Simone


Cuando leí la reseña de “Simone”, de Eduardo Lalo, ganador del  Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos de este año, sonó una campanita en mi memoria al conocer el nombre de la protagonista de la historia, que es una obrera china emigrada a Puerto Rico para comenzar una nueva vida, y que el autor la bautiza como Li Chao.

La campanita es que hace unos años había leído un novelón del puertoriqueño Luis Rafael Sánchez, “La guaracha del Macho Camacho”, publicada en 1986, y que tiene entre sus protagonistas a otra china, pero no de origen sino de apodo: China Hereje. Casualidad pues…

Obviamente que lo chino de Lalo es porque la protagonista viene de aquel país, mientras que la referencia oriental de Sánchez seguramente se debió a los achinados ojos de la mujer, porque el Caribe…bueno, es una mezcla fantástica de blancos franceses, catires holandeses, blancos rosados británicos, blancos mediterráneos españoles, taínos, hindúes, negros Yorubas, Mandingos, Fulas, Bembas, Hutus, Maasais, Bosquímanos, mediterráneos libaneses y sirios -que siempre hemos llamado “turcos”-, y por supuesto chinos, indonesios y filipinos que fueron llegando siglos más tarde, en un batido genético que tomó venganza del colonizador esclavista blanco, al concederle solo de vez en cuando algún descendiente con ojos algo más claros -que si es una chica seguramente le dirán “la gata” en la escuela-, pero más nada, porque piel, caderas de las morenas, cabello y el resto de la anatomía, junto a la alegría caribeña es exclusivamente india y africana. Afortunadamente.

La mezcla además causó una explosión de idiomas y pueblos, así tenemos el Inglés -con acento moreno, eso sí-, el Francés -al que se le ha dado una cadencia más suave que la que se derivó para el Inglés-, el Holandés y su pariente el Papiamento, y por supuesto todas las variantes imaginables de Patois junto a la inserción de términos indígenas y africanos de múltiples regiones, que hacen que hasta la brujería y los ritos sean distintos, por serlo los dioses de quienes forzosamente fueron traídos  a estas tierras.

Sumémosle por supuesto un Castellano que se transforma de playa en  playa, por ejemplo el poio del pueblo costeño hondureño “La Ceiba”, al referirse al ave, que contrasta con el -para nosotros venezolanos- normalísimo pollo mirandino, y cuya pronunciación está aun más lejos del posho porteño, o la inexplicable aversión a la letra “r” que tiene parte de la negritud costeña venezolana que se hermana con la misma maña puertoriqueña (“Mi amol, yo te quielo…”), y que nada tiene que ver con la misma aversión que tiene el idioma chino por dicha letra.

Pueblos sobran, así por ejemplo tenemos negros renegados, o independentistas y cimarrones, negros que se quedaron quietos,  indios misquitos, taínos, caribes, guajiros, o motilones, al igual que sobran las formas de organización social, que son herencia de cada historia local, sea holandesa, británica, francesa o española, y que fue alternando períodos de libertad y tiranía de acuerdo a muchas circunstancias. Así tenemos formas de gobierno británicas, donde en los juzgados se usa peluca, o muy españolas, donde al final los gobernates terminan abusando de su poder sin pagar por ello.

Hay países de habla inglesa que son libres, independizados de la corona europea, al igual que los de habla Castellana -faltaría más-  mientras que las tierras donde se habla Francés son provincias de pleno derecho de la “madre” patria; otros, como Puerto Rico, son un ni-ni al que se le ha dado por llamar estado libre asociado de EEUU, y que tiene -por supuesto- su movimiento independentista, al cual casualmente -dice la red al buscar datos del galardonado- pertenece el galardonado Lalo (quien por cierto no nació en Puerto Rico, sino en Cuba, aunque eso no fue su culpa) y que nos hace sospechar de los criterios de asignación del premio. Es inevitable, dado el tipo de personas que componen el gobierno venezolano.

Y lo es, porque habiendo tantas obras rivales -más de doscientas- que casualmente pertenecen en una enorme proporción a autores que “simpatizan” con el “proceso”, pues…que cada uno saque sus propias conclusiones, aunque eso tampoco es culpa de Lalo, puesto que él es un magnífico escritor, y entre las cosas que debe hacer todo autor de talento es el concursar cuando se pueda.

