Sótano Nueve- Segundo Nivel.


¿Cuáles son los motivos que impulsan a un venezolano para traicionar a su país y rendirle pleitesía, armas, poder y riquezas a unos extranjeros para que éstos les dominen?

Estas son preguntas que ni Chávez ni sus herederos políticos podrán jamás responder limpiamente, porque la verdad está a flor de su mala naturaleza humana: ellos, al igual que la gentuza invasora que se ha apoderado del país, accedieron al poder fraudulentamente, por traición y juramentos cruzados en vano, para colocarse en ese repositorio donde la Historia va acumulando esas camadas de calañas desde milenios. Son tal para cual, pues.

Traiciones ha habido desde siempre, y hasta los textos más sagrados del planeta, junto a los engaños amorosos, nos cuentan cómo se vendieron imperios, reinos, países y ejércitos, a cambio de moneditas de oro, de putitas/os adornadas/os para la ocasión, y de promesas de dominación sobre los traicionados.

La traiciones modernas repiten las mismas formas del pasado, y con protagonistas, igualmente sórdidos, como por ejemplo los pactos secretos de políticos de los países del Este de Europa -en los años de las dos guerras mundiales- con el futuro opresor soviético de toda esa región, para que a la postre Stalin los impusiese como gobernantes bien sujetos a su yugo, para invadirlos y eliminarlos en caso de que recobrasen un mínimo de patriotismo.

En las democracias actuales, la traición se expresa frecuentemente con saltos de talanquera de políticos y parlamentarios, que estiman que el daño a su carrera y reputación será compensado ampliamente -junto a los consabidos treinta segundos de famoseo mediático- antes de volver al anonimato.

Con todo, esas traiciones politiqueras al fin y al cabo son hechos puntuales e históricamente menores: a esos infames se les paga y el asunto se olvida rápidamente, aunque a veces la sociedad se los cobre en alguna elección. El detalle está en que en la actualidad estas marramucias se suceden a cada momento –son tiempos globales donde todo vale para meterse unos reales en el bolsillo- y la democracia se resiente, la gente confirma su desconfianza y rechazo hacia la casta de políticos marrulleros que la gobiernan, se aleja del hecho político para terminar renegando de su responsabilidad cívica justamente cuando ésta, junto al fortalecimiento de las instituciones es indispensable para contener y revertir estas tendencias.

Porque es esa responsabilidad cívica de la gente la que debe hacerles recordar a los gobernantes que además de lo legal, estamos en el ámbito de la Ética, porque todo cargo público, sea electo o designado implica un juramento que obliga a desempeñarse con buena fe, mientras se ofrece el mejor de los esfuerzos.

Esto es válido tanto para civiles como para miembros de la FFAA. Y el juramento de cumplir y hacer cumplir las leyes es justamente la expresión de la importancia y la dignidad de la labor que deben realizar. Por ello, quien mancilla esa dignidad pública, sea robando o usando el dinero público para otros fines, apresando abusivamente a algún ciudadano, o maltratando a la gente en una oficina pública, está rebasando la legalidad para invadir ese terreno de la Ética y ganarse además el desprecio público de una sociedad espiritualmente sana, o al menos no esquizofrénica, como la nuestra.

Esta clase de traición, por su esencia ética, causa la ruptura de una alianza social, y es tan grave que hasta Dante, en su Divina Comedia con su Infierno jerarquizado por círculos, de acuerdo a las faltas de los condenados, en el cántico 32 ubicó a los traidores en el último y más profundo de todos: el noveno.

Bien hundidos y sin perdón deberían estar pues Chávez y sus herederos políticos en nuestra alma nacional, por haber estado traicionando diariamente el pacto social venezolano desde el fallido golpe de Estado de 1992 hasta el presente, por haber saqueado el dinero de todos los venezolanos dejando los asuntos públicos al garete, por habérselo además, dado a gobernantes extranjeros a cambio de su apoyo diplomático en los foros internacionales –prostituyéndolos, para entendernos-, por haberle entregado parte de nuestra soberanía y geografía a los países limítrofes, por traficar nuestros minerales estratégicos con los iraníes, por haber hipotecado el país a los chinos, y por haber permitido que la fuerza invasora castrista domine y decida dentro de este país la suerte de todos los venezolanos.

Dante colocaría al mismo Chávez, a José Vicente, Maduro, Cabello, Jaua, y el resto de la pandilla en el segundo nivel del mencionado noveno círculo: el de los traidores a la patria, entre quienes traicionaron a su familia y aquellos que traicionaron a sus huéspedes; y todo venezolano que se precie de serlo debe saber que ellos han recurrido a este monstruoso engaño porque son indignos, y porque dentro de su resentimiento social, derivado de infinitas combinaciones de traumas que se fueron sucediendo en su juventud, han preferido comerciar con extranjeros los valores más sagrados de la patria con tal de mantenerse en el poder y hundir a quienes ellos consideraban la causa de sus complejos y limitaciones humanas: la gente decente y trabajadora.

Estamos en manos de gente malvada y enferma pues, pero esta explicación desafortunadamente nos lleva a otras preguntas más delicadas y desagradables:

¿Por qué nadie habla de ello?

¿Por qué la oposición no lo pregunta a cada minuto, cual cantaleta hasta convertirlo en un grito monumental de libertad?

¿Por qué Capriles tímidamente se limita a declarar que “no descarta ‘cambio puntual’ en la Constitución para 2014 en vez de proponer el profundo cambio que esta sociedad requiere?

¿Por qué el venezolano en general no se plantea este asunto y no echa a patadas tanto a los criollos traidores como al chulo extranjero?

¿Es que acaso el chavismo, al entregarse a Fidel, copiando a traidores como los búlgaros, rumanos, húngaros, checos o polacos, en la venta de sus países a Stalin, a su vez ha hecho retroceder el alma del venezolano a los tiempos de la esclavitud espiritual y física de la colonia española?

Porque, tanto a los pusilánimes como a los ni-ni, Dante también les ha reservado su lugarcito en el Infierno. Pero eso es otra historia.

Hermann Alvino 

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