Formación política como garantía de futuro.


De no haber llegado Chávez para liquidar al buen país que teníamos, en vez de estar ocupándonos de las elecciones para alcaldes, el proximo Diciembre estaríamos votando para elegir Presidente, porque desde los inicios de la democracia moderna venezolana, las elecciones se realizaban cada cinco años, casualmente en los terminados en 8 y en 3; en ese mes, además, se cumplirá medio siglo de la elección de Raúl Leoni en 1963.

Durante aquel año se puso de moda el Mosaico 63 de la orquesta de Chucho Sanoja, una guaracha cantada por Chico Salas; los mayores de 60 años seguramente la recordarán, y si a ellos, o a los más jóvenes, les entra la curiosidad de curucutear la melodía, la pueden escuchar a través del enlace: http://www.youtube.com/watch?v=MUGPTxS9nTI, y así recordar la letra, con eso de “telaraña la vida mía, telaraña la vida tuya”, o “dale tetero al niño”, “¡ay!, se quema el pan y no me dan”, el eterno “pájaro picón picón”, junto a lo de irse “al carnaval del Uruguay”, donde “vendrá mi negra con mi alegre conga”.

Claro que en esa época la vida era muy distinta a la actual telaraña de escasez y atracos; había leche, había pan, el pájaro picón de entonces sería un lord comparado con la ordinariez chavista, y había divisas, para poder irse a rumbear al Uruguay -y gozar del mestizaje entre el camdombe y la murga– aun sin ganar tanto dinero. Aunque Fidel Castro ya quería “meterle la mano” a Venezuela.

En aquel país, cambiábamos de presidente cada cinco años, aunque nos cayese simpático, y a pesar de la natural desconfianza hacia el Consejo Supremo Electoral, su conteo era más o menos exacto, por la presencia de los representantes de las principales fuerzas políticas, que se vigilaban permanentemente, de manera que había que ser muy hábil por un lado, o muy tonto por otro, para que alguna trácala saliese adelante, aunque la verdadera debilidad de aquella democracia, disfrazada de viveza criolla, se expresaba en la pelea cuerpo a cuerpo en las mesas de escrutinio, con actas y votos como armas, al punto que aquella relativa transparencia electoral dejó algunas dudas sobre las elecciones de 1993 -que ganó Caldera – cuando quedaron cabos sueltos sobre muchos votos obtenidos por Andrés Velásquez.

Habría sido refrescante ver a Velásquez -Andrés- como sucesor de su tocayo Ramón J., presidente accidental por la defenestración ilegal de CAP, porque tal vez se habría desactivado el impulso chavista hacia el poder; aunque desde hace tiempo ya se caminaba en el ámbito de la temeridad con la medida que destituyó a CAP, por sus muchas lagunas legales, cual acto premeditado por parte de esos notables -que a la postre resultaron ser los tontos útiles de Chávez- que el país pagaría muy caro al poco tiempo.

Pero también hubiese sido excelente para la patria que Oswaldo Álvarez Paz hubiese ganado esa elección, o que Eduardo Fernández hubiese triunfado en la anterior, porque eso habría supuesto un inmenso avance en la reforma de las instituciones, un impulso liberal en la economía, equilibrado con la adecuada subsidiariedad del Estado, generando así una obvia prosperidad, junto al respeto de la comunidad internacional por haber sabido cambiar como país para adaptarnos inteligentemente a las realidades globales que ya iban permeando cada aspecto de nuestras vidas.

Pero esa “chucuta” segunda presidencia de CAP lo descuadró todo, por él mismo y por quienes lograron destituirlo, y quien sabe si también terminó causando el posterior extravío de la brújula copeyana, en aquellos escarceos estériles con Irene Sáez, y la adeca, al aprobar la candidatura presidencial de Alfaro Ucero, a quien inevitablemente hubo que jalarle la alfombra mediante un desesperado frente adeco-copeyano de última ahora, para apoyar de manera algo enredada a Henrique Salas Römer –quien también habría sido un magnífico presidente- e intentar así ganarle a Chávez en el 98.

Eran otros tiempos, aquellos de los años 60, al igual que los de las tres décadas siguientes, cuando la componente demográfica aun no había alterado la pirámide poblacional, haciendo así muy difícil que un joven pudiese ser presidente, porque eso era para mayores de 50 años. También había otros modales de urbanidad, que hacían impensable que un presidente eructase o dijese groserías en público, o incluso en su entorno más íntimo, y mucho menos que saliese en bicicleta -como Maduro- rodeado de una patota de delincuentes, y hasta las dobles vidas de Lusinchi y CAP causarían solo un ligero sonrojo con lo que iba a venir en pocos años, como aquel llamado “reproductivo” de Chávez a quien era su cónyugue -¡nada menos que la Primera Dama!-, cuando dijo por televisión: “¡Marisabel, prepárate, que esta noche te voy a dar lo tuyo!”. ¿Lo recuerdan?

Otra época pues, donde también había que vestirse adecuadamente, para estar y desempeñarse dentro de los inmuebles que representaban las sedes físicas de las instituciones públicas, por respeto a éstas, cual expresión de la soberanía popular, y por ende, por respeto a la gente, a diferencia de los actuales vulgares, groseros y mal vestidos que ilegítimamente las ocupan, y que han empobrecido al país a tal punto que han hecho profética la letra de otra canción de la mencionada orquesta: “se acabó este cabo ‘e vela… con la misma ropa anda… cada día está más flaca…”

Aquella República fue débil y perezosa para defenderse de la barbarie; y quizás todo comenzó durante la primera presidencia de CAP, corrupta hasta la médula, cuando éste además (re)puso en la boca de los militares el sabor del poder directo, al nombrarlos en diversos cargos destinados a civiles, unida a la inconciencia adeca, al volverlo a poner de candidato en 1988, conociendo ya su manía de regar la corrupción por el país civil, sin sospechar que luego vendría Chávez para ampliar ese regadío al país militar, superando además esa degradación al someter nuestros soldados y oficiales a Cuba, para así terminar conformando un país tan extraño -como escribía hace poco Oswaldo Álvarez Paz- que carece tanto de la partida de defunción de Chávez como del certificado de nacimiento de su sucesor, y muy distinto a aquel país que nunca volverá, junto a la música “guapachosa” de las grandes orquestas y los Boleros de Felipe Pirela y del (pre)Puma José Luis Rodríguez.

Pero no hace falta que vuelva, si pudiésemos construir uno nuevo e igualmente  agradable. Por lo pronto la oposición unida debe impulsar un serio y masivo programa de formación política para quienes desean darle espacio a su vocación de servicio, que forme e informe, y que rompa el paradigma enquistado del Estado todopoderoso, defendiendo sin temor a la democracia liberal; y para ello podría disponer de aliados magníficos, sea incorporando en esta misión concreta a miles de venezolanos preparados y dispuestos a unirse a la capacitación de nuestros futuros dirigentes políticos, como estableciendo canales de colaboración cívicos con instituciones como Fedecámaras, cuyo actual presidente conoce a fondo los mecanismos de la política y del mundo empresarial, o la nueva Iglesia del Papa Francisco, o el talento de quienes integran organizaciones y fundaciones ansiosas en reconstruir los mapas mentales y políticos de nuestros jóvenes.

Bastarían pocos años para disponer de muchísima gente joven, pensante y bien informada, como garantía de alternativa frente a la posibilidad continuista de esta barbarie.

Hermann Alvino

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