Escenarios


ESCENARIOS (1) [640x480]

El legado de odio de Chávez, secundado por Fidel, es obviamente un país dividido entre quienes apoyan al régimen, y los opositores; y entre los primeros, sea gente de a pié o dirigentes, hay un núcleo dirigencial duro, y  votantes; ese núcleo duro se compone de fanáticos (y soñadores), y por los que saben de qué va esto: unos son poco influyentes, carne de cañón del poder real, que teorizan absurdidades y forzaduras históricas y se van de primeros al frente, a morir para nada, mientras que otros mantenen su poder y dominio, empapados de un enriquecimiento que les ha llegado por carambola.

Y todos ellos, fundamentalistas y cínicos, parasitan a cuenta de un pueblo llano que les vota – que en general siempre se ha limitado a anotarse a ganador- mientras recibe, directa o indirectamente las migajas que jerarcas civiles y militares deciden repartir: dinero, misiones, o motos y armas para los “colectivos” de ciertos barrios claves.

Los opositores a su vez se dividen entre quienes creen en el diálogo (en buena o mala fe) y aquellos que no creen en nada de eso, al menos dentro del actual contexto, y cuya parte más beligerante siente que el asunto debería resolverse por las “malas” (esto es, mediante alguna “variante” no electoral), junto a quienes no saben qué hacer, y se van para su casa luego de votar por la oposición.

Todos estos (sub)grupos, se reparten en proporciones variables de acuerdo al momento, y se delatan localmente por los recientes resultados electorales, aunque individualmente, ni los oficialistas revelarían jamás sus reservas -de tenerlas- sobre los abusos e ineptitud de sus dirigentes, ni los opositores se atreverían quebrar el discurso “políticamente correcto” del relevo pacífico, por ello, salvo Maduro -forzado por los acontecimientos, aunque sin ceder en nada-, ningún oficilialista habla de diálogo, mientras que los dialogantes opositores de buena fe creen que el país nunca podrá recobrar ni paz ni prosperidad sin reconciliación, intentando marginar a los no dialogantes, que los toman por ingenuos y tontos útiles, convertidos en apéndices del régimen, por ir imbricándose en vasos comunicantes por donde flujen diversas especies de intercambio, cual costo de legitimidad tanto para el régimen como para los opositores electos.

Luis Vicente León y Alberto Franceschi, en sendos escritos recientes ilustran este punto:

León nos dice: “Es claro que para cualquier líder político es mejor estar que no estar en un diálogo con el adversario, sea este sincero o no.  La historia no recuerda a nadie por no estar, sino por lo que hizo estando. Un líder inteligente no es el que evade una reunión peligrosa donde pueden usarlo, sino es el que es suficientemente creativo para tomar ventaja de esa reunión a su favor. Y esto vale para las dos partes” (http://goo.gl/chRDB8).

Por su lado, Franceschi afirma: “Han resuelto, de Capriles pa´abajo, arrastrarse y pedir entonces que los asocien a las responsabilidades de un cogobierno… Maduro consiguió socios para compartir la carga del desastre… El más pernicioso de todas esos ejercicios de embaucadores de la fe pública, es andar metiéndole la coba en la cabeza a la gente que estos malandros salen con votos” (http://goo.gl/OXOtMy).

Parece evidente que los opositores dialogantes con buena fe, no se plantean un cambio de régimen, limitándose en tratar de abrir líneas comunes de trabajo, y esperar las próximas elecciones; y esto se complementa con la apuesta que han hecho los dialogantes oportunistas, quienes creen que si llegara a armarse una pelotera, serían bien aceptados por todos los bandos.

Hay de todo, pues, pero en cualquier caso, es al régimen, a quien le toca dar pasos para la convivencia; y si realmente ésta fuese su intención, bien podría apartar a Delcy Eloína del MINCI, recomponer la separación de los poderes del Estado, nombrando una directiva equilibrada en el CNE, y gente menos desequilibrada -que no sería poco- al frente del TSJ y la Contraloría Nacional.

Porque dialogar es consensuar, ceder y cambiar en ciertas cosas, también desde el poder, sea por convencimiento o porque queda más remedio; pero nadie podrá obligar al régimen a cambiar nada si éste estima que sus adversarios no disponen de una fuerza lo suficientemente poderosa, sea ésta física, militar, religiosa, económica, electoral, o popular; y menos aun si éste cree que ellos no la utilizarían, que fue justamente lo que sucedió con Caprile aquella noche del pasado 17 de Abril, confirmándole una vez más al al régimen -teniendo presente el antecedente creado por Teodoro y Rosales- que la oposición, al final, siempre termina rajándose.

Sobran episodios históricos de diálogo como única salida posible cuando ningún bando podía prevalecer, a diferencia de este régimen con tanto poder, frente a los muchos votos y alcaldías opositoras que aun no bastan para frenar, ni los abusos leguléyicos de Cabello en su  Asamblea Nacional, ni los atropellos de Maduro con su Ley Habilitante, diariamente adobados con los contínuos insultos verbales de estos personajes. Incluso las mismas dos reuniones efectuadas, con muy pocos dias de diferencia, entre Maduro y sus adversarios, pueden servir para contrastar la estéril felicidad de esos opositores que desde hace unos años vienen predicando el diálogo, con la insistencia del usurpador en continuar su proyecto extremo de arrase del sistema liberal -indispensable para la convivencia y prosperidad-.

Aunque también se puede confirmar la mala fe de todo el tinglado, en las declaraciones del diputado oficialista Amoroso, sobre eso de que los delincuentes de estos tiempos fueron criados durante la “cuarta república” (http://goo.gl/VMKo99), al olvidarse claro está, que esas decenas de miles de chamos asesinos, con menos de 20 añitos de edad, durante estos quince años, han estado siendo programados para la mala vida por el mismo Chávez y su resentimiento puro y duro, para tormento de la gente buena de esta tierra.

Todo opositor bien sabe que la fuerza necesaria para imponer cambios requiere de una profunda acción de calle, capaz de ganarse el suficiente apoyo popular, tanto para las elecciones que vendrán como para previamente exigir muchos cambios; una acción indispensable para evitar la combustión espontánea incontrolable que habría si en algún momento, la crisis social y económica, la criminalidad y la escasez, terminaran acabando con la paciencia del pueblo llano, al súbitamente creer que nadie se preocupa por él.

Ese trabajo opositor pues, sería lo único que podría traducirse en una salida pacífica, porque el otro escenario ni sería pacífico, ni sabríamos su desenlace. Pero lo importante acá es tener claro que si desde ya no se producen cambios reales, al régimen lo único que le quedaría sería comenzar a reprimir en serio como único medio para intentar mantener el poder, sea frente a una avalancha popular llevada por las buenas de la mano opositora, o frente al pueblo llano, dispuesto a llevarse por delante a todo lo que consiga a su paso.

Los gobiernos amigos del régimen reprimen sin contemplaciones, al igual que otros bravos pueblos -que los hay- también arrasan con todo cuando no pueden más; todo lo cual le asigna al régimen una enorme responsabilidad sobre lo que pueda pasar, pero también obliga a la oposición a redoblar su entrega para canalizar esa ira que, tarde o temprano, vendrá.

Hermann Alvino

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