Saboteadores.


Todo lo que el ser humano ha ido edificando durante milenios para vivir, transportarse, o trabajar, hasta hace un par de siglos era relativamente sencillo de mantener en buen estado, aunque exigía un enorme esfuerzo de mano de obra; lo más complejo eran las obras en piedra, madera, mármol y argamasa, así como los caminos y los sistemas de suministro de agua para beber y regar. Solo había fuerza física humana para construir y repararlo todo, si bien con el auxilio de bueyes y caballos.

Terremotos o erupciones volcánicas aparte, capaces de acabar con civilizaciones enteras, el mantenimiento de esa infraestructura fue exitoso durante siglos, hasta el abandono post imperio romano, que duró un milenio, para ser retomado luego sin cambios tecnológicos.

Lo mismo valía para los servicios “públicos”, como recoger y disponer de la basura, tener un cuerpo de “bomberos”, la gestión de los muertos, o la gestión de aguas servidas, todos estos servicios poco efectivos en comparación con lo que la modernidad nos ha permitido. La verdadera complejidad comenzó con el avance de la ciencia y la tecnología, cuando la máquina de vapor y la electricidad conllevaron a los motores, a cuyo uso masivo contribuyeron los hidrocarburos como combustible, iniciando así una carrera de casi doscientos años de inventos y aparatos que han configurado nuestra vida contemporánea.

Conservar cabalmente las cosas se volvió así una técnica indispensable para el funcionamiento de carreteras, puentes, redes eléctricas, acueductos, tuberías de gas o de agua, ascensores, escaleras mecánicas, rieles de metro y ferrocarril, etc., junto a la enorme cantidad de edificios y viviendas públicas y privadas.

Pero aun dentro de esa complejidad, desde hace unos cincuenta años el asunto se ha vuelto todavía más difícil de gestionar, por la incursión de la electrónica, que obliga a operar también sobre las placas con chips que controlan cada aparato; y para complicarlo todo aun más, se sumó el explosivo crecimiento urbano, cual salto cualitativo en el nivel de dificultad de tocas las actividades de mantenimiento.

Para que una infraestructura o equipo –un camión, un ascensor, un edificio, una represa, etc.– cumpla normalmente sus objetivos, se requiere de la combinación de varios factores, todos necesarios, pero ninguno en sí suficiente, como son: la escogencia de materiales de calidad, un robusto diseño, un buen procesamiento, manufactura y ensamblaje, unidos a un plan adecuado y efectivo de mantenimiento y su estricta puesta en práctica.

Por su parte, quienes gobiernan, deberán fijar el nivel de calidad de la infraestructura en función de los costos, de los recursos disponibles, de las exigencias sociales, de los riesgos para las personas, y establecer políticas de referencia que permitan, por ejemplo, ahorrar eventualmente en una capa de asfalto –con las molestias del deterioro y los costos por las frecuentes reparaciones–, pero que impidan construir un avión de mala calidad.

Por ello el mantenimiento, siendo ingeniería pura, debe convivir con dicha relación entre costos, beneficios y riesgos, esto es, con la gerencia, abarcando así cualquier aspecto de nuestras vidas: desde barrer la sala de casa o la de reuniones del ministro, hasta cuidar del funcionamiento de un vagón de metro.

Pero esos criterios técnicos, adobados con esos criterios gerenciales para establecer una “rutina” de operaciones, se enfrentan con dos obstáculos adicionales: el comportamiento mismo de la gente –los usuarios–, y la estética que prevalece en cada sociedad.

Porque el ser humano, cuando usa cualquier cosa, tiende a olvidar lo que costó inventarlo, edificarlo y mantenerlo, siendo así normal que lo use descuidadamente y deje sus gomas de mascar y huellas de zapatos en las paredes, o tire papeles y desperdicios en cualquier parte. Eso, junto al vandalismo irresponsable propiamente dicho, es común en todos los países, y para disuadir estos comportamientos es que existen leyes severas, y mecanismos para hacerlas cumplir, aunque obviamente éste no es el caso venezolano.

Con relación al factor estético, hay sociedades cuyos miembros han consensuado implantar y mantener unos criterios en todo lo relativo a lo público como forma efectiva para organizarse y desenvolverse más o menos ordenadamente.

Tampoco es el caso venezolano, porque basta ver el desorden y descuido urbanístico, que no es solo producto directo de las incompletas leyes de zonificación, sino que es producto del concepto de estética que prevalece en nuestra sociedad, aunque –ojo con esto– ello no sea causado por la pobreza, porque en el rancho más humilde podemos encontrarnos con limpieza y pulcritud, mientras que en las quintas de los poderosos podríamos encontrarnos con chiripas en los cajones de la cocina y, ¿por qué no?, también en la platería.

Para mayor desgracia, en Venezuela ya no es solo la gente en sí, cuya conducta cívica –por lo demás, es similar al resto de los habitantes del planeta– la que deteriora impensadamente la infraestructura, ni la falta de leyes e instituciones, sino que a todo esto hay que añadir la total ineptitud en materia de gestión pública del régimen, que es este caso implica un profundo desconocimiento del concepto de “mantenimiento”.

Es el desgobierno en estado puro, en contraste con esos conceptos de ingeniería y la gerencia, que obligan a reflexionar y a encontrar soluciones realistas y hasta elegantes a para cada problema; porque si bien es cierto que el mantenimiento nunca fue una prioridad durante los años de la democracia, también es verdad que de vez en cuando –y gracias a los “infinitos” recursos financieros derivados del petróleo– en uno que otro ministerio, gobernación o alcaldía, se realizaban operativos de puesta al día de las cosas, sin resolver claro está, la esencia del problema, concentrada en los factores comentados.

Si hoy siguiésemos en aquella misma democracia, tal vez seguiríamos igual, pero al menos de vez en cuando se limpiaría la bora de La Mariposa, y se realizarían regularmente todas las operaciones de mantenimiento preventivo y correctivo en refinerías, represas, o turbinas, y de seguro que, con todo lo que le costaba al país tanto descuido y operativos derivados más del clamor popular o de algún buen gerente en uno que otro ministerio, se viviría infinitamente mejor.

Porque estos chavistas ineptos, que no comprenden nada de asuntos públicos y se refugian en la mentira del sabotaje cuando hay un apagón eléctrico o la explosión de una refinería, de haber gobernado hace un par de siglos, ni siquiera se hubiesen preocupado de limpiar las bostas de caballo en las vías urbanas.

Porque ellos están en otra cosa, como es enriquecerse a perpetuidad, mimetizando su incompetencia dentro de su estética de mal vestidos, aunque usen telas caras; y tienen razón cuando hablan de sabotaje, porque el rostro de quienes lo han arruinado todo lo ven cada mañana reflejado en el espejo mañanero: el de ellos mismos.

Son pues, ignorantes, lo cual los convierte de facto en saboteadores de la sociedad, cuando disponen de poder e impunidad.

Hermann Alvino

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