Inelasticidad espiritual


Comprarse un pipote plástico, llenarlo de agua como reserva para cuando ésta falte, unas velas para cuando se vaya la luz, o una hornilla eléctrica para cuando no haya gas, otro vehículo para circular el “día de parada”, una moto para eludir el tráfico, o dejar de votar porque se sabe que habrá fraude, comprarse un arma para defendernos (?) en caso de que nos quieran atracar, etc., y así darle más poder al Estado, para que éste no cumpla las funciones que le corresponden como ejecutor, legislador y regulador sensato de la sociedad, y además regalarle más poder al sector privado, y nos siga vendiendo esos artefactos de calidad y precios arbitrarios para paliar esas “urgentes” necesidades.

Ésta es la historia de la Venezuela moderna, cual espejo de la irresponsabilidad ciudadana, activa en el destrozo y deterioro, y pasiva en lo cívico, al enconcharse pensando en el resuelve individual porque, y que se es más vivo que  los demás, cuando en realidad todos quedamos atrapados dentro de esa profunda infuncionalidad estadal. Un individualismo que recuerda cuando cada alemán iba a lo suyo mientras el nazismo cada día le iba apretando más las tuercas a los hebreos, con los consabidas consecuencias.

El sistema político venezolano enfrentó esa realidad con la descentralización y la masiva transferencia de competencias a los entes locales y estadales, lo cual produjo una inmensa mejora general… hasta que llegó Chávez , desbaratando, recentralizando, y revirtiendo el único cambio institucional real que había tenido Venezuela en décadas, para que al final, esa  mezcla chavista de ineptitud, abuso y corrupción, aplicadas a esa irresponsabilidad ciudadana, haya transformado al proceso de gobernanza endógeno en un verdadero amasijo de chatarra cívica y conceptual.

Lo cual nos obliga a recordar que a mediados de los años 80, los profesores Naím y Piñango publicaron un libro titulado “El Caso Venezuela: Una Ilusión de Armonía”, que visto ahora en retrospectiva, fue tan importante como el libro de Rómulo Betancourt a finales de los años 30 -“Venezuela, política y petróleo”-, porque los scholars del prestigioso IESA caraqueño en esa oportunidad, encendieron alarma en materia de dejadez institucional, con los inmediatos efectos de corrupción, deuda y desorden general, que fue profética sobre lo que podía ocurrir -y ocurrió- y sorprendentemente tempranera, al lanzarla inmediatamente después de los períodos de gobiernos de CAP I y LHC, o si se quiere, quince años antes del inicio de la barbarie chavista.

Tanto Betancourt, como Naím y Piñango hablaban de la gestión y el reparto del poder, además de los cambios institucionales para seguir produciendo paz social y prosperidad, siendo esto una evolución que al final se terminó viviendo en países como Chile, Colombia, México, Costa Rica, o Perú, entre otros, y que casualmente ahora representan los lugares de la América de habla castellana donde se vive mejor.

Por su parte Naím, luego de casi 30 años, y entrando en la alta mar del siglo XXI, nos ofrece otro libro -“El fin del Poder”- sobre la naturaleza y la dinámica del poder en general mediante el cual lanza la tesis del debilitamiento general del “poder” contemporáneo, sea éste de tipo político, religioso, social, o económico, en virtud de la contracción de los márgenes de maniobra y capacidad de imponerse sobre su entorno.

Naím resume las causas de esta realidad en términos cuantitativos y cualitativos: hay mucha más gente en el planeta que se mueve, migra, se moviliza y se comunica entre sí en tiempo real, haciendo mucho más complejo el acto de gobernar sobre poblaciones más alertas y con nuevas exigencias, que además conviven con pobreza y hambre. Su marco conceptual nos hace comprender, por ejemplo, por qué Obama, presidente de un país democrático, tiene menos poder comparado con su predecesor, al igual que los gobernantes chinos -siendo China, por su parte, un país no democrático- con relación a la casta dominante durante la era Mao.

Sin embargo, lo positivo que pueda parecer esta fragmentación y reparto del poder en la sociedad, Naím lo contrasta con la difícil gobernanza derivada de la creciente contraposición de intereses con fuerzas equivalentes capaces de neutralizarla, lo cual es tan perjudicial como el poder absoluto; con lo cual se concluye que lo ideal es la inteligente delegación de atribuciones a una entidad llamada Estado, con su adecuada separación de poderes, complementada por la respectiva cuota de poder ciudadano, quien deberá ejercerla con pleno sentido cívico y responsable… pero eso es justamente lo que hasta ahora se ha hecho de forma muy imperfecta desde hace dos siglos, tan imperfectamente que pareciera que el modelo de democracia liberal se está agotando frente a esas realidades poblacionales que están atando a la gobernanza.

Frente a esto solo queda inventar nuevos esquemas de organización social, aunque eventualmente faltaría acotar la tesis de Naím, para no aplicarla a los tiranos y sistemas que ya estaban antes del inicio de esta tendencia a la fragmentación y que se han caracterizado por ser impermeables a ésta por haber sabido aprovechar las coyunturas: Cuba, Corea del Norte, o incluso la misma Burma hasta hace pocos años; porque es indudable que tanto la dinastía caribeña, como la asiática, siguen mandando a plenitud; la primera gracias a la torpeza norteamericana, y luego a la riqueza venezolana, y la segunda por tener un padrino fuerte como la misma China. Tal vez eso sea la consabida excepción que confirma la regla.

Ahora bien, intentar explicar el caso venezolano desde la perspectiva del desgaste del poder es igualmente complicado, porque parecería que éste régimen solo podría debilitarse, o incluso caer, únicamente por dos razones: la designación de un sucesor de Chávez inepto, o la caída estrepitosa de los precios del petróleo, y no porque en el planeta el poder concentrado esté en proceso de fragmentación, ni mucho menos porque la sociedad venezolana se ponga más exigente, porque al fin y al cabo, hasta ahora nadie se ha tomado en serio eso del fraude electoral, ni de la presencia cubana que chulea hasta en la sopa, ni de el presidente tiene un mandato ilegítimo y posiblemente de nacionalidad colombiana, ni tampoco si es complicado obtener divisas, o si se acerca rápidamente porcentaje de importaciones tan elevado como para empezar a pasar hambre real.

Porque total, a las soluciones vivarachas mencionadas al inicio, le podemos añadir el pasarle unos inmerecidos reales debajo de la mesa, o incluso descaradamente, a quien sea menester y así salir de lo inmediato, aunque esto implique liquidar lo último que nos pueda quedar de vergüenza personal y de fuerza espiritual para impedir el exterminio de cualquier chance que aquí podría haber tenido la democracia liberal, definida por Churchill como el peor sistema social de la Historia… exceptuando a los demás.

Y porque a Venezuela, el chavismo la ha devuelto al siglo XIX, al cual ha vuelto además con la misma inelasticidad espiritual de entonces, y que conlleva la indiferencia general sobre las cosas fascinantes que Naim detecta suceden actualmente en el resto del planeta, lo cual hace que muchos nos exprimamos los sesos, pero no por comprender estas tendencias globales, sino en la difícil misión para descubrir cuál es la fórmula mágica para que despertemos y nos propongamos recuperar tanto tiempo perdido.

Hermann Alvino

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