El descalabro es el de la decencia.


He leído con sentimientos encontrados un escrito de Antonio Sánchez García titulado “el descalabro de las ideologías”, dedicado a María Corina Machado (y que se puede releer en: http://goo.gl/X6LtCI). Hay que agradecerle sus reflexiones, por ser un valiosísimo intento para marcar un rumbo, y por su exacto diagnóstico sobre los abusos a los que la humanidad ha sido sometida por tanto farsante cruel de prédica engañosa; pero hay que diferir en la frase -a título de opción política- que indica que “el ser de derechas”, en estas condiciones de país, constituye un “imperativo categórico moral”. Aunque por otra parte, nada más cierto que su tajante afirmación de que “ser de izquierdas es un crimen”, dada la destrucción que ha causado. De allí justamente nacen los sentimientos encontrados.

Ése contraste no puede pasar sin matices, porque las cosas -lo sabemos todos- no son blanco sobre negro, especialmente cuando se intenta trazar esa línea divisoria entre la moral de la izquierda y la de la derecha.

Sánchez García amplia la perspectiva de su reflexión insertando personajes de la historia europea, asiática y latinoamericana, lo cual ciertamente es obligatorio al hablar de estos temas; y justamente es esa historia, solo que algo más reciente, la que nos obliga también a alejarnos espantados de la derecha, además de sacudirnos toda migaja con la que esta izquierda nativa pueda habernos salpicado.

El problema no es entre derecha e izquierda, sino entre decencia e indecencia; y con relación a esa derecha, a la cual supuestamente podríamos recurrir para reencontrarnos con la convivencia democrática, solo queda decir que ésta ya no representa ese valor civilizatorio, y al caso podemos mencionar a las derechas europeas, como la española, que insulta, que se niega a quitar los símbolos franquistas -en contra de una ley aprobada al respecto-, que está plagada de corruptos -su secretario de finanzas está preso por el mayor caso de financiamiento ilegal partidista de la Europa de postguerra-, que ha cercenado los servicios de salud, junto a la educación y las pensiones, y ha aprobado una reforma laboral colindante con el trabajo esclavo, sembrando la sociedad española de desesperanza y rencor hacia esos encorbatados que responden a su nobleza malhabida, y hacia los burócratas de instituciones internacionales como el FMI o el Banco Europeo. Una derecha hispana que ha demostrado ser tan mala administradora como su contraparte socialdemócrata, y que se ampara en una mayoría absoluta parlamentaria para abusar de leyes sin debatir ni consensuar, con un presidente de gobierno que no otorga ruedas de prensa dentro de su propio país, y cuando lo hace es a distancia, para que la prensa las contemple en televisores de plasma, que se ha cargado por sectarismo ideológico a un estado de bienestar que era económicamente factible, que pronto restringirá el aborto, que sigue regalando prebendas a una Iglesia que sigue atada al nacional catolicismo franquista, que ha colocado alambradas mortales en las fronteras de las ciudades españolas en África, que ha restringido el derecho a manifestarse, que controla prácticamente todo el espectro mediático, que ha reformado la ley de educación incluso contra la opinión de las autoridades europeas para premiar la segregación y la educación de la religión católica, que es laxa con el pago de impuestos de las grandes fortunas autóctonas, y que en general ha demostrado ser muy corrupta, muy sectárea, e incapaz de convivir con sus adversarios políticos.

Infortunadamente, la derecha portuguesa es muy similar, aunque a ella le podemos añadir la pedofilia de muchos de sus integrantes, probada y condenada en tribunales; la derecha italiana no es menos, habiendo degradado el gentilicio de dicho país durante veinte años, luego de que el presidente de gobierno haya convertido su residencia en un lugar de fiestas con prostitutas y menores de edad, al controlar todos los medios televisivos públicos y privados, al defraudar el fisco italiano, al corromper parlamentarios para tumbar gobiernos, al estar asociada con la mafia, al punto de decenas de ayuntamientos han debido ser disueltos por dicho motivo. Una derecha italiana con múltiples personalidades, como los fascistas, nacionalistas norteños, o mafiosos sureños, que ha gobernado sectaria y malamente a un país cuyos servicios públicos son de nivel africano,  y cuyo patrimonio histórico se cae a pedazos, con una población crucificada por unos impuestos destinados a mantener una casta política hasta la muerte de sus integrantes mediante jubilaciones millonarias, con una justicia que tarda unos diez años para decidir casos menores, y que recientemente decidió, luego de ocho años, que la ley electoral con la que se habían elegido sus parlamentarios la década pasada es nula, poniendo así en entredicho la legitimidad de éstos, y por ende la del mismo gobierno, la del presidente de la república -electo por ese parlamento ilegítimo- y la de la misma corte que legisló sobre dicha ley, al ser ésta también designada por dicho parlamento ilegítimo. Un burdel pues, con escenas tragicómicas de catadura de vinos y de mortadela en los escaños del parlamento, cuando esa derecha logró defenestrar a sus rivales para apoderarse de la mayoría parlamentaria para formar gobierno mediante un comprado salto de talanquera de unos parlamentarios napolitanos.

