bolchevique, a Lenin se le presentó un decreto para su aprobación en el que se abolía la pena de muerte en el ejército. Lenin lo rompió en pedazos, gritando indignado “¿Creéis de verdad que se puede hacer una revolución sin fusilar a la gente?”.

El problema es que eso mismo también puede valer para una contrarevolución, que es de lo que se trata en el caso de nuestro terruño; por tanto, dada la insensatez y l amala fe del régimen, un cambio a corto plazo sería tan doloroso como uno dentro de varios años.

Y en ambos casos, la reconstrucción será una misión monumental. Pero eso es otro asunto.

Hermann Alvino

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