Los mitos del 2013 y los cambios para el 2014.


untitledLos medios de comunicación casi nunca se ocupan del lado oculto de la Historia, mucho menos si éste roza a personajes mitificados por millones de gentes. Por ejemplo, Gandhi es un mito, por ser padre de un continente indio renacido y liberado de la dominación británica, pero la modernización de las naciones que se derivaron de esa gesta fue posible a pesar de Gandhi mismo, ya que él era más bien un retrógrado, que antes de establecerse definitivamente en la India, vivía en Suráfrica en un ejercicio más discreto que exitoso de la abogacía, y consideraba a los negros de ese país como salvajes, mientras defendía el sistema de castas hindú y combatía la modernidad misma, considerando los ferrocarriles, los médicos, la medicina moderna y los hospitales, como manifestaciones nada beneficiosas para ese sistema rígido de jerarquías sociales que él mismo practicaba.

El balance del mundo durante del ilusionista 2013, consistió en haber creado un nuevo mito -Mandela-, en haber repotenciado un mito que nació hace 50 años -Kennedy-, mientras que el saldo endógeno del año nos dejó un mito in crescendo: el de Chávez.

Mandela ciertamente se la jugó desde el inicio de su actividad cívica y política, asumió el riesgo, pagó sus consecuencias sin transarse, y el destino le premió. Tuvo suerte claro está, aunque aprovechó cada coyuntura, por aquello de que a la fortuna también hay que ayudarla, cosa que hizo desde aquella tribuna nacional y planetaria de la final de Rugby que se realizó en su país en 1995, con una Suráfrica finalista -y luego ganadora sobre Nueva Zelanda- aupada por los blancos racistas, que intuían lo que se les podía venir encima si a los negros, a quienes habían dominado hasta hace pocos meses, su ahora presidente, los hubiere alebrestado para tomar venganza por tantos decenios de iniquidad.

Mandela fue grande porque pasó por encima de tanto rencor, con un mensaje de unidad y convivencia que potenció al vestirse con la camiseta y la gorra del equipo, cual gesto más que suficiente para que el mundo le perdonase cualquier defecto.

Pero, la Historia como tal, debe intentar mostrar todas las caras y aristas, incluso las escondidas y olvidadas, que en Mandela fueron muchas; y aunque no sería justo criticarle lo que hizo antes de sus 28 años de cárcel, o antes de su  presidencia -ya que todos tenemos el derecho de cambiar eventualmente de idea e ideales-, para alejarnos, como fue su caso, de las posturas comunistoides y de las peligrosas amistades líbicas, sí es menester recordar algunas de sus decisiones políticas, siendo ya presidente, como su laxitud al juzgar -al borde incluso de justificar- a esos francotiradores de su partido -el ANC- que causaron una matanza durante una manifestación en Johannesburgo, o al desmadre que le causó a la administración pública el reemplazo de miles de funcionarios veteranos y capaces -pero blancos-, por otros ineptos y sin preparación -pero negros-, el famoso escándalo por tráfico de armas, además del silencio institucional de su gobierno, y el suyo mismo, ante la epidemia de SIDA, más la imposición como su sucesor de Thabo Mbeki, un radical negacionista de dicho síndrome, y la de Jacob Zuma para la vicepresidencia otro irresponsable hacia el SIDA; incluso luego de alcanzar la presidencia misma del país.

Ese juicio y sensaciones contradictorias con relación a Mandela -o a Gandhi-, son similares a las que por más de medio siglo han estado presentes con relación a Kennedy; porque  tras aquel atractivo físico y empuje mediático de la familia presidencial, compuesta por John y Jackie -con su innegable glamour y buen gusto-, y sus chiquillos bien vestidos y educados, había un Kennedy que como esposo era descaradamente adúltero y adicto al sexo, junto a un John presidente extremadamente enfermo y afectado por dolencias crónicas tan numerosas, que hacían de su vida un martirio permanente.

Hay opiniones de parte y parte sobre los efectos que tuvieron en su lucidez para tomar decisiones, sus asuntos de alcoba, su irrespeto hacia la condición femenina en general, y su creciente aturdimiento por tanto medicamento ingerido cada pocos minutos. Pero al margen de su legado, lo evidente es que él se convirtió en mito solo porque fue asesinado; un mito que además se reforzó con el posterior asesinato de su hermano Robert, aunque haya sido el mismo John Kennedy quien enviara las primeras tropas a Vietnam y no haya sido él quien impulsara un cambio cualitativo y cuantitativo real en la protección social de los norteamericanos, sino su sucesor Lyndon Jonhson, a quien, en contraste con el Camelot mediático y artificial que lo precedió, sus modales texanos y falta de glamour mediático no ayudaron a la imagen que debería asociarse a su legado como estadista, donde las apariencias ya tomaban rápida importancia sobre la esencia.

En lo que respecta a los latinoamericanos, lo importante no fue lo de Vietnam, ni lo de las francachelas de Kennedy, sino su fracasada invasión en Bahía de Cochinos, una suerte de chapuza monumental cuya descoordinación incluyó hasta un olvido de husos horarios que impidió sincronizar el refuerzo aéreo con el ataque por mar, y que constituyó un fracaso que terminó consolidando a un Fidel cuyo poder y dominio aun podía revertirse, o al menos limitarse, pero que luego de ese tratamiento light terminó reforzándose, como una infección mal curada cuyos patógenos, a la postre, se vuelven inmunes a cualquier tratamiento, y que terminó por condicionar la vida de la región durante décadas.

Pero si bien a Mandela le bastó aquel gesto de unidad para borrar sus debilidades, y a Gandhi se le mitificó por su terca actitud de no violencia, que le dio fuerza a millones de hindúes para dejarse apalear sin pestañear a mano de los británicos, hasta que a éstos se le terminasen cayendo los brazos de cansancio, y abandonasen la India, ningún glamour, ni mito mediático alguno creado alrededor de un asesinato martirizante, podrá hacer que millones de latinoamericanos decentes -y misericordiosos para con la tragedia personal de John, además de la de Robert-, puedan perdonarle a ese presidente su fracaso en defenestrar un Fidel que terminó incordiándonos a todos durante tres generaciones, además de haber causado miles de muertes y dividir a las sociedades de todo el continente.

Pero si bien los eventos que dieron lugar a esos mitos ocurrieron lejos de nuestro país, lo que ocurrió en el 2013 para crear el mito Chávez ocurrió dentro de nuestro terruño, para luego acompañarse con la labor oportunista y de refuerzo de sus sucesores: por abajo -durante los primeros años de escuela-, y por arriba -con su dictadura mediática.

Y es justamente esa consolidación del mito nativo lo que todo venezolano decente no puede seguir tolerando; por ello, su deber permanente será difundir la verdad sobre ese autócrata ignorante y amigo de las riquezas mal habidas, cuya gestión, en medio de tanto cobardón y ciego, es un legado que ha arruinado al país por varias generaciones.

Destruir ese mito, antes de que eche raíces definitivas en el alma nacional es la misión opositora. Aunque parece que ni Capriles, ni varios otros dirigentes afines se hayan ocupado de ello -al menos durante el 2013-, contrariando así a millones de venezolanos, que comienzan ya a sentir ese vacío de liderazgo que los animará a pasar factura a quienes se han empeñado en esa estrategia benévola – y errada- para con el régimen.

Su mejor aporte entonces será apartarse, porque de todas todas, la realidad los arrollará.

Hermann Alvino

https://vivalapolitica.wordpress.com

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