Pero al presidente putero italiano, y al mediocre español, junto a los integrantes felones de la familia real de ese país, hay que añadirle la inmundicia de la derecha griega, corrupta hasta la médula, que junto a su contraparte socialdemócrata arruinó a ese país, y que junto a italianos y españoles, luego de quebrar las empresas del Estado a punta de privilegios que nada tienen que envidiarle a la gestión chavista de PDVSA, las privatizan, para así entrar a dirigirlas, cual puerta giratoria, saltándose los conflictos de intereses que se derivan aun desde la ética más simplista.

Ciertamente, los ciudadanos los han elegido, y probablemente seguirán haciéndolo, porque ellos también, al mirar en la otra dirección, se aterran por lo que ven; pero cada vez votan menos, hasta que algún dia, justamente gracias a esa derecha que debía ser ejemplo de decencia, de buena administración y convivencia, todo explotará, como ya lo ha hecho dos veces en el pasado, y como lo ha hecho tantas veces en Latinoamérica, no solo por la perversidad castrista, que después de todo lo único que ha hecho es aprovechar astutamente las oportunidadaes que por el camino se le fueron presentando, sino por las desigualdades y la ceguera de esas castas de hacendados e industriales cuyos imperios se erigieron a punta de dinero público nunca devuelto, y que supieron impregnar de dinero malhabido a todas las instituciones de sus países, y a todos esos agentes de cambio que renegaron del rol que el destino le había asignado, para equilibrar las cargas y jugársela por la justicia social, para aceptar ser cómplices de tanta iniquidad, que a la postre siempre ha terminado con matanzas, gracias pues a esa derecha colombiana, peruana, chilena, argentina, uruguaya, boliviana, mexicana, guatemalteca, o salvadoreña, entre otras.

No es creíble pues, esa derecha presuntamente portadora de una mayor transparencia espiritual o articulación moral, como no lo es ninguna referencia proveniente de la derecha norteamericana, cuyo partido republicano y Tea Party son tan admirados por nuestra derecha criolla como lo es el expresidente Aznar; ni lo es la derecha francesa, con un Sarkozy a quien le dan asco los inmigrantes magrebíes, ni la derecha alemana, que odia a los turcos, y que es cómplice de una Iglesia que vive en el lujo -y que a veces, como la irlandesa, o la norteamericana pues…es pedófila-; como no lo es ninguna derecha planetaria contemporánea, que se cree moral y religiosamente superior, que es racista, xenófoba, corrupta, mala administradora. sembradora de pobreza, cómplice de las monarquías árabes, cobarde frente a la imparable degradación comercial y bioplanetaria de la China, y ciega, muy ciega ante la historia, al creer que sus hijos podrán huir al caos climático y social al que están conduciendo al mundo.

Ésta es la derecha real, la indecente, y la que produce ese vacío ideológico, al dejarnos sin alternativa, la derecha que gobierna, la que tiene poder: es la misma a la que el escrito de Sánchez García alude. Y si queremos referirnos a la patria, no hay tampoco mucho que escoger, entre los herederos de tanto dinero malhabido generado durante los gobiernos adecos y copeyanos, ni entre los ex izquierdistas, quienes luego de entrar en el calderismo se convirtieron en campeones del ultraliberalismo, mientras dejaban hacer a Chávez.

Por ello, en Venezuela, ser de derecha no es un imperativo moral, sino a lo sumo un refugio temporal para abrir brecha y salir de la pesadilla, pero más nada, porque la derecha venezolana a todas luces no ha aprendido la lección de estos quince años, porque recordemos que incluso ahora sigue presentando varios candidatos opositores cuya indignidad es públicamoente notoria, y porque después de todo, fue esa derecha venezolana la que le abrió las puertas a Chávez. Y solo esto ultimo debería ser suficiente para que no merezca una segunda oportunidad.

El régimen por su parte ha cometido el ultraje de cobijar a toda esa gente de “izquierda”, que en su momento también fue crítica y decente, pero que a cuenta de defender el “proceso” en términos abstractos, también terminó siendo cómplice de éste, o al menos tonta útil. Deberá pasar al menos una generación pues, para que vuelvan a aparecer luchadores sociales de “izquierda” que no estén salpicados por tanta indignidad; por tanto, solo nos quedan los otros, los de “derecha”, pero al menos podríamos ser un poco más selectivos y quedarnos con la gente decente, que la hay, como seguramente lo es María Corina y muchos otros, tal vez hijos o nietos de empresarios, o de tantos adecos y copeyanos decentes, que en el pasado no pudieron, o no supieron, tomar las riendas de sus organizaciones para enderezarlas y habernos evitado tanta desgracia.

Saldremos de la pesadilla, eso es seguro, pero nuestro problema es la reconstrucción; y ésta solo será factible y próspera si la basamos en esos valores liberales que apunta Sánchez García. Pero esos son valores que aun no podemos asociarlos plenamente con las opositoras expresiones políticas existentes, por lo que por ahora, en vez de voltear para la derecha, lo que hay que hacer es que la decencia sea la quilla de la nave opositora, aun sacrificando la unidad, si es que de verdad se quiere ser creíble frente a un país espiritualmente extenuado. Y ése debe ser el debate post elecciones municipales. porque a veces, la decencia no tiene expresión política concreta, y eso es mala cosa para aspirar al poder, pero dentro de esta nada de patria, capaz que ese objetivo toma forma concreta.

Hermann Alvino

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