La pesadilla de Plutarco


El 8 de Noviembre de 1923, Hitler falla un golpe de estado al gobierno bávaro en Munich, al igual que fallará Chávez algo más de sesenta años después, el 4 de Febrero de 1992 en lo que será una historia perversamente similar, porque además, Adolph es apresado, y luego de ser juzgado por traición, es condenado a 5 años de cárcel, aunque saldrá en libertad apenas en seis meses, al igual que Chávez, quien pasará solamente dos años preso –esperando juicio– antes de ser sobreseído por Caldera.

En ambos casos estos personajes aprovecharon las oportunidades que un sistema debilitado les ofreció y que a la postre resultaron decisivas para sellar su triunfo, porque una corte complaciente le permitió a Hitler discursear a plenitud durante su juicio, mientras que a Chávez, un incauto general le permitió esos treinta segundos de televisión antes de encerrarlo, que bien utilizados por el Comandante anticiparon su triunfo final, al asumir su barranco ante todo el país, y afirmar con cara de cemento que los objetivos “por ahora” no se habían logrado.

Ambos sistemas aceptaron sin pestañear la actitud desafiante de sus futuros enterradores, quienes lejos de manifestar arrepentimiento, disfrutaron de una cárcel light dentro de la cual siguieron conspirando y acrecentándose, además de escribir sendos libros que para los sabiondos de cada época fueron correctamente tachados de ensalada mental, pero sin percatarse que en esos escritos –el “Mein Kampf” nazi y el “Cómo salir del laberinto” chavista– manifestaban con claridad lo que harían luego de conquistar el poder.

Este par de historias paralelas podría ser una pesadilla para Plutarco –el autor de “Vidas Paralelas”– dada la naturaleza espiritual de estos dos dictadores, que saldrán de la cárcel para recibir el apoyo de militares, empresarios y medios de comunicación, que les proveerán de recursos y tribunas decisivos para llevarlos a la cúspide, además de abrirle las puertas a importantes apoyos internacionales –Hitler hasta tenía de su lado a parte de la realeza inglesa y al norteamericano Henry Ford con su enorme poderío industrial, mientras que Chávez tenía a Fidel. Eran amantes de las milicias: las nazis bien organizadas para matar y arrebatar riquezas, las criollas operando como vulgares atracadores de bancos, como el grupo de Bernal junto a (dicen por allí) quien hace poco se ha convertido en primera dama endógena legalmente casada.

A Hitler le prohibieron hablar en público y proscribieron su partido, pero la recesión alemana de 1930 –derivada de la de EEUU de 1929– causó la disolución del parlamento, para que en las elecciones siguientes los nazis se constituyesen en la segunda fuerza nacional. Lo asombroso es que para candidatear al cabo austríaco, los alemanes le concedieron la ciudadanía, y que la minoría nazi en el parlamento siempre lograba su objetivo de hacer ingobernable al país por el apoyo de los moderados de centro, e incluso los socialdemócratas, al punto que un senil presidente Hindenburg irresponsablemente lo nombrará canciller, para que a su vez los nazis le pegasen candela al parlamento –el Reichstag– arrestasen y asesinasen a los opositores, se declarasen como partido único y recentralizasen administrativamente al país –¡mientras seguían perdiendo elecciones!– para que al final, a la muerte de Hindenburg en 1934, el mismo Hitler escondiese el testamento del prócer a favor de la monarquía, y fusionase la presidencia con la cancillería para tener así el poder absoluto bajo su dominio.

Chávez por su parte también tuvo el apoyo de un presidente ya medio senil e iluso, que pensaba que el Comandante podía ser su heredero del “Chiripero”, y de unos opositores confundidos y divididos que además pensaban que él era un demócrata. El resto es historia, tanto alemana como endógena…o sea, respetando las escalas, una tragedia.

Así es entonces como se suicida un país; con el empuje de una minoría audaz que logra le apoye el resto de la sociedad, sea por temor o por conveniencia, y acepte cualquier extremo en la degradación humana de quien se ha artificialmente catalogado como el “enemigo” y causante de todos los males existentes, al punto que a pesar del humo derivado de las cenizas de millones de asesinados que día y noche escupían las chimeneas, y que el viento delataba a decenas de kilómetros, los alemanes –o polacos, que también es el caso– decidieron darle la espalda a lo que seguramente sabían con relación a ese genocidio; y lo hicieron justificándose ante sí mismos diciendo algo así como: “pues que se j… esos judíos, comunistas y homosexuales, y luego veremos”, mientras que nuestro “bravo pueblo”, a su vez le daba la espalda a la sensatez con eso de: “que se j…la burguesía y la derecha”, y aun sigue haciéndolo.

Así pues se suicida una sociedad, cuyas fuerzas fácticas, especialmente las clases medias cínicas, y los militares y empresarios, cual tontos útiles, proveen inmensos recursos materiales a quienes al final terminarán eliminándolos políticamente, o purgados de este mundo, como esos ingenuos criollos que pusieron empresas y medios de comunicación al servicio de un inepto e ingrato barinés, que al final terminó expropiándoles el negocio, apresando a varios de ellos y enviando a asesinar a uno que otro personaje incómodo, al igual que los nazis.

Porque ambos, chavistas y nazis, además de esquilmar a los incautos que creyeron en ellos, por tontos y codiciosos, atraídos por la posibilidad de disponer de un puesto rentable en el nuevo régimen, lo que querían y lograron era desplazarlos como élites dominantes y sustituirlos con los nuevos amos del poder. O sea ellos mismos.

La pesadilla de Plutarco sería mucho peor si además, este historiador complementase el paralelismo con otros personajes del decorado de estos dos regímenes, por ejemplo, comparando al gran saqueador Göring con el negociante Cabello, o el gran comunicador Goebbels con el falseador de verdades José Vicente, para así comprender mejor cómo la ruina de varias generaciones es el resultado de la complacencia de los gobernantes y de los que administran justicia hacia quienes intentan derribar al sistema, no porque éste sea injusto, sino simplemente para montarse ellos a dominar a sus semejantes, imponiendo barbaridades y latrocinios impensables en una sociedad ética y mentalmente equilibrada.

Porque si Plutarco reviviese, tampoco podría comprender cómo, luego de veinte siglos, la sociedad ha podido olvidar el trato que debe dársele a esta clase de criminales, que saben aprovecharse de un sistema cuyas penas y ridícula severidad carcelaria les permite –como a los mafiosos y capos de la droga– seguir con su traición a la patria detrás de las rejas, para que al salir, además de mostrarse como héroes y mártires, todo esté preparado para repotenciar sus felonías.

Solo cabe esperar que los países aprendan a tratar adecuadamente a estos destructores, como Hitler, Fidel, Mussolini, Lenin, Mao, Stalin, Kim…y Chávez, y que sus gentes tengan el coraje de combatir la glorificación de sus legados, para que tantos suicidios sociales por lo menos no hayan sino tan vanos.

Y para eso tenemos a la Historia, pero no la de los libros, sino la que cada uno de nosotros está dispuesto a edificar.

Hermann Alvino

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