Adj Mejr.


El documento más antiguo sobre gobiernos locales está en las crónicas egipcias; allí se cuenta que 3000 años antes de Cristo existía un Adj Mejr -excavador de canales- que coordinaba -y trabajaba él mismo- el zanjado y mantenimiento de la infraestructura para la irrigación de la tierra asignada por el faraón desde el gobierno central.

Los traductores le llamaban gobernador, pero en realidad era un alcalde, por lo pequeño del ámbito geográfico, donde se requería ser hábil para crear los canales que recogían las aguas estacionales del Nilo y que eran indispensables para obtener la cosecha.

De la gestión del alcalde dependía la comida, no solo de su gente sino de todo el país; su escogencia dependía de su capacidad de trabajo sobre el terreno, conocimiento técnico, y liderazgo para dirigir a su pueblo para excavar, mantener y reparar cada canal, sembrar, cosechar y distribuir, además de registrar cada operación laboral y de recogida, para presentar cuentas claras para efectos del tributo periódico al faraón, tener en buen estado los locales para las semillas, gestionar la cría de gatos que mantenían a raya los ratones y alimañas que se comían semillas y producto final, y ocuparse de la fabricación de los envases de almacenamiento y transporte. Mucho trabajo, pues, en beneficio de la gente.

Y ocuparse de la gente sigue siendo el mismo oficio de los alcaldes contemporáneos -salvando las variantes tecnológicas ocurridas estos 5000 años o el proceso de selección de este líder, que también va con la época-, un oficio para el cual, si el zanjador daba la talla, continuaba con el cargo, si no era efectivo se designaba a otro, y si se le pillaba robando parte del tributo al faraón, pues lo pagaba muy caro, al igual que en la actualidad sucede en los países organizados, a diferencia de Venezuela y otros tanto lugares invivibles, donde es muy probable que ineptos y corruptos sean premiados, y que gente capaz y honesta sea tratada con desdén, en una nefasta cascada de gobiernos centrales, regionales y locales cuyo fruto ha sido que el caminar por Kinshasa, en la República Democrática del Congo, sea más o menos lo mismo que andar por los cerros caraqueños, por los barrios semidestruidos de las ciudades de Siria, Liberia e Irak, o por los arrabales petroleros nigerianos, donde la pobreza, caos, basura contaminación, y criminalidad de toda índole pondrían de cabeza a Platón y a Moro, creadores de utopías mentales, si viesen como su opuesto, la distopía, se está apoderando progresivamente del planeta, a cuenta de la irresponsabilidad e ineptitud de quienes saben que su desgobierno los enriquece más cada día que están en el poder.

Ejemplos equivalentes a la infelicidad urbana los tenemos en el desastre amazónico, o en las minas de oro venezolanas y en los lodos tóxicos en Ciudad Guayana, con sus alcaldes de manos sucias, y no precisamente por trabajar la tierra como los Adj Mejr.

Caos en las ciudades, y biodiversidad desesperada, en un sálvese quien pueda, son pues las consecuencias de permitir que ineptos y amorales accedan al poder, vacíos de conceptos, cargados de rencor, de fundamentalismo ideológico o religioso, y avidez por el dinero, y que aún tienen la cara dura de proclamar utopías, sean sociales, políticas, ambientales o urbanísticas, como la banda Chávez & Sucesores, que ha perfeccionado la mentira de comunistas y fascistas, en su esmerado esfuerzo por superarse en maldad humana, creando variantes originales al combinar el desgobierno total con la disolución de la infraestructura física de nuestras ciudades, la pulverización mental de esos ciudadanos que gritan a todo pulmón que tienen “patria”, y el supuesto “orden” miliciano, de las cajas de los supermercados, como preludio a una presencia militar, no solo en la cadena de producción -o lo que queda de ella-, sino en el pensamiento de la gente.

Estas realidades hay que combatirlas, y es posible superarlas, pero a sabiendas que luego de cada ciclo distópico material, el planeta -y por supuesto el país- quedará un escalón más degradado, y que cada brote de libertad para desplazar a los tiranos, inicialmente no es más que un simple envoltorio que agrupa a una sociedad que ha olvidado como ejercer soberanamente su responsabilidad.

Sería bueno pues, que a las puertas de las elecciones locales, se pueda reflexionar sobre la responsabilidad que han tenido los alcaldes en la propagación de nuestras distopías criollas, y sería muy importante que los candidatos demócratas informasen al país sobre la visión cívica que servirá de sustrato a su estrategia concreta para superarlas; en otras palabras, sería muy refrescante saber que la oposición organizada tiene una agenda local para aplicarla luego del probable triunfo que le otorgan todas las encuestas en tantos pueblos y ciudades -CNE permitiendo…-; una agenda que la Venezuela decente espera contenga no solamente nuevos paradigmas de gobernanza, sino que le muestre al país el enorme esfuerzo material, ético y cívico que tenemos por delante.

Esa agenda deberá ser la referencia para defender ese espacio de libertad que el triunfo opositor generaría, para enfrentarse así a la reducción de recursos que vendría por ser alcaldes opositores al régimen, y a la imposición de las comunas sobre su ámbito geográfico, o para promover la desmilitarización de la burocracia local, el fomento de la iniciativa privada, y resistirse a la deformación histórica referida al pedacito de geografía que a cada uno de estos alcaldes opositores le tocará gobernar.

Ello obligará a un mandato firme, transparente y asociado a la comunidad, porque solo teniendo la gente a su lado podrá enfrentarse a las manías dominantes del chavismo, al que nunca le ha importado la gente, y que se ha olvidado de alimentar con hechos a las esperanzas de volver vivo a casa luego de salir cada mañana, de vacunar oportunamente a los niños, de fumigar periódicamente contra el dengue o la malaria, o de mantener la infraestructura urbana.

Se tratará entonces de gobernar sensatamente, no para algún bolsillo privilegiado o partido en particular, ni mucho menos para los países de la región, teniendo además en cuenta que si el régimen resiste el desplome económico, las próximas elecciones presidenciales podrían ser solamente dentro de seis años, y que a las legislativas les tocaría dentro de dos, lapsos éstos muy largos para eximir a los alcaldes opositores el convertirse en la última esperanza de este camino cuesta arriba para superar esta distopía, que ya empieza a competir en duración con muchas de las grandes pesadillas de la humanidad, y con más años que los períodos de reinado de casi todos los faraones, cuyos Adj Mejr, a diferencia de los probables alcaldes chavistas, que ya ajustan su agenda para ir a medrar a las oficinas de ningún Viceministro “para la Suprema Felicidad Social del Pueblo”, fueron sinónimo de trabajo y componente fundamental en la construcción de un gran imperio que duró más tres milenios.

Ojalá ésta fuese la referencia de los candidatos opositores, y tal vez saber este dato los anime a hacer algo grande y trascendente. Veremos.

Hermann Alvino

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