Evangelización democrática.


Si le preguntásemos a cada venezolano cómo definiría a la Democracia seguramente obtendríamos una respuesta diferente por habitante. Infortunadamente, las respuestas que podríamos considerar adecuadas, por describir los diversos sistemas de democracia occidental, siempre serán incompletas tomadas aisladamente, incluso si intentásemos integrarlas en una sola definición final, dadas las decenas de variantes con que se ha aplicado este sistema en el planeta, que van desde el presidencialismo hasta la monarquía parlamentaria, manteniendo siempre como referencia los valores de la libertad y la propiedad, y el andamiaje del voto libre, universal y secreto, para que cada ciudadano decida pacíficamente quien lo debe gobernar por un determinado período, dejando siempre en sus manos la alternativa pacífica del poder.

Si el problema fuese integrar todas esas respuestas en una sola el asunto sería muy grato, pero lamentablemente, cuando se han sucedido dos o más generaciones de personas que desde su nacimiento han vivido en un sistema no democrático -esto es, aquel que no tiene como sustrato los valores y mecanismos mencionados-, obtener de esa gente una definición más o menos correcta será imposible, puesto que el régimen bajo el que nacieron y desarrollaron su uso de razón los ha educado haciéndoles creer que lo que han vivido -y sufrido- es la democracia.

A todos ellos les han lavado el cerebro pues, cosa indispensable para que los regímenes se perpetúen; ello ocurrió en la URSS, durante el nazismo, y el fascismo, en China, en Corea del Norte, en Cuba y en Venezuela. Nótese sin embargo que no se mencionan otros países que han vivido dictaduras largas y terribles, como Chile, Argentina, Nicaragua, República Dominicana, la España franquista, ni algunos países musulmanes.

Ello obedece a que en el primer grupo, los dictadores dominan temporalmente, sin recurrir al marco de la Historia para identificarse con algún revolucionario que subvirtió el sistema de su tiempo, ni a ninguna ideología en particular, siendo así su objetivo muy concreto: mandar y enriquecerse, justificando en lo posible su poder cambiando leyes y constituciones, reprimiendo cuando así lo exigen las circunstancias, y teniendo muy claro que cuando les toque irse -por la buenas o por las malas-, de su paso por el poder no quedará legado positivo alguno, en contraste con la presencia del luto y la pobreza de mucha gente. En esos países no se le lavaba el cerebro a nadie, salvo uno que otro intento en la España nacional-católica cuyo poder eclesiástico ya existía desde siempre.

En el segundo grupo, en cambio, es la religión -no la ideología ni ningún legado político revolucionario- lo que conforma un cuadro sociopolítico que los diferencia de los países laicos, por lo que no sería riguroso definir como dictadura a un régimen teocrático ni a una monarquía absoluta, cuyas raíces pueden remontarse a tribus con lazos de descendencia con algún familiar del profeta Mahoma. Nadie duda que algunos regímenes de esos países han sido y son dictaduras, pero la componente religiosa y las divisiones que existen en el mundo musulmán hacen que el asunto sea bastante más complejo.

En cambio, en el caso de la URSS, la Alemania nazi, la Italia fascista, la China de Mao, y la Corea del Norte de la dinastía Kim, quienes tomaron el poder se ampararon en la larga sombra de los escritos de Marx o en la de los filósofos que proponían la figura del superhombre; y a veces incluso, los llamados a la Historia como el de Mussolini, al relacionar su imperio con el de los antiguos romanos, era hasta ridículo.

En esos países el lavado de cerebro ha durado décadas, con efectos letales para la siembra de la democracia, porque para que ésta prospere no solo hace falta que la gente lea sobre ella, vea su desarrollo en otros países a través de la televisión, sino que la viva en persona para aprender las reglas que la componen. Y eso no es nada sencillo, por eso es que la Rusia que se derivó de la URSS aun no es democrática, ni tampoco la China post Mao.

Al desconocimiento de lo que es la Democracia, por no haberla nunca vivido, y ni siquiera tener el recuerdo de ésta a través de padres o abuelos, se le une la hostilidad hacia dicho sistema, implantada por la educación aberrante del régimen -el caso de Cuba, Corea del Norte y Venezuela son paradigmas de ello- al presentarla como una suerte de maligna “dominación burguesa sobre el pueblo” -sea lo que sea que esto signifique-.

El caso de Venezuela es mucho más interesante que todo el resto, porque la ensalada mental de Chávez -maoísta, marxista, gadhafista, guevarista, putinista, fidelista, allendista, militarista, arabista, africanista, etc.- era tan extrema que hasta pudo permear a las mentes débiles e ignorantes de su séquito, que ahora domina a Venezuela -más no la gobierna- hasta el punto de aprobar leyes ridículas y fantasiosas como la Ley de Cultura, el mismo esquema de control de divisas, la salida de Venezuela de la CIDH, etc.Y todo ese cacao mental este régimen además se lo inculca a través de su sistema educativo a todos los nacidos a partir de la década de los años 90.

Ellos no saben, por ejemplo, que el año proximo, para el cual solo faltan pocas semanas, se cumplirá un siglo de la Primera Guerra Mundial, que dejó 37 millones de muertos, cuatro imperios pulverizados -el Ruso, el Alemán, el Austrohúngaro y el Otómano-, exterminios con armas químicas, y la via abierta hacia la Segunda Guerra Mundial, que terminó configurando el mundo que aún vivimos, aunque a ese legado le quede poco ya.

Ellos tampoco tienen ni idea que en estos 100 años hay países que no han aprendido nada: en la Venezuela del 1913 el Congreso y el dictador Gómez se comportaban de la misma forma que la actual Asamblea Nacional y el dictador Maduro; y en la Siria de hoy se utilizan armas químicas como en la Gran Guerra. En aquel año el Congreso nombraba a Gómez como Presidente, al igual que la actual AN lo hacía con Maduro; Gómez andaba acusando a su (ex)compadre Castro de invadir al país por el Estado Falcón, y Maduro clama magnicidio y guerra a los empresarios y a la corrupción.

Costó treinta años de postgomecismo -a partir de 1958- para que la primera generación de jóvenes conociese cómo se vive y prospera en Democracia; esos jóvenes de entonces, y los de las dos décadas sucesivas ya vamos para viejos y sin instrumentos de poder para transmitir el legado de la libertad y la prosperidad frente al monstruo chavista y castrista, que se alimenta de tanta riqueza petrolera para seguir lavando cerebros.

Por ello, frente a este régimen con vocación totalitaria, frente a la ausencia de medios de comunicación efectivos, frente a la educación aberrante que dispensan, y frente a la inexplicable tolerancia conceptual de muchos opositores, solo queda volver a una suerte de transmisión oral de los valores de la Democracia: en el hogar, en cada tribuna docente, en la calle, en las asociaciones, en los lugares de ocio, etc. complementando esta evangelización laica y democrática con un comportamiento ejemplar.

Y frente a la derrota anímica de mucha gente decente, que considera que eso no sirve ya de nada, hay que recordarles, incluso enérgicamente si es necesario, de que sí vale la pena.

Hermann Alvino

https://vivalapolitica.wordpress.com/

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