COPEI


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Si bien el 13 de enero COPEI festeja un año más de existencia, en pocos dias habrá un hito algo más interesante para ese mundo de la democracia cristiana, cual es que el próximo 18 de enero se cumplirán dos décadas desde la disolución oficial de la DC italiana, partido que predominó en esa península durante medio siglo, formando un tejido de poder político, eclesiástico, masónico, empresarial, familiar y hasta mafioso, que contuvo y empaquetó toda la vida pública italiana de tal forma, que hasta hizo parecer al peronismo argentino como una junta de vecinos de un barrio periférico.

Esta magia envolvente, que se retroalimentó de las finanzas públicas y de la campana espiritual eclesiástica, solo puede explicarse por una frase que Giulio Andreotti mencionó de pasada, al referirse al poder como el elemento oxigenante de quien lo posee, porque la Ballena Blanca -uno de los apodos de la DC italiana-, mientras más crecía, más parecía estar en condiciones de devorarlo todo. Sin desgastarse.

Los estudiosos del socialcristianismo latinoamericano conocen perfectamente la influencia doctrinaria y espiritual que la DC italiana ejerció sobre la región, porque aunque había grandes diferencias en el discurso socioeconómico -esa “tercera vía” democristiana latinoamericana, frente al capitalismo y el comunismo, en contraste con la progresiva escoración de la DC italiana hacia posiciones ultraliberales-, había encuentros evidentes en lo internacional, derivadas del hecho de que Italia era un punto caliente de la Guerra Fría, por la fortaleza de su Partido Comunista, y Latinoamérica estaba siendo progresivamente influenciada por el castrismo.

Por ello, a pesar de la lejanía y las diversas realidades sociales y geopolíticas, al igual que los disímiles niveles de desarrollo industrial, la DC italiana nunca dejó de ser una referencia inmediata para la DC latinoamericana, al igual que la Iglesia Católica, que siempre estuvo dentro de todas estas organizaciones, permeando sus estructuras, no solamente como referencia espiritual y religiosa, sino con sus propios militantes laicos en los niveles más altos de las jerarquías partidistas.

Aquel 18 de enero de 1994, pues, el secretario general de la DC Italiana -Martinazzoli- a las 4.10 de la tarde, decreta la (re)fundación de un nuevo partido de inspiración cristiana, el Popular -como sucesor de una DC que ya no tenía la fuerza moral ni política para continuar- a título de sucesor histórico de un “centro-derecha”, que más tenía derecha que centro, cual apuesta para las siguientes elecciones generales; una apuesta que terminará perdiendo, al producirse una disminución porcentual desde el 29.6% (que en Italia, dada su complejidad política, sería un altísimo porcentaje para cualquier organización) al 11%.

El recién Partido Popular Italiano nunca se recuperaría de esa caída, sus dirigentes se dispersarían a lo largo de todo el nuevo arco político que ya se perfilaba: la “derecha” berlusconiana, la “izquierda” socialdemócrata, y varias formaciones “pulsantes”, que iban de un polo a otro a conveniencia de sus oportunistas dirigentes, para sacar el mejor provecho de la aritmética parlamentaria y obtener así cuotas concretas de poder, en una dinámica complicada en extremo, si consideramos que en ese país las fuerzas nacionales no son las únicas que juegan duro, porque también están las fuerzas regionales.

Esa extinción partidista se produjo básicamente por dos razones: en primer lugar, porque luego de la caída del muro berlinés, el frente de defensa de la democracia occidental ya no era necesario -o al menos eso creían todos, comenzando por Fukushima con su libro “El fín de la Historia”-, y en segundo lugar, por lo podrido que andaba el sistema político italiano. Hay que recordar que en ese tiempo la DC, en una jugada gatopardiana, había cedido la presidencia de gobierno al Partido Socialista de entonces -quedando como gran aliada y soporte del gobierno-, y que en la ciudad de Milán se estaba iniciando una investigación sobre casos de corrupción sobre contratos locales amañados, que fue jalando cabos hasta llegar a los niveles más altos del poder nacional: el Primer Ministro (Craxi) y casi toda la casta gobernante. Craxi se fugó del país antes de ser detenido, y terminó muriendo en Túnez, no sin antes haber encendido el ventilador de la basura, en un histórico discurso ante sus colegas del parlamento, en el cual afirmó que “todos” se dedicaban a “eso”, refiriéndose al tráfico de influencias, al financiamiento ilegal , etc.

Paradójicamente, aquella investigación -“Manos Limpias”- que catalizó la refundación del sistema político italiano -con nuevas organizaciones y una nueva ley electoral- dio entrada a un Berlusconi -cual jefe de un polo político- tan corrupto, y a un adversario -el Partido Socialista-, tan “blando”, que aquella podredumbre, nunca extirpada del todo, ha vuelto a extenderse, pero ahora con más fuerza, en una Italia mucho más corrupta y desinstitucionalizada, en la que “izquierda”, “centro” o “derecha” se han fundido en intereses personales y grupales que minimizan cualquier esperanza de renovación partidista y moral para superar un proceso que ha llevado al país al borde de esa “zona” que técnicamente podríamos definir como “el tercer mundo”, con la clara posibilidad, además, de que surjan movimientos extremos que compliquen más las cosas.

Leer entonces la actual prensa italiana -al igual que la venezolana- requiere de un esfuerzo de contención de rabia, porque quienes saquean a estos dos países no descansan jamás, y dado que la podredumbre es bastante similar en ambos lados del mar, es inevitable extraer paralelismos, que en este caso concreto -dadas las dos fechas mencionadas- nos llevan a especular sobre las similitudes de aquella DC ítala con el socialcristianismo endógeno, el cual, hace poco menos de veinte años, también perdió toda posibilidad de gobernar, tanto por la deserción de su fundador -motivado por su inmenso egoísmo- como por el estancamiento en que lo habían dejado unos jerarcas que lo dominaron durante tres períodos estatutarios, y que al igual que el fundador, se empeñaron en abortar todo intento de relevo, dejando así un enorme vacío que se llenó con dirigentes mediocres, sin visión de país, y limitados a sus pequeños privilegios personales y parlamentarios, dando tumbos políticos y palos de ciego, y hasta cambiando un par de veces de candidato presidencial, para terminar aliados en este asunto con su supuesto adversario histórico -el socialdemócrata-, con lo cual a mucha gente se le vino a la mente aquella sospecha de que AD Y COPEI siempre fueron cuñas del mismo palo, cual excusa perfecta para apoyar a Chávez, mientras que otro gentío, habiendose convencido de que ya no tenía nada que compartir ni con COPEI ni con sus dirigentes, optó por quedase en casa, sin querer saber nada de ellos. Hasta el sol de hoy.

COPEI es ahora pequeñito, y como la DC de hace 20 años, también intenta reconstruirse, pero antes debería no solo aclararse sobre quienes deberían estar dentro de esa casa, sino también en elaborar una visión completa de país -y plasmarla en propuestas concretas-, sin temor a esa historia pasada, de efectos tan desilusionantes que a la postre han obligado a sobreponerle a la etiqueta de “cristiana” una pegatina que dice “centro”.

Pero un COPEI en el centro, esto es, en la sede del sentido común, también sería una magnífica oportunidad para darle esperanza a tantos venezolanos que ya no creen en nada, al punto que hasta los mismo italianos se lo agradecerían.

Hermann Alvino

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