Por ello dejemos de lado la triste politización de un premio literario que tuvo entre sus ganadores a Vargas Llosa -quien jamás ganaría en estos tiempos de jurados procastristas- o Carlos Fuentes -que lo tendría también algo difícil-, los argentinos Abel Posse y Mempo Giardinelli -que menos aun ganarían…- o el también mexicano Fernando del Paso; y concentrémonos en la literatura caribeña, porque ya habrá tiempo para reconstruir los cauces creativos y evaluadores de un país hoy perdido como Venezuela, cuyos gobernantes insertan estos instrumentos dentro de su diplomacia petrolera para prostituirlo todo.

En el Caribe pues, hay un mundo aparte, que incluye platos y manjares que van desde la misma bola de plátano indígena hasta el asado roti cuya receta varía de isla en isla, y la comida especiada hindú que podemos probar a plenitud en Trinidad. Un mundo aparte con su propia música, que el lector conoce perfectamente, y que se ha transformado en poesía con los merengues de Juan Luis Guerra, el salsero Lavoe, o Rubén Blades, la intensidad corporal de los tambores costeños, y la infinita alegría de Fania, o Celia Cruz.

Es en este planeta acuático, bordeado de costa platanera, cafetalera y cacaotera, y salpicado de islas, que la literatura ha alcanzado un grado espiritual sublime, y en todos los idiomas, comenzando por el Inglés con su premio Nóbel de Literatura Derek Walcott a la cabeza, junto a las decenas de leyendas en papiamento de las islas “holandesas”.

Mi primer contacto con esa literatura fue Cabrera Infante -aun no he leído Cuerpos Divinos-, y a medida que él mencionaba uno que otro autor en sus obras y entrevistas yo  lo iba buscando para complementar; luego Nicanor Parra, pasando por Lezama Lima, para comparar el barroco de éste último con la negritud cantada de Alejo Carpentier, cuyo acento afrancesado sorprendía al escucharlo hablar, mientras se le leía para ir viajando en el tiempo, desde Haití hasta New Orleans.

Y dando un salto en el tiempo para no extenderme demasiado, cayó en mis manos Luis Rafael Sánchez con su Macho Camacho, que es un cuadro tragicómico de nuestra historia, para ir a parar a Junot Díaz, que de política nada, porque lo suyo son  historias de la diáspora dominicana, que como la cubana en EEUU, cuando habla Inglés le mete su palabra hispana, pero cuando habla Castellano…pues también le inserta su palabra anglosajona, en una ensalada que los venezolanos, muy novatos en materia de diáspora y nada expertos como emigrantes, tendrán que tolerarle a los hijos que le nazcan en el Norte.

Es Luis Rafael Sánchez, en resumen, el mundo que los venezolanos conocimos en el siglo pasado, y es Junot Díaz el mundo que quienes emigran están no solo conociendo sino sintiendo por dentro, sufriendo sus contradicciones, extendiendo sus piernas al infinito para tener un pié en nuestras costas y otro en Florida, o Texas, o Calgary, desdoblando sus personalidades dependiendo de qué lado de la puerta de casa se encuentran, y viendo como su descendencia va triturando el pasado para ingenuamente abrirse paso en el nuevo mundo que les ha tocado vivir. Tal vez más fácil lo tengan los compatriotas que optaron por irse a vivir a Panamá,o a la colombia costeña, y aun así.

Junot Díaz nos muestra lo que se sufre si se mantienen más de la cuenta los lazos de nuestros orígenes, pero también los estragos del sentimiento de culpa si se los deshace.

Y eso que él no ha ni competido ni ganado el premio Gallegos. Esperemos que Lalo no nos haga sentir lo mismo, porque entonces, gracias a lo politizado de la organización de dicho premio, sí tendríamos una excusa para culparlo…

Y si se quiere leer a un autor de los nuestros sobre este doloroso tema, allí tenemos a un fenómeno: Eduardo Sánchez Rugeles, quien en el año 2010, con apenas 34 años ganó el premio Arturo Uslar Pietri, para lanzarse un discurso cuyos conceptos y claridad ya querría tener gran parte dela oposición venezolana, o incluso el chavismo. El discurso se puede leer acá:

http://ideasdebabel.wordpress.com/2010/05/17/eduardo-sanchez-rugeles-discurso-al-recibir-el-premio-arturo-uslar-pietri/

…pero volviendo a lo de la diáspora, de Sánchez Rugeles, si lo consiguen, léanse “Los desterrados”. Porque esa es nuestra historia ahora.

Hermann Alvino

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